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Gratis · elegí una vozMateo era un pescadorcito muy pequeño, con un gorro azul y unos ojos brillantes como el mar. Le encantaba ir a pescar con su papá en su pequeño bote, llamado "La Esperanza". Pero a veces, a Mateo le costaba controlar sus emociones. Si su hermana Sofía le quitaba un juguete, ¡pum!, quería gritar y a veces hasta intentaba empujarla. Si su papá le pedía que recogiera sus juguetes, ¡buf!, se enojaba y no quería obedecer. Y si no pescaba nada en todo el día, ¡ay, ay, ay!, le daban ganas de golpear el agua con su puño. Un día, mientras pescaba con su papá, no había suerte. ¡Ni un solo pez mordía el anzuelo! Mateo se sintió frustrado. Su carita se puso roja, sus puños se apretaron, y sintió ganas de gritar. "¡No pesco nada! ¡Es injusto! ¡Quiero irme a casa!", gritó, dando una patada al suelo del bote. Su papá lo miró con calma. No se enojó, ni le gritó de vuelta. En cambio, se acercó a Mateo y le dijo suavemente: "Mateo, veo que estás sintiendo mucha frustración. Es normal sentirse así a veces. Pero, ¿sabes?, hay otras maneras de expresar cómo te sientes sin lastimar a nadie, ni a ti mismo". Mateo frunció el ceño. "¿Cómo? ¿Qué puedo hacer? ¡Quiero pescar!", respondió, con la voz aún temblorosa. Su papá le sonrió y le dijo: "Mira, Mateo, a veces las emociones son como olas grandes. Si intentas luchar contra ellas, te arrastrarán. Pero si aprendes a surfearlas, puedes llegar a la orilla con calma. ¿Quieres que te enseñe a surfear la ola de la frustración?". Mateo asintió, curioso. Su papá le explicó que cuando sintiera ganas de gritar o pegar, podía probar algunas cosas. Primero, respirar hondo, como si estuviera oliendo una flor, y luego exhalar lentamente, como si estuviera soplando una vela. Segundo, podía hablar de cómo se sentía con alguien en quien confiara, como su papá o su mamá. Tercero, podía encontrar algo que lo relajara, como dibujar, cantar o abrazar a su osito de peluche. Justo en ese momento, una ola suave meció el bote. El papá de Mateo le dijo: "Mira esa ola, Mateo. Es una ola de calma. Vamos a respirar juntos y dejar que nos lleve a la tranquilidad". Mateo y su papá cerraron los ojos y respiraron hondo varias veces. Mateo sintió cómo la tensión en sus hombros se relajaba. Poco a poco, la frustración se fue disipando, como la niebla al amanecer. Después de respirar, Mateo le contó a su papá cómo se sentía. Le dijo que estaba frustrado porque quería pescar y que se sentía decepcionado de no haber pescado nada. Su papá lo escuchó con atención, sin interrumpirlo. Cuando Mateo terminó de hablar, su papá le dijo: "Entiendo cómo te sientes, Mateo. Y sabes qué, la pesca no siempre se trata de atrapar peces. También se trata de disfrutar del mar, del sol, y de pasar tiempo juntos". Mateo sonrió. Se dio cuenta de que su papá tenía razón. No importaba no haber pescado nada. Lo importante era estar juntos. De repente, ¡zaz!, el anzuelo de Mateo picó. ¡Un pez grande y plateado! Mateo gritó de alegría. "¡Lo ves, Mateo! La paciencia siempre tiene su recompensa", dijo su papá, guiñándole un ojo. A partir de ese día, Mateo aprendió a manejar sus emociones como un verdadero pescador surfea las olas. Cuando sentía frustración, se acordaba de la ola de la calma y de las enseñanzas de su papá. Ya no gritaba, ni pegaba, ni escupía. En lugar de eso, respiraba hondo, hablaba de cómo se sentía, y encontraba algo que lo relajara. Y lo mejor de todo, aprendió que amar y respetar a su hermana, a sus padres y a sí mismo era mucho más importante que cualquier pez del mar.
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