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Gratis · elegí una vozSofía adoraba el patio trasero de la casa de su abuela. Era un lugar mágico, lleno de juegos de su infancia: un balancín oxidado que chirriaba como un fantasma, una casita de muñecas con las paredes despintadas y un arenero donde aún se podían ver las huellas de sus pequeños pies. Pero últimamente, el patio se sentía diferente. Los colores parecían más apagados, las sombras más largas y el aire, más pesado.
Una tarde, mientras jugaba con sus viejos juguetes de peluche, Sofía notó algo extraño. La casita de muñecas, antes rosada, ahora tenía un tono grisáceo y una de sus ventanas estaba sellada con una sustancia pegajosa y oscura. Al acercarse, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. La sustancia olía a polvo y a olvido.
Curiosa, Sofía intentó abrir la ventana sellada. Al principio, no tuvo éxito, pero después de forcejear un poco, la sustancia cedió y la ventana se abrió con un crujido espeluznante. Dentro, no había muñecas ni muebles. En su lugar, encontró un túnel oscuro que parecía no tener fin.
La curiosidad pudo más que el miedo, y Sofía se adentró en el túnel. A medida que avanzaba, el aire se hacía más denso y el silencio, más profundo. Las paredes del túnel estaban cubiertas de dibujos infantiles descoloridos: casas torcidas, soles con caras tristes y figuras humanas sin ojos. Sofía reconoció algunos de sus propios dibujos, hechos hacía muchos años, pero ahora parecían extraños y perturbadores.
De repente, escuchó un susurro que venía del fondo del túnel. "Sofía… Sofía… no nos olvides…"
Sofía se detuvo en seco, con el corazón latiéndole con fuerza. ¿Quién la estaba llamando? ¿Y por qué sonaba tan triste?
Siguió avanzando, guiada por el susurro, hasta que llegó a una gran sala circular. En el centro de la sala, había un carrusel antiguo, con caballos de madera despintados y figuras grotescas de payasos. El carrusel giraba lentamente, sin música, emitiendo un gemido metálico que erizaba la piel.
Sobre cada caballo, había un niño. Niños pálidos y silenciosos, con ojos vacíos y sonrisas forzadas. Todos miraban a Sofía con una expresión de súplica.
"Somos los recuerdos olvidados", dijo una niña con un vestido raído y una muñeca rota en la mano. "Nos has dejado atrás en este lugar. Nos has olvidado…"
Sofía sintió una punzada de culpa. Era cierto, había olvidado muchos de sus recuerdos de la infancia. Había crecido y se había mudado, dejando atrás el patio de su abuela y todos los juegos que había compartido con sus amigos imaginarios.
"No queríamos asustarte", dijo otro niño, con la voz temblorosa. "Solo queríamos que nos recordaras. Sin recuerdos, no somos nada…"
Sofía se acercó al carrusel y tocó la mano de uno de los niños. Al instante, un torrente de recuerdos la invadió: el olor a galletas recién horneadas en la cocina de su abuela, las tardes de verano jugando a las escondidas, las historias que le contaba su abuelo antes de dormir.
Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Había estado tan ocupada con su vida adulta que había olvidado lo importante que era mantener vivos sus recuerdos de la infancia.
"Lo siento", dijo Sofía, con la voz entrecortada por el llanto. "Lo siento mucho. No los olvidaré más. Prometo recordarlos siempre…"
Al instante, la sala comenzó a temblar. El carrusel se detuvo y los niños desaparecieron, dejando tras de sí un rastro de polvo brillante. El túnel se iluminó y el aire se volvió más fresco.
Sofía corrió de vuelta a la casita de muñecas y salió al patio trasero. Para su sorpresa, los colores eran más vivos, las sombras más cortas y el aire, más ligero. El patio había vuelto a ser el lugar mágico que recordaba.
Desde ese día, Sofía nunca olvidó visitar el patio de su abuela. Pasaba horas jugando con sus viejos juguetes, recordando las historias de su infancia y manteniendo vivos los recuerdos de aquellos niños olvidados. Sabía que, mientras los recordara, siempre estarían a su lado, en el patio de los recuerdos descoloridos, esperando a ser revividos.
Sofía aprendió que los recuerdos, aunque a veces duelan, son parte de lo que somos. Y que olvidarlos es como perder una parte de nosotros mismos.
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