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Había una vez, en un valle escondido entre montañas de algodón de azúcar, un monstruo muy especial. No era un monstruo de los que asustan, ¡no! Este era un Monstruo de los Sentimientos, y su pelaje cambiaba de color según lo que sentía.
Cuando se sentía alegre y excelente, se ponía de un celeste brillante, como el cielo en un día de verano. Si estaba muy bien y entusiasmado, su pelaje se teñía de un verde vibrante, como las hojas nuevas en primavera. Cuando se sentía bien y tranquilo, se volvía amarillo suave, como la luz del sol al atardecer. Pero, ¡ay!, cuando estaba enojado y confundido, se ponía anaranjado, como una calabaza furiosa. Y cuando estaba triste y desganado, se volvía rojo apagado, como una cereza olvidada en el suelo.
Un día, el Monstruo de los Sentimientos se despertó y… ¡oh, no! Su pelaje era blanco. Completamente blanco. Miró sus patitas peludas, su barriga redonda y sus orejas puntiagudas. ¡Todo blanco! Estaba confundido y asustado. Nunca antes le había pasado esto. No sabía qué sentía, y eso lo hacía sentir… ¡nada! Y el blanco lo demostraba.
Con el corazón apesadumbrado, caminó hacia la escuela, donde la Seño Margarita, una hada bondadosa con gafas redondas y un delantal lleno de flores, enseñaba a los pequeños monstruos sobre el mundo y sus maravillas. Los otros monstruos, al verlo, lo miraron con curiosidad. El Monstruo Peludo, normalmente verde y lleno de energía, se acercó tímidamente. "¿Qué te pasa? ¿Por qué estás blanco?", preguntó.
El Monstruo Arcoíris, así lo llamaban algunos por sus coloridos cambios, bajó la cabeza. "No lo sé, Peludo. No siento nada. Estoy… en blanco", respondió con voz temblorosa.
Peludo lo acompañó hasta la Seño Margarita. Ella, al verlo, se arrodilló a su altura y le tomó las manos con suavidad. "¿Qué sucede, pequeño Arcoíris?", le preguntó con una sonrisa comprensiva.
"Seño, estoy blanco. No sé qué siento. Nunca me había pasado", explicó el Monstruo Arcoíris, con lágrimas asomándose a sus ojos.
La Seño Margarita lo abrazó con cariño. "A veces, Arcoíris, es difícil saber lo que sentimos. A veces, tenemos muchos sentimientos mezclados, o a veces, simplemente necesitamos un poco de ayuda para encontrarlos. No te preocupes, juntos lo descubriremos".
La Seño Margarita reunió a todos los monstruos en círculo. "Hoy vamos a jugar un juego para descubrir nuestros sentimientos", anunció.
El primer juego fue el “Baile de las Emociones”. La Seño Margarita puso música alegre, y los monstruos comenzaron a bailar. Arcoíris, al principio, se quedó quieto, blanco como la nieve. Pero al ver a sus amigos saltar, reír y moverse al ritmo de la música, una pequeña chispa comenzó a encenderse en su interior. Sus pies comenzaron a moverse, primero tímidamente, luego con más confianza. De repente, ¡un toque de celeste apareció en su pelaje! Se estaba sintiendo alegre.
El segundo juego fue el “Cuento de los Tesoros Escondidos”. Cada monstruo debía contar algo que le hacía sentir muy bien. Peludo contó sobre su amor por las cosquillas, y su pelaje se volvió aún más verde. La Monstruita Dulce habló de lo mucho que le gustaba hornear galletas, y su pelaje se puso amarillo como la masa. Cuando llegó el turno del Monstruo Arcoíris, dudó por un momento. Luego, recordó lo mucho que le gustaba pintar con los dedos, y… ¡una mancha verde apareció en su oreja! Se estaba sintiendo entusiasmado.
El tercer juego fue el “Abrazo Tranquilo”. Los monstruos se abrazaron uno por uno, sintiendo el calor y el cariño de sus amigos. Arcoíris abrazó a Peludo, luego a Dulce, y luego a la Seño Margarita. Cada abrazo lo llenaba de una sensación diferente, pero todas eran agradables. De repente, un suave amarillo comenzó a extenderse por su pecho. Se estaba sintiendo tranquilo.
Al final del día, el Monstruo Arcoíris ya no era blanco. Su pelaje era una mezcla de celeste, verde y amarillo, como un hermoso amanecer. Había aprendido que a veces, para encontrar nuestros sentimientos, necesitamos la ayuda de nuestros amigos y un poco de diversión. Y lo más importante, había aprendido que está bien no saber siempre cómo nos sentimos, porque siempre hay alguien que nos puede ayudar a descubrirlo. Desde ese día, el Monstruo Arcoíris nunca más tuvo miedo de estar blanco. Sabía que, aunque a veces los sentimientos se escondan, siempre están ahí, esperando a ser descubiertos.
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