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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, un pastorcito llamado Tomás. Tomás amaba a sus ovejas más que a nada en el mundo. Tenía un rebaño de cien ovejitas lanudas y blancas, cada una con su propio nombre y personalidad. Todos los días, Tomás las llevaba a pastar a las colinas, asegurándose de que tuvieran suficiente hierba fresca y agua clara. Cantaba canciones alegres mientras las ovejas comían, y ellas, a su vez, lo seguían a todas partes, confiando en su cuidado.
Un día, mientras el sol comenzaba a ponerse y las sombras se alargaban, Tomás comenzó a contar sus ovejas, como hacía todas las tardes. Uno, dos, tres… noventa y ocho, noventa y nueve. ¡Oh, no! ¡Faltaba una! A Tomás se le heló el corazón. Una de sus queridas ovejas, Rosita, se había perdido. Rosita era una ovejita juguetona y curiosa, siempre metiéndose en problemas. Tomás sintió un nudo en el estómago. No podía dejar que Rosita pasara la noche sola en la colina.
"¡No se muevan de aquí!", les dijo Tomás a las noventa y nueve ovejas restantes. "Voy a buscar a Rosita. ¡Prometo regresar pronto!" Las ovejas balaron suavemente, como si entendieran la gravedad de la situación. Tomás les dio una última mirada y se adentró en la oscuridad, llamando a Rosita a gritos. "¡Rosita! ¡Rosita! ¿Dónde estás?" Su voz resonaba en el silencio de la colina.
Tomás caminó y caminó, buscando entre los arbustos y las rocas. La noche se volvía más oscura y fría, y el miedo comenzaba a apoderarse de él. Pensó en los peligros que acechaban en la noche: lobos hambrientos, zorros astutos y precipicios ocultos. Tenía que encontrar a Rosita antes de que fuera demasiado tarde.
De repente, escuchó un débil balido. "¡Bee! ¡Bee!" Tomás agudizó el oído y corrió en dirección al sonido. Allí, entre la maleza y los matorrales espinosos, encontró a Rosita. La pobre ovejita estaba enredada en las ramas, con la lana sucia y rasguños en las patas. Estaba asustada y temblaba de frío.
"¡Rosita! ¡Te encontré!", exclamó Tomás, aliviado. Se arrodilló junto a ella y comenzó a desenredarla cuidadosamente de las ramas. Las espinas le pinchaban los dedos, pero no le importó. Lo único que le importaba era liberar a Rosita.
Una vez que Rosita estuvo libre, Tomás la abrazó con fuerza. "¡Estás bien! ¡Estás bien!", le susurró al oído. Rosita se acurrucó contra él, buscando su calor y consuelo. Tomás examinó sus heridas. Tenía algunos rasguños en las patas y la lana estaba sucia, pero no parecía estar gravemente herida.
Con mucho cuidado, Tomás limpió las heridas de Rosita con agua fresca que llevaba en su cantimplora. Luego, la envolvió en su capa para mantenerla caliente. "Vamos, Rosita", le dijo. "Tenemos que volver con las demás ovejas." Tomó a Rosita en sus brazos, ya que ella estaba demasiado cansada para caminar.
El camino de regreso parecía más largo y difícil de lo que recordaba. La oscuridad era densa y el silencio era inquietante. Pero Tomás no se rindió. Sabía que sus otras ovejas lo estaban esperando. Y sabía que tenía que proteger a Rosita a toda costa.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Tomás vio las luces de la aldea a lo lejos. Oyó el balido suave de sus ovejas, dándole la bienvenida de nuevo. Cuando llegó al redil, las noventa y nueve ovejas corrieron a su encuentro, rodeándolo y balando de alegría.
Tomás depositó a Rosita en el suelo y ella corrió a reunirse con sus amigas. Las ovejas se acurrucaron juntas, felices de estar reunidas. Tomás sonrió. Su corazón estaba lleno de alegría y gratitud. Había perdido una oveja, pero la había encontrado. Y ahora, su rebaño estaba completo de nuevo.
Esa noche, Tomás durmió profundamente, sabiendo que sus cien ovejas estaban seguras y protegidas. Aprendió una valiosa lección ese día: que cada oveja es importante, y que nunca debe rendirse en la búsqueda de lo que ama. Desde ese día en adelante, Tomás cuidó aún más a sus ovejas, asegurándose de que nunca se separaran de su lado. Y Rosita, la ovejita descarriada, nunca más se aventuró lejos del rebaño. El pastorcito estaba muy feliz nuevamente por tener sus 100 ovejitas junto a él.
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