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Tomás era un niño muy curioso. Le encantaba pasar tiempo con sus papás, sobre todo por las noches, cuando se acurrucaban en el sofá para ver películas. Sus papás pensaban que ya era lo suficientemente grande para ver películas de terror, aunque a veces, Tomás se asustaba un poquito. Les encantaba ver películas de monstruos, fantasmas y casas embrujadas. A Tomás le gustaba esconderse detrás de una almohada cuando aparecía algo que le daba miedo, pero siempre espiaba entre sus dedos para no perderse nada.
Una noche, después de ver una película sobre un monstruo peludo que vivía en el bosque, Tomás se fue a la cama. La película era muy emocionante, pero también un poco aterradora. El monstruo tenía unos ojos grandes y brillantes, unas garras afiladas y un rugido que hacía temblar los árboles. Tomás intentó dormir, pero no podía. Las imágenes del monstruo peludo seguían dando vueltas en su cabeza.
De repente, escuchó un ruido. Un rasguño suave, como si algo se moviera debajo de su cama. Tomás se quedó quieto, respirando suavemente. El ruido se repitió, y esta vez fue más fuerte. ¡Definitivamente había algo debajo de su cama!
El corazón de Tomás latía muy rápido. Recordó la película del monstruo peludo. ¿Sería posible que el monstruo hubiera salido de la pantalla y se hubiera escondido debajo de su cama? La idea le daba mucho miedo, pero también sentía una gran curiosidad.
Con mucho cuidado, Tomás se asomó por el borde de la cama. La habitación estaba oscura, pero la luz de la luna que entraba por la ventana le permitía ver algo. Debajo de la cama, vio dos ojos brillantes que lo miraban fijamente. ¡Eran los ojos del monstruo!
Tomás gritó y se escondió debajo de las sábanas. Estaba temblando de miedo. Cerró los ojos con fuerza y esperó lo peor. Pero nada pasó. Después de unos minutos, Tomás se atrevió a asomarse de nuevo. Los ojos brillantes seguían ahí, pero esta vez parecían menos aterradores.
Tomás respiró hondo y habló en voz baja: "¿Quién eres?"
Una voz suave respondió desde debajo de la cama: "Soy Pelusín. Y no soy un monstruo, ¡soy un conejito!"
Tomás se quedó sorprendido. ¿Un conejito? Se quitó las sábanas de la cabeza y miró con más atención. Debajo de la cama, efectivamente, había un pequeño conejito blanco con los ojos brillantes. Parecía muy asustado.
"¿Un conejito? ¿Qué haces debajo de mi cama?", preguntó Tomás, todavía un poco nervioso.
"Me escapé de mi jaula", respondió Pelusín. "Tenía miedo de los ruidos fuertes y me escondí aquí. Pensé que eras el monstruo de la película."
Tomás se echó a reír. "No, yo no soy un monstruo. Soy Tomás. Y tú eres muy pequeño para ser un monstruo."
Tomás salió de la cama y se agachó para acariciar a Pelusín. El conejito era muy suave y cálido. Tomás sintió que el miedo desaparecía y era reemplazado por una sensación de ternura.
"No tengas miedo, Pelusín", dijo Tomás. "Te ayudaré a volver a tu jaula."
Tomás llevó a Pelusín a la sala de estar, donde encontró la jaula del conejito. Lo metió dentro y le dio un poco de zanahoria. Pelusín empezó a comer felizmente.
Cuando sus papás se despertaron a la mañana siguiente, Tomás les contó todo lo que había pasado. Al principio, no le creyeron, pero luego vieron a Pelusín en su jaula y entendieron que Tomás decía la verdad.
Los papás de Tomás le explicaron que las películas de terror pueden ser divertidas, pero también pueden dar miedo. Le dijeron que era importante recordar que las películas son solo ficción y que los monstruos no existen en la vida real. Le prometieron que por un tiempo, verían películas más tranquilas.
Esa noche, Tomás volvió a la cama, pero esta vez no tenía miedo. Sabía que el monstruo peludo no era real y que debajo de su cama solo había un pequeño conejito asustado. Durmió plácidamente, soñando con conejitos blancos y zanahorias gigantes.
Desde entonces, Tomás siguió viendo películas con sus papás, pero siempre elegía películas que no le dieran pesadillas. Y cada vez que escuchaba un ruido extraño en la noche, ya no pensaba en monstruos, sino en Pelusín, el conejito que se escondía debajo de su cama. Aprendió que a veces, las cosas que dan más miedo pueden ser las más pequeñas y tiernas.
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