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Mateo era un niño muy imaginativo. Le encantaba dibujar monstruos, monstruos amigables, monstruos graciosos, ¡monstruos de todos los tipos! Un día, mientras dibujaba un monstruo con tres ojos, un sombrero de copa y zapatos de payaso, sintió una tristeza profunda. El cielo estaba gris, sin una pizca de azul. Normalmente, después de la lluvia, un hermoso arcoíris iluminaba todo el vecindario, pero hoy… nada.
"¡Qué raro!", pensó Mateo. "¿Dónde está el arcoíris?"
Esa noche, Mateo tuvo un sueño muy extraño. Soñó con un monstruo gigante, hecho de sombras y tristeza, que robaba los colores del arcoíris. Este monstruo vivía en una cueva oscura al final del Bosque Susurrante. Mateo despertó sobresaltado. ¡Tenía que hacer algo!
Sin dudarlo, Mateo se levantó de la cama, agarró su mochila, metió sus lápices de colores y su cuaderno de dibujo, y salió de su casa. El Bosque Susurrante estaba a las afueras del pueblo. Era un lugar conocido por sus árboles altos y susurros misteriosos.
Al llegar al bosque, Mateo sintió un escalofrío. Los árboles parecían susurrar su nombre. Siguió un sendero lleno de hojas secas hasta que llegó a una cueva oscura y tenebrosa. ¡Esta era la cueva del monstruo de sus sueños!
Con valentía, Mateo entró en la cueva. Estaba muy oscuro, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron a la penumbra. En el fondo de la cueva, vio una figura enorme y sombría. ¡Era el monstruo ladrón de arcoíris! El monstruo estaba rodeado de frascos de cristal vacíos. Mateo se dio cuenta de que cada frasco había contenido uno de los colores del arcoíris.
El monstruo, al ver a Mateo, gruñó. "¿Qué haces aquí, pequeño humano?", preguntó con una voz ronca y temblorosa.
Mateo, aunque estaba asustado, respiró hondo y respondió: "He venido a recuperar el arcoíris. El cielo está triste sin sus colores."
El monstruo se echó a reír. "¡Ja! ¿Y crees que tú, un simple niño, puedes vencerme? Yo soy la Tristeza Encarnada. Me alimento de la alegría y el color."
Mateo pensó rápidamente. Recordó que sus monstruos dibujados siempre eran amigables y graciosos. Tal vez, si le mostraba al monstruo la belleza del color y la alegría, podría cambiarlo.
"¿Sabes?", dijo Mateo. "Yo dibujo monstruos. Pero mis monstruos no dan miedo. Son divertidos y alegres. ¿Quieres ver?"
El monstruo, intrigado, asintió lentamente. Mateo sacó su cuaderno y sus lápices de colores y comenzó a dibujar. Dibujó un monstruo con un gran corazón, alas de mariposa y una sonrisa enorme. Lo coloreó con los colores más brillantes que tenía: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta.
El monstruo ladrón de arcoíris observaba con atención. Poco a poco, su rostro sombrío comenzó a mostrar una leve expresión de sorpresa. Mateo siguió dibujando, creando monstruos que bailaban, reían y jugaban. Cada monstruo era una explosión de color.
A medida que Mateo dibujaba, la cueva se iluminaba con una luz tenue y cálida. Los frascos vacíos comenzaban a llenarse con pequeños destellos de color. El monstruo ladrón de arcoíris, sin darse cuenta, estaba absorbiendo la alegría y el color de los dibujos de Mateo.
Finalmente, Mateo terminó su último dibujo. Le entregó el cuaderno al monstruo. El monstruo lo tomó con sus grandes manos temblorosas y lo observó con asombro. Por primera vez en mucho tiempo, el monstruo sintió algo diferente a la tristeza: sintió… alegría.
"Nunca… nunca había visto algo así", dijo el monstruo con voz suave. "Son… hermosos."
De repente, el monstruo comenzó a brillar. La tristeza que lo había consumido durante tanto tiempo comenzó a desaparecer. Los colores del arcoíris, que había robado, regresaron a su cuerpo y lo transformaron. El monstruo sombrío se convirtió en un ser de luz y color.
"Gracias, Mateo", dijo el monstruo transformado. "Me has mostrado la belleza del color y la alegría. Ya no quiero robar el arcoíris. Quiero compartirlo."
El monstruo agitó sus manos brillantes y los colores del arcoíris salieron volando de la cueva, regresando al cielo. Mateo y el monstruo, ahora amigo, salieron de la cueva y vieron el arcoíris más hermoso que jamás habían visto. El cielo estaba lleno de color y alegría.
Desde ese día, Mateo y el monstruo arcoíris se hicieron grandes amigos. Mateo continuó dibujando monstruos alegres y el monstruo arcoíris se encargó de que el cielo siempre estuviera lleno de color y esperanza. Y Mateo aprendió que incluso la tristeza más profunda puede ser transformada con un poco de imaginación y un corazón lleno de color.
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