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Gratis · elegí una vozLa noche se había vestido de negro. No un negro suave como el terciopelo, sino un negro espeso y amenazante, como la boca de un lobo. El viento aullaba como un fantasma furioso, sacudiendo las ramas de los árboles y haciendo bailar las farolas con un ritmo descontrolado. La lluvia, ¡ay, la lluvia!, caía con furia, golpeando contra los cristales de las ventanas como si quisiera entrar a la fuerza. Era una noche de terror, una noche que hacía temblar hasta al más valiente.
En una pequeña tienda de paraguas, un viejo paraguas azul, llamado Don Celesto, se sentía particularmente miserable. Don Celesto era un paraguas muy especial. No solo protegía de la lluvia, sino que también sentía las emociones de quienes lo usaban. Y esa noche, sentía la tristeza profunda de una niña que lo había perdido hacía mucho tiempo. La niña, llamada Sofía, lo adoraba. Juntos habían paseado bajo el sol y bajo la lluvia, riendo y cantando. Pero un día, en un parque lleno de gente, Sofía había dejado a Don Celesto apoyado en un banco por un segundo, y cuando volvió, ya no estaba.
Desde entonces, Don Celesto había pasado de mano en mano, pero nunca había encontrado un cariño tan puro como el de Sofía. Cada gota de lluvia que caía sobre su tela era como una lágrima, una lágrima de soledad y tristeza. Esa noche, la lluvia torrencial parecía querer ahogarlo en su propia pena. Él lloraba en silencio, sintiendo el peso de su abandono. Sus varillas se sentían cansadas y oxidadas, su tela descolorida y ajada.
De repente, una pequeña gotita de lluvia, llamada Chispa, se separó del resto y cayó sobre la tela de Don Celesto. Chispa era una gotita muy curiosa y valiente. No le gustaba la tristeza, y siempre buscaba la manera de llevar alegría a donde iba.
"¿Por qué lloras, Don Paraguas?" preguntó Chispa con su vocecita brillante.
Don Celesto se sorprendió. Nunca nadie le había hablado con tanta dulzura, ni siquiera la lluvia misma. "Estoy triste, pequeña gotita," respondió Don Celesto con voz temblorosa. "Echo de menos a mi Sofía. Me abandonó y ahora estoy solo."
Chispa se sintió apenada al escuchar la historia de Don Celesto. "No estás solo," dijo Chispa con determinación. "Yo estoy aquí. Y aunque soy pequeña, puedo ayudarte."
"¿Cómo puedes ayudarme?" preguntó Don Celesto con escepticismo.
"Te contaré historias divertidas," respondió Chispa. "Te hablaré del sol, de los arcoíris, de las flores que crecen después de la lluvia. Te recordaré que después de la tristeza, siempre llega la alegría."
Y así lo hizo. Chispa le contó a Don Celesto historias maravillosas. Le habló del viaje que había hecho por el cielo, de las nubes con forma de animales, de las estrellas que brillaban como diamantes. Don Celesto, al principio, escuchaba con desgana. Pero poco a poco, la alegría contagiosa de Chispa comenzó a hacer efecto. Una pequeña sonrisa se dibujó en su tela descolorida.
Chispa también le animó a recordar los momentos felices que había vivido con Sofía. Le recordó sus risas, sus canciones, sus paseos por el parque. Don Celesto empezó a recordar con más claridad, y la tristeza comenzó a desvanecerse, reemplazada por una cálida sensación de nostalgia.
La lluvia seguía cayendo, pero ya no parecía tan amenazante. El viento seguía aullando, pero ya no sonaba tan furioso. Don Celesto se sentía un poco más ligero, un poco más fuerte. Había encontrado una nueva amiga en la pequeña Chispa.
Durante toda la noche, Chispa y Don Celesto conversaron. Chispa le contó sus sueños de convertirse en un río caudaloso, y Don Celesto le habló de su deseo de volver a ver a Sofía.
Cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte, la lluvia cesó. El cielo se tiñó de colores suaves y delicados. Chispa se despidió de Don Celesto. "Debo irme," dijo Chispa. "Pero volveré a visitarte pronto."
"Gracias, Chispa," dijo Don Celesto con una sonrisa. "Me has ayudado mucho. Ya no me siento tan solo."
Chispa se deslizó por la tela de Don Celesto y se unió a otras gotitas de rocío que brillaban al sol. Don Celesto se quedó en la tienda, esperando el próximo día de lluvia. Ya no sentía tanto terror, ni tanta tristeza. Sabía que, aunque estuviera solo, siempre tendría el recuerdo de Sofía y la amistad de Chispa. Y eso, era suficiente para hacerlo sentir un poco más feliz. Don Celesto aprendió que incluso en la noche más oscura, siempre hay una pequeña chispa de esperanza que puede iluminar el camino.
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