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Página 1:
A veces, dentro de mí, hay un pez globito.
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Al principio es chiquito, casi como un secreto.
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Pero cuando algo me preocupa, se infla... y se infla... y se infla.
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A veces es tan grande que no me deja ver.
Página 5:
Me cuesta respirar. Siento que no puedo avanzar.
Página 6:
Pero si hablo de él, el pez empieza a encogerse.
Página 7:
Si lo dibujo, el pez se vuelve menos pesado.
Página 8:
Y si respiro profundo... a veces el pez se duerme.
Página 9:
La ansiedad es como un pez globito.
No se va, pero puedo aprender a llevarlo.
Página 10:
Y ahora sé que no soy el único..
Mateo era un niño como cualquier otro. Le gustaba jugar al fútbol, dibujar dinosaurios y comer helado de fresa. Pero a veces, muy dentro de él, sentía algo extraño. Era como un pequeño pez globito que nadaba en su interior. Al principio, era casi imperceptible, un cosquilleo suave que apenas notaba. Era su secreto, un pequeño compañero silencioso.
El pez globito de Mateo era de un color azul pálido, casi transparente. Tenía unos ojos grandes y curiosos que lo miraban con atención. Al principio, Mateo pensaba que era un amigo imaginario, algo divertido y diferente. Pero pronto se dio cuenta de que este pez no era como los demás.
Cuando algo le preocupaba a Mateo, el pez globito empezaba a cambiar. Si tenía un examen difícil en la escuela, o si se peleaba con su mejor amigo, el pez comenzaba a inflarse. Primero un poquito, luego un poco más, y después mucho más. Se hacía más grande y redondo, como un globo lleno de aire.
Cuanto más se inflaba el pez, más difícil le resultaba a Mateo concentrarse. El pez globito se interponía en su camino, bloqueando su visión. Ya no podía ver con claridad los colores de sus dibujos, ni escuchar las historias que le contaba su mamá. El pez era tan grande que lo eclipsaba todo.
Intentaba empujar al pez, apartarlo de su camino, pero era inútil. El pez globito era muy pesado, como una roca gigante. Mateo sentía que le costaba respirar, que el aire se volvía denso y difícil de tragar. Sentía que no podía avanzar, que estaba atrapado en un lugar oscuro y sofocante.
Un día, Mateo se sentía especialmente mal. El pez globito era enorme, casi del tamaño de una casa. Estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas, sintiéndose pequeño y asustado. Su abuela, una mujer sabia y cariñosa, se acercó a él y se sentó a su lado.
"¿Qué te pasa, mi niño?", le preguntó con voz suave. Mateo dudó por un momento, pero finalmente decidió contarle sobre el pez globito. Le explicó cómo aparecía, cómo se inflaba y cómo lo hacía sentir. Su abuela lo escuchó con atención, sin interrumpirlo ni juzgarlo.
"Ese pez globito es tu ansiedad, Mateo", le dijo su abuela con una sonrisa. "Todos tenemos uno dentro de nosotros. A veces se hace grande, a veces se hace pequeño. Lo importante es aprender a manejarlo."
La abuela le sugirió a Mateo que hablara sobre el pez globito. Le dijo que contarle a alguien cómo se sentía ayudaría a que el pez se encogiera. Mateo al principio se sentía avergonzado, pero decidió intentarlo. Le contó a su mamá sobre el pez, a su papá, incluso a su mejor amigo, Sofía.
Y, para su sorpresa, funcionó. Cada vez que hablaba del pez, se hacía más pequeño. Era como si al compartir su secreto, el pez perdiera fuerza. Poco a poco, Mateo se dio cuenta de que no estaba solo. Que otras personas también tenían sus propios peces globito.
Su abuela también le enseñó a dibujar al pez globito. Le dijo que le pusiera colores divertidos, que le dibujara una sonrisa grande y que lo convirtiera en algo menos aterrador. Mateo dibujó al pez con lunares verdes, aletas naranjas y un sombrero de payaso. Al verlo en el papel, el pez se volvió menos pesado, menos amenazante.
También aprendió a respirar profundo. Su abuela le enseñó a inhalar lentamente por la nariz, llenar sus pulmones de aire fresco y exhalar suavemente por la boca. Cada vez que respiraba profundo, sentía que el pez se relajaba, que se desinflaba un poco.
Con el tiempo, Mateo aprendió a vivir con su pez globito. Sabía que nunca desaparecería por completo, pero también sabía que podía controlarlo. Cuando sentía que el pez empezaba a inflarse, hablaba con alguien, dibujaba, respiraba profundo o simplemente se permitía sentir sus emociones.
Un día, Mateo se dio cuenta de que su pez globito era mucho más pequeño que antes. Era casi como un globo suavecito, flotando a su lado sin molestarlo. Se dio cuenta de que la ansiedad era como un pez globito: no se iba, pero podía aprender a llevarlo.
Mateo caminaba por la calle, con el pez globito dormido flotando tras él como un globo de feria. Sonrió. Sabía que no era el único. Miró al cielo y vio peces globito de muchas formas y colores, cada uno flotando junto a un niño diferente. Cada niño, a su manera, aprendiendo a vivir con su propio pez globito.
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