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Había una vez, en una granja llena de flores y árboles frutales, una mamá gallina llamada Clotilde. Clotilde era una gallina muy responsable y cariñosa, pero también le gustaba que sus cinco pollitos la obedecieran al pie de la letra. Todos los días, Clotilde les daba instrucciones claras: "¡Pollitos, a comer el maíz!", "¡Pollitos, a dormir bajo mis alas!", "¡Pollitos, no se alejen del gallinero!".
Cuatro de los pollitos, Pepito, Rosita, Blanquita y Caramelo, siempre obedecían a su mamá sin rechistar. Comían el maíz, dormían bajo sus alas y se mantenían cerca del gallinero. Pero el quinto pollito, Pío, era diferente. Pío era un pollito muy curioso y aventurero, y le costaba mucho seguir las reglas. Siempre encontraba una excusa para no hacer lo que Clotilde le pedía.
Un día, Clotilde les dijo: "Pollitos, hoy vamos a practicar cómo picotear gusanos. Es importante para que puedan alimentarse solos cuando crezcan". Pepito, Rosita, Blanquita y Caramelo comenzaron a picotear el suelo con entusiasmo, buscando gusanos gorditos y jugosos. Pero Pío puso una excusa: "¡Ay, mamá! Me duele mucho el pico. Creo que tengo una astilla. No puedo picotear hoy".
Clotilde, preocupada, revisó el pico de Pío. "No veo ninguna astilla, Pío", dijo Clotilde. "Pero si te duele, puedes descansar un rato". Pío, con una sonrisa pícara, se alejó del grupo y se fue a explorar el jardín. En lugar de picotear gusanos, Pío se dedicó a perseguir mariposas de colores y a observar a las hormigas trabajar.
Otro día, Clotilde les dijo: "Pollitos, es hora de aprender a volar. Suban a esta rama baja y salten, agitando sus alitas". Pepito, Rosita, Blanquita y Caramelo subieron a la rama y, con un poco de miedo, saltaron y batieron sus alitas. Lograron volar unos pocos metros, aterrizando suavemente en el suelo. Pero Pío puso otra excusa: "¡Ay, mamá! Tengo las alas muy pesadas. Creo que comí demasiado maíz ayer. No puedo volar hoy".
Clotilde suspiró. Sabía que Pío estaba poniendo una excusa. "Pío, es importante que aprendas a volar", dijo Clotilde. "Si no practicas, nunca podrás volar alto". Pío, con una mueca, se quedó en el suelo, observando a sus hermanos practicar el vuelo. En lugar de volar, Pío se dedicó a jugar con una mariquita que encontró en una hoja.
Un día, Clotilde les dijo: "Pollitos, hoy vamos a aprender a escondernos de los zorros. Los zorros son muy peligrosos y tenemos que estar preparados". Pepito, Rosita, Blanquita y Caramelo se escondieron rápidamente entre los arbustos y las flores. Clotilde los felicitó por su rapidez y astucia. Pero Pío puso la excusa más grande de todas: "¡Ay, mamá! Tengo mucho sueño. Creo que no dormí bien anoche. No puedo esconderme hoy".
Clotilde estaba muy preocupada. Pío siempre ponía excusas para no aprender las cosas importantes. "Pío, es muy importante que aprendas a esconderte de los zorros", dijo Clotilde con firmeza. "Si un zorro te ve, puede comerte". Pío, con una actitud despreocupada, se quedó sentado en medio del jardín, bostezando. "No creo que haya ningún zorro por aquí", dijo Pío. "Además, soy muy rápido. Puedo correr si veo uno".
De repente, un zorro astuto y hambriento, que había estado observando a los pollitos desde lejos, saltó de entre los árboles. Pepito, Rosita, Blanquita y Caramelo, que estaban bien escondidos, no fueron vistos. Pero Pío, que estaba sentado en medio del jardín, fue el primero en ser detectado. El zorro corrió hacia Pío con los dientes afilados.
Pío, al ver al zorro, se asustó mucho. Intentó correr, pero el zorro era más rápido. Pío gritó pidiendo ayuda. Clotilde, al escuchar el grito de su hijo, corrió hacia él con valentía, picoteando al zorro con todas sus fuerzas. Los otros pollitos, al ver a su hermano en peligro, salieron de sus escondites y comenzaron a piar y a picotear al zorro también.
El zorro, sorprendido por la valentía de la mamá gallina y sus pollitos, se asustó y huyó hacia el bosque. Clotilde abrazó a Pío con fuerza. "Pío, ¿estás bien?", preguntó Clotilde, aliviada. Pío, temblando de miedo, asintió con la cabeza. "Sí, mamá", dijo Pío. "Gracias por salvarme".
Clotilde miró a Pío con seriedad. "Pío, hoy aprendiste una lección muy importante", dijo Clotilde. "Es importante obedecer a tus padres y aprender las cosas que te enseñan. Si hubieras aprendido a esconderte, el zorro no te habría visto. Y si no hubiéramos estado aquí para ayudarte, el zorro te habría comido".
Pío se dio cuenta de su error. Había sido un pollito desobediente y descuidado, y eso lo había puesto en peligro. "Tienes razón, mamá", dijo Pío. "Lo siento mucho. Prometo que de ahora en adelante te obedeceré y aprenderé todo lo que me enseñes".
Desde ese día, Pío se convirtió en el pollito más obediente de todos. Aprendió a picotear gusanos, a volar alto y a esconderse de los zorros. Y lo más importante, aprendió que obedecer a sus padres no era aburrido, sino una forma de protegerse y de demostrarles su amor. Y Clotilde, la mamá gallina, se sintió muy orgullosa de su pollito Pío, que había aprendido la lección de la obediencia a tiempo.
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