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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la exuberante selva que tanto amaba el escritor Horacio Quiroga, un pequeño coatí llamado Coco. Coco era curioso, muy curioso, y siempre estaba metiéndose en problemas. Un día, mientras buscaba mangos maduros, escuchó un sonido extraño: una risita suave que parecía venir del corazón de la selva.
"¿Quién anda ahí?" preguntó Coco, con un poco de miedo, pero mucha valentía.
La risita se repitió, esta vez más cerca. Coco siguió el sonido, apartando grandes hojas de helechos y saltando sobre raíces gruesas. Finalmente, llegó a un claro donde vio algo increíble: ¡un yaguareté sonriendo!
Los yaguaretés no suelen sonreír. Son animales majestuosos, pero serios. Este yaguareté, sin embargo, tenía una sonrisa traviesa que iluminaba todo su rostro.
"¡Hola!" dijo Coco, tímidamente. "Soy Coco, el coatí. ¿Por qué estás sonriendo?"
El yaguareté se rió suavemente, un sonido como el murmullo de un río. "Me llamo Yago, y estoy sonriendo porque encontré algo muy especial", respondió.
"¿Qué encontraste?" preguntó Coco, con los ojos brillantes de curiosidad.
Yago lo invitó a acercarse y le mostró un pequeño libro. Era un libro de cuentos, con las páginas amarillentas y las tapas un poco gastadas.
"Es un libro de Horacio Quiroga", explicó Yago. "Lo encontré perdido cerca del río. Me encantan sus historias, ¡me hacen reír!"
Coco nunca había visto un libro antes. Los coatíes no leían libros. Pero la idea de que un yaguareté pudiera disfrutar de una historia le pareció fascinante.
"¿Me puedes leer una historia?" preguntó Coco.
Yago sonrió aún más. Se sentó bajo la sombra de un gran árbol y comenzó a leer. Su voz era suave y melodiosa, y Coco se quedó maravillado con las aventuras de los personajes del libro.
Leyó sobre caimanes astutos, monos juguetones y serpientes parlanchinas. Coco se reía a carcajadas con las travesuras de los animales y se asustaba un poco con las historias de peligro.
Después de leer varias historias, Yago cerró el libro con cuidado. "Horacio Quiroga era un gran escritor", dijo Yago. "Sus historias nos enseñan sobre la selva y sobre nosotros mismos."
Coco asintió. Ahora entendía por qué Yago estaba sonriendo. Las historias de Quiroga eran mágicas.
Desde ese día, Coco y Yago se hicieron amigos. Todas las tardes, Coco iba a visitar a Yago y juntos leían las historias del libro perdido. Yago le leía a Coco, y Coco a su vez imitaba la voz de Yago, inventando sus propias versiones de las historias.
Un día, mientras leían, escucharon un ruido entre los arbustos. Era un grupo de niños que se habían perdido en la selva. Estaban asustados y hambrientos.
Coco y Yago se miraron. Sabían que tenían que ayudar.
Yago, con su imponente presencia, tranquilizó a los niños. Coco, con su agilidad, los guio a través de la selva hasta un sendero seguro.
Mientras caminaban, Yago les contaba historias de Horacio Quiroga, haciendo reír a los niños y olvidarse de su miedo. Coco, por su parte, recogía frutas silvestres para que comieran.
Finalmente, llegaron al borde de la selva, donde los padres de los niños los esperaban con lágrimas en los ojos. Los niños corrieron a abrazarlos, agradecidos por haber sido rescatados.
Los padres, al ver a Coco y a Yago, se sorprendieron. Nunca habían visto un yaguareté y un coatí juntos, y mucho menos ayudando a niños perdidos.
Uno de los padres reconoció el libro que Yago llevaba. "¡Es un libro de Horacio Quiroga!" exclamó. "Mi abuelo me contaba esas historias cuando era niño."
Los padres agradecieron a Yago y a Coco por su valentía y generosidad. Y los niños, antes de irse, prometieron regresar a la selva para visitar a sus nuevos amigos.
Coco y Yago volvieron al claro, sintiéndose felices por haber ayudado a los niños. Sabían que la selva de Horacio Quiroga era un lugar mágico, lleno de peligros y maravillas, pero también de amistad y bondad.
Yago sonrió. "Las historias de Quiroga nos inspiran a ser mejores", dijo. "Nos enseñan a cuidar de los demás y a valorar la amistad."
Coco asintió. Sabía que siempre recordaría su aventura con el yaguareté sonriente y el libro perdido. Y sabía que la selva de Horacio Quiroga siempre sería su hogar, un lugar lleno de misterio, aventura y, sobre todo, amistad.
Desde ese día, la selva se llenó de risas y cuentos. Los animales aprendieron a leer (con la ayuda de Yago y Coco) y las historias de Horacio Quiroga se convirtieron en un tesoro compartido por todos. Y así, la selva de Horacio Quiroga se convirtió en un lugar aún más mágico, donde la amistad y la literatura siempre triunfaban.
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