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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el corazón del Valle de los Suspiros Coloridos, una pequeña aldea donde los monstruos y los humanos vivían en perfecta armonía. Sin embargo, no eran monstruos de los que asustan bajo la cama con garras afiladas; eran criaturas hechas de pelusa, nubes de tormenta y chispas de purpurina. Entre todos ellos vivía Barnaby, un monstruo que tenía un problema muy singular: nadie sabía exactamente cómo era su rostro. Barnaby era un monstruo de humor cambiante. Si estaba feliz, su cara brillaba como un girasol; si estaba triste, se volvía azul y esponjoso como una toalla mojada; y si estaba emocionado, le brotaban lunares de colores que bailaban por sus mejillas.
Un buen día, la alcaldesa del valle anunció el Gran Concurso del Retrato Real. El premio era una medalla de cristal y el honor de colgar la pintura en la Galería de las Maravillas. Todos los habitantes estaban emocionados. La famosa pintora humana, la Señorita Penélope, fue la encargada de retratar a los ciudadanos más pintorescos. Penélope era conocida por su realismo mágico, capaz de capturar hasta el último suspiro de una mariposa en sus lienzos. Cuando Barnaby se enteró, su corazón dio un vuelco de emoción, lo que hizo que su nariz se volviera de un color naranja brillante y emitiera un suave pitido.
—¡Yo quiero un retrato! —exclamó Barnaby, saltando sobre sus patas acolchadas—. Quiero que todos vean quién soy de verdad.
Barnaby llegó al estudio de Penélope cargando una cesta de bayas dulces para la artista. El estudio era un lugar maravilloso, lleno de caballetes de madera de roble, tarros de cristal con pigmentos hechos de polvo de estrellas y pinceles tan finos que parecían pestañas de hada. Penélope, con sus gafas redondas y su delantal manchado de arcoíris, le dio la bienvenida con una sonrisa.
—Siéntate en el taburete de terciopelo, Barnaby —dijo ella con voz suave—. Para hacer un buen retrato, debes quedarte muy quieto.
Ese fue el primer desafío. Barnaby se sentó y trató de pensar en algo neutral. Pero, al ver un cuadro de un pastel de chocolate en la pared, se puso tan contento que su cara se transformó en un festival de rayos de sol amarillos. Penélope comenzó a trazar las líneas con rapidez, pero justo cuando iba a pintar los ojos, un mosquito pasó volando cerca de la oreja de Barnaby. El monstruo se asustó un poco y, de repente, su piel se volvió de un verde esmeralda con rayas moradas.
—¡Oh, cielos! —exclamó Penélope, borrando con cuidado—. Has cambiado de color, pequeño amigo.
—Lo siento, Señorita Penélope —se disculpó Barnaby, ahora volviéndose de un gris tímido—. Es que mis emociones son muy ruidosas.
Lo intentaron una y otra vez durante tres días enteros. El lunes, Barnaby era un monstruo de burbujas rosas porque recordaba un chiste de su abuelo. El martes, era un monstruo de escamas plateadas porque estaba concentrado escuchando la lluvia. El miércoles, era una masa de plumas naranjas porque tenía hambre. Penélope tenía el lienzo lleno de manchas y correcciones. Se sentía frustrada, no porque Barnaby fuera difícil, sino porque no lograba capturar la esencia de su amigo.
—Barnaby —dijo Penélope, dejando el pincel en el agua—. No puedo pintarte si cambias cada segundo. Necesito encontrar el Barnaby que vive debajo de todos esos colores.
Barnaby se sintió muy triste. Sus ojos se llenaron de lágrimas transparentes que parecían diamantes y su cuerpo se tornó de un azul índigo profundo, casi negro. Se sentía como un fracaso.
—Quizás no tengo una forma real —sollozó—. Quizás solo soy un montón de sentimientos revueltos.
Penélope se acercó y le dio un abrazo cálido. En ese momento, se dio cuenta de algo fundamental. Barnaby no era el color amarillo, ni el verde, ni el rosa. Barnaby era el cambio mismo. Su verdadera identidad no estaba en una forma estática, sino en su capacidad de sentirlo todo con tanta intensidad.
—¡Tengo una idea! —gritó Penélope, sus ojos brillando detrás de sus gafas—. No vamos a hacer un retrato normal. Vamos a hacer un Retrato Especial de Monstruo.
Penélope sacó un lienzo gigante, pero esta vez no usó solo óleos. Sacó láminas de espejo, pintura luminiscente, retales de seda y polvos mágicos que cambiaban de tono según la luz. Trabajó durante toda la noche mientras Barnaby dormía una siesta en un rincón, soñando con campos de algodón de azúcar (lo que lo hacía verse de un suave color lavanda).
Al día siguiente, llegó el momento de la gran revelación en la plaza del pueblo. Todos los monstruos y humanos estaban allí. Estaba el retrato del Monstruo de las Nieves (que era básicamente un lienzo blanco con dos puntos negros) y el retrato de la Niña de los Pies Gigantes. Finalmente, llegó el turno del cuadro de Barnaby.
Penélope retiró la manta de seda que cubría la obra. La multitud soltó un suspiro de asombro. No era un cuadro aburrido. Era una obra de arte interactiva. En el centro, Penélope había pintado el contorno de Barnaby con una pintura especial que atrapaba el reflejo de quien lo miraba. Alrededor del contorno, había cientos de pequeñas pinceladas que representaban todas las emociones que Barnaby había mostrado en el estudio: espirales amarillas de alegría, gotas azules de nostalgia, chispas rojas de valentía y nubes verdes de curiosidad.
Pero lo más mágico era que, gracias a los cristales y espejos incrustados, cuando Barnaby se acercó al cuadro, los colores del lienzo parecían vibrar y cambiar junto con él. Si Barnaby sonreía, el cuadro emitía un resplandor dorado. Si se ponía nervioso, las partículas de purpurina bailaban en el lienzo.
—Es... es perfecto —susurró Barnaby, viendo su reflejo rodeado de todas sus facetas—. Ese soy yo. Soy todos esos colores a la vez.
La alcaldesa declaró a Penélope y Barnaby ganadores del concurso. Pero para Barnaby, el premio no fue la medalla. Fue entender que no necesitaba tener una sola cara o un solo color para ser especial. Sus emociones no eran un problema, sino su superpoder.
Desde aquel día, el Retrato Especial de Monstruo cuelga en el lugar más importante de la galería. Y dicen que, si pasas por allí y te sientes un poco confundido sobre quién eres, solo tienes que mirar el cuadro de Barnaby. Verás que, al igual que él, tú también eres una hermosa colección de colores, cambios y sentimientos que nunca dejan de brillar.
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