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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos verdes y flores de colores, un niño llamado Mateo. Mateo era conocido por su energía inagotable y, sobre todo, por su increíble capacidad de saltar. Saltaba sobre las rocas, saltaba sobre los charcos, incluso intentaba saltar sobre el pequeño arroyo que cruzaba el pueblo. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca había logrado saltar tan alto como… ¡un sapo!
En el jardín de la abuela Elena, vivía un sapo muy especial llamado Don Sapo Sabio. Don Sapo Sabio era famoso en todo el pueblo por su sabiduría y por su asombrosa habilidad para saltar. Se decía que podía saltar tres veces su propia altura, ¡lo cual era impresionante para un sapo!
Mateo, con su espíritu competitivo, siempre había querido superar a Don Sapo Sabio. Todas las tardes, después de la escuela, Mateo iba al jardín de la abuela Elena y comenzaba a practicar. Saltaba y saltaba, estirando sus piernas y esforzándose al máximo. Pero Don Sapo Sabio, con una sonrisa sabia en su cara de sapo, siempre lo superaba sin esfuerzo alguno.
Un día, Mateo se acercó a Don Sapo Sabio con una mirada de determinación. "Don Sapo Sabio," dijo Mateo, "quiero aprender a saltar tan alto como usted. ¿Me enseñaría su secreto?"
Don Sapo Sabio lo miró con sus grandes ojos dorados y asintió lentamente. "Claro que sí, Mateo," dijo Don Sapo Sabio. "Pero debes saber que el secreto para saltar alto no está solo en las piernas, sino también en la mente y en el corazón."
Así comenzó el entrenamiento de Mateo con Don Sapo Sabio. Primero, Don Sapo Sabio le enseñó a Mateo a respirar correctamente. "La respiración es la clave, Mateo," dijo Don Sapo Sabio. "Cuando inhalas, llenas tu cuerpo de energía. Cuando exhalas, liberas cualquier tensión que te impida saltar."
Luego, Don Sapo Sabio le enseñó a Mateo a concentrarse. "Debes visualizar tu salto, Mateo," dijo Don Sapo Sabio. "Imagina que estás volando por el aire, sintiendo la libertad y la ligereza."
Y finalmente, Don Sapo Sabio le enseñó a Mateo a tener confianza en sí mismo. "Cree en ti mismo, Mateo," dijo Don Sapo Sabio. "Sabe que eres capaz de lograr cualquier cosa que te propongas."
Mateo siguió las instrucciones de Don Sapo Sabio al pie de la letra. Practicaba la respiración, visualizaba sus saltos y creía en sí mismo. Poco a poco, notó que sus saltos se volvían más altos y más poderosos.
Un día, Don Sapo Sabio le dijo a Mateo: "Hoy es el día, Mateo. Hoy probarás si has aprendido la lección."
Mateo se preparó. Cerró los ojos, respiró profundamente, visualizó su salto y creyó en sí mismo. Luego, abrió los ojos y corrió hacia la línea de salida. Tomó impulso, saltó con todas sus fuerzas y… ¡voló por el aire!
Mateo saltó más alto de lo que jamás había saltado. Saltó tan alto que pudo ver las copas de los árboles más altos del pueblo. Saltó tan alto que pudo ver las nubes blancas flotando en el cielo azul. ¡Saltó tan alto que incluso superó el salto de Don Sapo Sabio!
Cuando Mateo aterrizó, estaba eufórico. Había logrado su objetivo. Había aprendido a saltar más alto que el sapo. Corrió hacia Don Sapo Sabio y lo abrazó con fuerza.
"¡Lo logré, Don Sapo Sabio!" exclamó Mateo. "¡Lo logré!"
Don Sapo Sabio sonrió sabiamente. "Sí, Mateo," dijo Don Sapo Sabio. "Lo lograste. Pero recuerda, el verdadero premio no es saltar más alto que nadie, sino descubrir tu propio potencial y creer en ti mismo."
Mateo entendió las palabras de Don Sapo Sabio. Se dio cuenta de que el verdadero valor de su entrenamiento no era solo aprender a saltar alto, sino aprender a creer en sí mismo y a perseguir sus sueños.
A partir de ese día, Mateo siguió saltando y practicando, pero ya no lo hacía para superar a Don Sapo Sabio. Lo hacía porque amaba saltar y porque sabía que podía lograr cualquier cosa que se propusiera. Y Don Sapo Sabio, desde su jardín, lo observaba con una sonrisa sabia en su cara de sapo, orgulloso del niño que había aprendido a volar con sus propios sueños. Y de vez en cuando, saltaban juntos, celebrando la amistad y la alegría de superarse a uno mismo. Mateo siguió saltando, compartiendo su alegría y su historia con todos los niños del pueblo, inspirándolos a perseguir sus propios sueños, sin importar cuán altos parecieran. El niño que saltaba más alto que el sapo, se convirtió en el héroe del pueblo, un ejemplo de perseverancia y fe en uno mismo. Y así, el pequeño pueblo siguió lleno de saltos, risas y sueños cumplidos. Porque al final, todos podemos saltar alto, si creemos en nosotros mismos y tenemos un poco de la sabiduría de un sapo.
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