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Ana y Mateo eran mejores amigos desde pequeños. Compartían secretos, helados de fresa después de la escuela y sueños de volar en cohetes hechos de cartón. Ahora, con quince años, las cosas parecían un poco diferentes. Las fiestas de fin de semana eran la nueva moda, y con ellas, un nuevo sentimiento que revoloteaba en el estómago de Ana cada vez que Mateo sonreía.
Una noche, fueron invitados a una fiesta en la casa de Sofía, la chica más popular del colegio. Ana estaba emocionada, pero también nerviosa. Sabía que en esas fiestas a veces había… “cosas para adultos”, como decía su abuela. Mateo, por su parte, parecía despreocupado, listo para bailar y reírse con sus amigos.
Al llegar, la música vibraba en el pecho de Ana. Las luces parpadeaban y el aire olía a pizza y… algo más. Vio a algunos chicos bebiendo de vasos rojos, riendo más fuerte de lo normal. Mateo se unió a ellos, aceptando un vaso que le ofrecieron. Ana frunció el ceño. Nunca lo había visto beber alcohol antes.
"¿Mateo? ¿Qué estás bebiendo?" le preguntó Ana, acercándose a él.
Mateo se encogió de hombros y le ofreció el vaso. "Es solo… refresco con un poco de punch. No te preocupes, Ana. Diviértete."
Ana dudó, pero Mateo la animó a bailar y pronto, se olvidó de sus preocupaciones. Bailaron, rieron y cantaron a grito pelado sus canciones favoritas. Pero a medida que pasaba el tiempo, Ana notó que Mateo estaba cambiando. Se reía sin motivo, tropezaba al caminar y su voz se volvía más fuerte y confusa.
"Mateo, creo que deberíamos irnos", dijo Ana, preocupada.
"¿Irnos? ¡No! La fiesta apenas comienza", respondió Mateo, abrazándola con fuerza. Su aliento olía raro, diferente al helado de fresa que tanto amaban.
Ana se sintió incómoda. Intentó soltarse, pero Mateo no la dejaba ir. "Mateo, por favor…" suplicó.
En ese momento, Sofía se acercó, riéndose. "¡Dejen de ser tan aburridos! ¡Beban algo y relájense!"
Ana sacudió la cabeza. "No, gracias. Creo que Mateo necesita descansar."
Con cuidado, Ana logró llevar a Mateo fuera de la casa. Lo sentó en un banco en el jardín, lejos del ruido y las luces. Mateo estaba confundido y mareado. Lloriqueaba y decía cosas sin sentido. Ana se sentó a su lado, sujetándole la mano.
"Mateo, ¿estás bien?" le preguntó Ana, con la voz temblorosa.
Mateo la miró con ojos vidriosos. "Ana… lo siento. No me siento bien."
Ana sintió una punzada de tristeza y preocupación. Se dio cuenta de que el “refresco con punch” no era tan inofensivo como Mateo había dicho. La borrachera lo estaba afectando.
Durante toda la noche, Ana se quedó con Mateo, cuidándolo y asegurándose de que estuviera a salvo. Le dio agua, lo abrigó con su chaqueta y le habló suavemente hasta que se quedó dormido.
Al día siguiente, Mateo se despertó con un dolor de cabeza terrible y un sentimiento de vergüenza. No recordaba mucho de la noche anterior, pero sabía que Ana lo había cuidado.
"Ana… lo siento mucho", dijo Mateo, con la voz ronca. "No debí beber eso. Me porté como un tonto."
Ana sonrió. "Está bien, Mateo. Lo importante es que estás bien. Todos cometemos errores."
Mateo la miró a los ojos. "Gracias, Ana. Por estar ahí para mí. Siempre."
En ese momento, Ana sintió algo diferente. No era solo amistad, era algo más profundo, un sentimiento de conexión y cuidado que iba más allá de los helados de fresa y los cohetes de cartón.
"Mateo… yo también siento algo por ti", confesó Ana, sonrojándose.
Mateo sonrió, tímidamente. "Yo también, Ana. Desde hace mucho tiempo."
Desde ese día, su amistad se transformó en algo más especial. Aprendieron que el amor verdadero no se encuentra en las fiestas ni en el alcohol, sino en el cuidado mutuo, la honestidad y la valentía de estar ahí el uno para el otro, incluso en los momentos más difíciles. Y aunque las fiestas seguían siendo parte de sus vidas de adolescentes, siempre recordaban la noche en que las estrellas fugaces les revelaron el secreto brillante de su amor: un amor que brillaba con más fuerza que cualquier luz artificial, un amor que era tan puro y dulce como un helado de fresa compartido en un día soleado.
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