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Gratis · elegí una vozEn los altos Andes, donde el cielo se abraza con la tierra, vivía Agostina. Era la más pequeña de cinco hermanos y, como tal, la consentida. ¡Y vaya que la consentían! La llevaban a todas las fiestas y celebraciones de su comunidad. Pero el mes de agosto era su favorito, ¡el mes de los deseos!
Agostina vivía en un pueblo donde las costumbres ancestrales florecían como las flores silvestres en primavera. Y el primero de agosto, la magia se desataba. Desde antes del amanecer, el río Unocolla se llenaba de murmullos y risas. Era el día de sembrar deseos en el puente.
"¡Agostina, despierta! ¡Es hora de ir al río!" La voz de su abuela, cálida como el sol de la mañana, la sacó de su sueño. Agostina se levantó de un salto y corrió a vestirse. Su abuela ya tenía preparada su lliclla, una manta tejida a mano con colores vibrantes.
Juntas, caminaron hacia el río Unocolla. El aire era fresco y olía a tierra mojada y a las primeras flores del campo. Al llegar al puente, Agostina quedó maravillada. ¡Cuánta gente! Todos buscaban algo: piedras. No cualquier piedra, sino piedras planas, redondas, que se parecieran a monedas antiguas.
"Estas piedras, Agostina," le explicó su abuela, "son como semillas. Las llevaremos al puente y les pediremos que se conviertan en nuestros deseos." Agostina se puso a buscar con entusiasmo. Encontró una piedra lisa, brillante como un espejo, y otra con una pequeña hendidura que parecía una sonrisa.
Con sus piedras en la mano, se acercaron al puente. El río Unocolla rugía bajo sus pies, llevando consigo secretos y esperanzas. La gente colocaba las piedras sobre el puente, una a una, mientras susurraban sus deseos. Agostina observó con atención. Un señor pedía un carro nuevo para llevar sus cosechas al mercado. Una señora deseaba una casa más grande para su familia. Un niño soñaba con una bicicleta para explorar los caminos de la montaña.
Agostina cerró los ojos y apretó sus piedras con fuerza. "Quiero que mi hermano mayor termine sus estudios y se convierta en un gran doctor," susurró. "Y quiero que mi hermana pueda abrir su propia tienda de artesanías." Luego, pensó en algo para ella. "Y yo… quiero aprender a tocar la quena como mi abuelo." Abrió los ojos y colocó sus piedras sobre el puente, sintiendo una corriente de energía que la recorría de pies a cabeza.
Después de sembrar sus deseos en el puente, Agostina y su abuela regresaron a casa. Allí, toda la familia las esperaba. Sobre una gran lliclla, habían colocado todos los productos de la cosecha: papas, quinua, maíz, frutas… Un festín de colores y aromas. Era el momento de la challa, un ritual de agradecimiento a la Pachamama, la Madre Tierra.
El abuelo, con su rostro arrugado por el sol y la sabiduría, tomó una botella de vino. Roció la lliclla con cuidado, mientras recitaba palabras en quechua, la lengua ancestral de los Andes. Agostina no entendía todas las palabras, pero sentía la fuerza de su significado: gratitud, respeto y esperanza.
Luego, el abuelo encendió un pequeño brasero con hierbas aromáticas. El humo, dulce y penetrante, llenó el aire. "Este saumo," explicó, "limpia las energías negativas y atrae la buena suerte." Agostina respiró profundo, sintiendo cómo el humo purificaba su corazón y llenaba su alma de alegría.
Después de la challa, la familia compartió un banquete. Rieron, cantaron y contaron historias. Agostina se sentía feliz, rodeada del amor de su familia y la magia de las tradiciones. Sabía que sus deseos, sembrados con fe en el puente de Unocolla, florecerían como las flores silvestres en primavera.
A medida que pasaban los meses, Agostina vio cómo sus deseos comenzaban a hacerse realidad. Su hermano mayor se graduó con honores y fue aceptado en una prestigiosa universidad de la ciudad. Su hermana, con la ayuda de su familia, abrió una pequeña tienda donde vendía sus hermosas artesanías. Y Agostina, con la guía de su abuelo, aprendió a tocar la quena. Sus melodías, llenas de la alegría de la vida y la magia de los Andes, resonaban en todo el valle.
Agostina comprendió que el puente de Unocolla no era solo un lugar físico, sino un símbolo de la esperanza y la fe. Y que los deseos, sembrados con amor y perseverancia, siempre florecen, como las flores silvestres en primavera, iluminando el mundo con su belleza.
Desde entonces, cada primero de agosto, Agostina regresa al puente de Unocolla, no solo para sembrar sus propios deseos, sino también para compartir la magia con otros niños, enseñándoles el valor de las tradiciones y el poder de la esperanza. Porque ella sabe que en el corazón de cada niño andino, late un deseo, una semilla de esperanza que puede transformar el mundo.
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