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Gratis · elegí una vozBernardo el oso tenía un hambre enorme. El invierno había sido largo y agotador, y su barriga rugía como un trueno lejano. Se despertó de su largo sueño invernal con un solo pensamiento en mente: ¡comida! Salió de su cueva, estirándose y bostezando, con la esperanza de encontrar bayas jugosas, raíces dulces o incluso un pez despistado en el arroyo cercano.
Caminó por el bosque, olfateando el aire con su gran nariz. El sol de la primavera brillaba a través de las hojas, calentando su pelaje. De repente, un movimiento llamó su atención. Detrás de un gran roble, un zorro lo observaba con ojos brillantes y una sonrisa pícara.
"¡Hola!" dijo el zorro con una voz melodiosa. "¿Qué te trae por aquí, oso grandullón?"
Bernardo, que no era muy hablador, gruñó un saludo. "Busco comida," respondió simplemente. "Tengo mucha hambre."
El zorro, cuyo nombre era Rufino, se lamió los labios con picardía. "¡Comida, dices! ¡Qué casualidad! Yo conozco el lugar perfecto. Sígueme!"
Bernardo, confiando en el entusiasmo de Rufino, lo siguió. Rufino lo guio a través de un laberinto de árboles y arbustos, siempre corriendo un poco delante, con su cola peluda ondeando al viento. Bernardo, aunque hambriento, se sentía un poco inquieto. Rufino parecía demasiado alegre, demasiado ansioso por ayudar.
Finalmente, llegaron a un claro. En el centro del claro, había un gran árbol con un letrero toscamente tallado que decía: "El Árbol de las Delicias".
"¡Aquí está!" exclamó Rufino, señalando el árbol. "Este árbol está lleno de las bayas más deliciosas del bosque. ¡Pero hay un pequeño problema!"
Bernardo frunció el ceño. "¿Un problema? ¿Qué clase de problema?"
"Bueno," dijo Rufino, rascándose la barbilla con una pata, "para alcanzar las bayas más sabrosas, necesitas...¡hacer el baile del oso feliz!"
Bernardo miró al zorro con incredulidad. "¿El baile del oso feliz? ¿Qué es eso?"
"Oh, es muy simple," respondió Rufino con una sonrisa aún más pícara. "Tienes que dar tres vueltas alrededor del árbol, cantar una canción sobre lo mucho que te gustan las bayas y luego saltar lo más alto que puedas. ¡Así el árbol te recompensará con sus frutos más jugosos!"
Bernardo, aunque escéptico, estaba desesperado. El hambre lo estaba carcomiendo. Pensó: ¿Qué puedo perder?. Suspiró y comenzó a dar vueltas alrededor del árbol, torpemente. Cantó una canción inventada sobre bayas rojas, bayas azules y bayas moradas, que sonaba más como un gruñido que como una melodía. Finalmente, saltó lo más alto que pudo, pero solo logró alcanzar las ramas más bajas, donde las bayas eran pequeñas y amargas.
Rufino se reía a carcajadas, rodando por el suelo. "¡Ja, ja, ja! ¡El baile del oso feliz! ¡Qué divertido!"
Bernardo se sintió avergonzado y enojado. Se dio cuenta de que Rufino lo había engañado. "¡Me has engañado!" rugió Bernardo. "¡No hay un Árbol de las Delicias ni un baile del oso feliz! Solo querías burlarte de mí."
Rufino, recuperándose de su ataque de risa, dijo: "¡Bueno, no puedo negar que fue divertido! Pero no te preocupes, oso grandullón. Te ayudaré a encontrar comida de verdad."
Bernardo, sorprendido, lo miró con recelo. "¿Por qué harías eso?"
"Porque," respondió Rufino con una sonrisa sincera, "a veces, incluso los zorros bromistas necesitan un amigo. Y además, conozco un lugar secreto donde crecen las setas más deliciosas del bosque."
Esta vez, Bernardo dudó menos. Siguió a Rufino a través del bosque, y juntos encontraron un claro lleno de setas gordas y jugosas. Bernardo comió hasta saciarse, y Rufino, aunque no comía setas, disfrutó de la compañía del oso.
Desde ese día, Bernardo y Rufino se hicieron amigos. Bernardo aprendió a desconfiar de las bromas de Rufino, pero también aprendió a apreciar su ingenio y su compañía. Rufino, por su parte, aprendió que la amistad es más valiosa que una buena broma. Y aunque Rufino seguía haciendo bromas de vez en cuando, nunca más se burló de Bernardo cuando tenía hambre. Aprendió que la amistad verdadera significaba ayudar a los demás, incluso a un oso grandullón y hambriento.
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