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Gratis · elegí una vozEn el vasto y silencioso altiplano boliviano, donde el cielo azul se funde con la tierra ocre, vivían Lázaro y Rogelia. Su casita de adobe, con techo de paja, se acurrucaba al pie de un imponente cerro. Junto a ellos, compartiendo la vida sencilla y trabajadora, estaba otra pareja, amigos de toda la vida. Pero a diferencia de Lázaro y Rogelia, esta pareja tenía hijos, jóvenes que soñaban con las luces brillantes y las oportunidades de la ciudad.
Un día, los hijos de la otra pareja, con mochilas llenas de ilusiones, se despidieron del altiplano. "Vamos en busca de un buen futuro," dijeron, con la promesa de regresar algún día. Lázaro y Rogelia los vieron partir con una mezcla de tristeza y esperanza. Ellos, sin hijos propios, encontraban consuelo en la compañía de su fiel perro pastor, Estrella.
Estrella no era un perro cualquiera. Con su pelaje negro como la noche y sus ojos brillantes como dos luceros, era el guardián del rebaño de ovejas de Lázaro y Rogelia. Cada mañana, al despuntar el sol, Estrella guiaba a las ovejas por las laderas del cerro, cuidándolas con diligencia y valentía. Su ladrido resonaba en el silencio del altiplano, anunciando un nuevo día de trabajo.
Lázaro y Rogelia amaban a Estrella como a un hijo. Lo alimentaban con cariño, lo cepillaban con esmero y le hablaban con ternura. Estrella, a su vez, les correspondía con lealtad y afecto incondicional. Era el corazón de su hogar, la alegría de su vida.
Un día, mientras Estrella pastoreaba las ovejas cerca de un pequeño pueblo, encontró un trozo de carne tirado en el suelo. El hambre lo apremiaba, y sin pensarlo dos veces, se lo comió. Lo que Estrella no sabía era que la carne estaba envenenada. Al poco tiempo, comenzó a sentirse mal. Su cuerpo temblaba, y su respiración se hacía cada vez más difícil.
Con un último esfuerzo, Estrella regresó a la casita de Lázaro y Rogelia. Se desplomó a sus pies, con la mirada llena de dolor. Lázaro y Rogelia, al ver a su querido perro en ese estado, sintieron que el mundo se les venía encima. Lo abrazaron con fuerza, tratando de aliviar su sufrimiento.
"¡Estrella, mi Estrella! ¿Qué te ha pasado?" exclamó Rogelia, con lágrimas en los ojos.
Lázaro, con la voz temblorosa, intentó consolarla: "No llores, Rogelia. Haremos todo lo posible para salvarlo."
Pero era demasiado tarde. El veneno había hecho su efecto. Con un último suspiro, Estrella cerró los ojos para siempre. El silencio inundó el altiplano, un silencio roto solo por el llanto desconsolado de Lázaro y Rogelia.
La pareja, con el corazón destrozado, enterró a Estrella al pie del cerro, en el lugar donde tantas veces había pastoreado sus ovejas. Plantaron una pequeña cruz de madera sobre su tumba, y la adornaron con flores silvestres.
Los días que siguieron fueron tristes y grises. El altiplano parecía haber perdido su color, y el silencio se había vuelto aún más profundo. Lázaro y Rogelia extrañaban a Estrella con cada fibra de su ser. Su ausencia dejaba un vacío inmenso en sus vidas.
Ya no escuchaban su ladrido al amanecer, ni sentían su cálido pelaje al acariciarlo. El rebaño de ovejas vagaba sin rumbo, sin la guía de su fiel pastor. Lázaro y Rogelia, con el rostro marcado por el dolor, se quedaron solos, con el recuerdo imborrable de su amado perro.
Lloraron durante días, lamentando la pérdida de su compañero fiel. El altiplano pareció llorar con ellos, con vientos fríos y cielos grises. La casita de adobe se sentía vacía y silenciosa, sin la alegría y la energía que Estrella irradiaba.
Pero, aunque el dolor era profundo, Lázaro y Rogelia sabían que debían seguir adelante. La vida en el altiplano era dura, y no permitía detenerse por mucho tiempo. Poco a poco, comenzaron a retomar sus tareas diarias, recordando a Estrella con cariño y gratitud.
Aunque el vacío en sus corazones nunca desapareció por completo, aprendieron a vivir con él. El recuerdo de Estrella se convirtió en un tesoro preciado, un símbolo de amor, lealtad y compañía incondicional. Y aunque el altiplano volvió a ser un lugar de silencio y soledad, Lázaro y Rogelia sabían que, en algún lugar, Estrella seguía pastoreando sus ovejas, velando por ellos desde el cielo.
Con el tiempo, adoptaron un nuevo cachorro, al que llamaron Lucero, en honor a los ojos brillantes de Estrella. Lucero, aunque nunca reemplazó a Estrella en sus corazones, les trajo nueva alegría y esperanza. Y así, la vida continuó en el altiplano, con el recuerdo de un perro pastor que se había ganado un lugar eterno en el corazón de sus amos.
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