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El sol apenas asomaba detrás de los cerros cuando Tomi y su abuelo Don Ramón montaron a Pampa para recorrer el campo. El aire olía a jarilla y los pastos se mecían con el viento. Tomi miraba atento por si aparecía su amigo: un zorro colorado que siempre se asomaba desde el monte para observarlos.
—Abuelo, ¿y si le dejamos un pedacito de pan al zorro? —preguntó.
—Podemos hacerlo, pero recuerda que los animales del campo saben buscar su comida —respondió Don Ramón sonriendo.
Esa mañana esperaron, pero el zorro no apareció. Tampoco al día siguiente. Tomi silbó su melodía favorita, la que siempre parecía atraer al zorro, pero solo el viento respondió.
—Quizás está durmiendo, abuelo —dijo Tomi con esperanza.
Don Ramón, con su rostro arrugado por el sol y los años, acarició la cabeza de Tomi. —Quizás, hijito. Pero los zorros son madrugadores.
El silencio se volvió raro: había más ratones corriendo entre el maíz y las gallinas estaban inquietas, cacareando más fuerte de lo normal. El campo, que siempre había estado en armonía, parecía estar fuera de equilibrio.
—¿Por qué hay tantos ratones, abuelo? —preguntó Tomi, señalando a un par que correteaban entre las plantas de zapallo.
Don Ramón suspiró y bajó la mirada. —Escuché que unos cazadores pasaron por acá… Tal vez se llevaron al zorro.
Tomi apretó los puños. La idea de que alguien le hubiera hecho daño a su amigo lo llenó de rabia. —¡Eso está mal! El zorro cuidaba el campo, aunque nadie lo sabía.
El abuelo asintió. —Así es, hijo. Cuando se pierde un animal, se rompe el equilibrio del lugar. La tierra, las plantas y los demás animales lo sienten.
Esa tarde, Tomi y Don Ramón decidieron hacer algo. Juntos, buscaron un pedazo de madera vieja y pintura que Don Ramón guardaba en el galpón. Tomi, con cuidado, pintó un zorro colorado con grandes ojos negros. Don Ramón le ayudó a escribir un mensaje importante.
Colgaron el cartel en el alambrado, bien visible para todos los que pasaran: 🪶 “Prohibido cazar. Aquí vive la vida del campo.”
Los días siguientes, Tomi siguió buscando a su amigo. Iba con Pampa hasta el borde del monte, silbando su melodía y dejando un pedazo de pan cerca de la entrada. Pero el zorro no aparecía. La tristeza se apoderaba de Tomi, pero no se rendía.
Una tarde, mientras Tomi estaba sentado junto al cartel, observó algo inusual. Un pequeño grupo de caranchos, aves carroñeras, volaba en círculos sobre una zona del campo que antes no frecuentaban. Intrigado, Tomi le contó a su abuelo.
—Abuelo, los caranchos están volando cerca del arroyo seco. Nunca los había visto por ahí —dijo Tomi con preocupación.
Don Ramón frunció el ceño. —Vamos a ver qué pasa, Tomi. Podría ser algo importante.
Juntos, montaron a Pampa y se dirigieron al arroyo seco. Al llegar, encontraron algo que les rompió el corazón. En un pequeño claro, entre los arbustos, encontraron una trampa para animales. Era una trampa vieja y oxidada, pero aún funcional.
—¡Mira, abuelo! ¡Una trampa! —exclamó Tomi con indignación.
Don Ramón examinó la trampa con cuidado. —Esto es peligroso, Tomi. Tenemos que sacarla de aquí.
Con la ayuda de una rama fuerte, lograron desactivar la trampa. Luego, la enterraron lejos del campo, para que nadie más pudiera usarla. Mientras trabajaban, Tomi sintió una nueva esperanza. Tal vez el zorro no había sido cazado, sino atrapado. Tal vez aún estaba vivo.
Al día siguiente, Tomi decidió cambiar su estrategia. En lugar de esperar al zorro, decidió buscarlo. Con la ayuda de Pampa, recorrió cada rincón del campo, llamando a su amigo en voz alta. Buscó huellas, rastros de pelo, cualquier señal que le indicara que el zorro seguía cerca.
Después de horas de búsqueda, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros, Tomi escuchó un débil gemido. Siguió el sonido hasta un pequeño barranco, donde encontró al zorro. Estaba atrapado entre unas rocas, con una pata herida.
—¡Zorro! ¡Estás vivo! —gritó Tomi, lleno de alegría.
Con mucho cuidado, Tomi liberó al zorro de las rocas. El animal estaba débil y asustado, pero reconoció a Tomi. Don Ramón llegó poco después y examinó la herida del zorro. No era grave, pero necesitaba cuidados.
Llevaron al zorro a casa y lo curaron. Le dieron agua fresca y comida suave. Poco a poco, el zorro fue recuperando sus fuerzas. Tomi se quedó a su lado, cuidándolo y hablándole en voz baja.
Cuando el zorro estuvo completamente recuperado, Tomi y Don Ramón lo llevaron de vuelta al monte. El zorro, agradecido, los miró por un momento antes de desaparecer entre los árboles.
El campo volvió a estar en equilibrio. Los ratones volvieron a esconderse, las gallinas cacareaban tranquilas y el aire olía a jarilla y a esperanza. Tomi sabía que su amigo había regresado para cuidar de su hogar.
Y aunque a veces no lo viera, sabía que el zorro colorado estaba ahí, observando desde el monte, protegiendo la vida del campo.
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