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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de amapolas, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño lleno de energía, con el pelo alborotado como un nido de pájaro y una sonrisa que podía iluminar una habitación entera. Pero, ¡ay!, Mateo tenía un pequeño problema: no le gustaba nada, ¡nada de nada!, respetar a sus padres.
Cuando su mamá le pedía que recogiera sus juguetes, Mateo ponía los ojos en blanco y decía: "¡Luego, mamá!" Y luego nunca llegaba. Cuando su papá le recordaba que debía lavarse los dientes antes de dormir, Mateo suspiraba dramáticamente y murmuraba: "¡Ya voy, papá!" Pero se quedaba jugando con sus soldaditos hasta que el sueño lo vencía.
Sus padres, Doña Elena y Don Ricardo, lo amaban con todo su corazón. Intentaban ser pacientes y comprensivos, pero a veces se sentían muy tristes y frustrados. Le explicaban una y otra vez la importancia de obedecer, de ayudar en casa, de ser considerado. Le contaban historias de niños que, por no escuchar a sus padres, se habían metido en problemas. Pero Mateo parecía no entender.
Un día, el pueblo se preparaba para la Fiesta del Arcoíris. Esta fiesta era muy especial, porque cada año, después de la primera lluvia de primavera, aparecía un arcoíris gigante que cubría todo el pueblo. La leyenda decía que quien tocara el final del arcoíris recibiría un deseo. Mateo estaba emocionado. Quería desear tener todos los juguetes del mundo.
Doña Elena le dijo a Mateo: "Hijo, recuerda que hoy debes ayudarme a preparar las empanadas para la fiesta. Y luego, ayuda a tu papá a colgar las guirnaldas en el jardín." Mateo, con la cabeza llena de arcoíris y juguetes, asintió distraídamente. "Sí, mamá, luego lo hago." Pero, en vez de ayudar, salió corriendo a jugar con sus amigos.
Pasó toda la mañana jugando al escondite en el parque, sin acordarse de las empanadas ni de las guirnaldas. Cuando regresó a casa, el aroma a empanadas recién horneadas llenaba el aire. Vio a su mamá, con la cara roja por el calor, sacando las empanadas del horno. Su papá estaba en el jardín, sudando la gota gorda mientras intentaba colgar las guirnaldas él solo.
Mateo sintió una punzada de culpa. Se acercó a su mamá y le dijo: "Mamá, lo siento. No te ayudé." Doña Elena lo miró con tristeza. "Mateo, no se trata solo de ayudar. Se trata de cumplir tu palabra. Se trata de respetar a los demás."
Luego se acercó a su papá. "Papá, déjame ayudarte con las guirnaldas." Don Ricardo sonrió débilmente. "Ya casi termino, hijo. Pero gracias por ofrecerte." Mateo se sintió fatal. Había decepcionado a sus padres.
Finalmente, llegó el momento de la Fiesta del Arcoíris. La lluvia había cesado y el arcoíris gigante brillaba sobre el pueblo. Mateo, triste y arrepentido, se quedó al lado de sus padres. Vio a otros niños corriendo hacia el arcoíris, intentando tocar su final.
De repente, un anciano sabio, que siempre contaba historias en la plaza del pueblo, se acercó a Mateo. "¿Por qué no corres a buscar tu deseo, pequeño?" le preguntó el anciano. Mateo negó con la cabeza. "No lo merezco. No he sido un buen hijo."
El anciano sonrió. "A veces, el mayor deseo no es tener algo, sino ser algo. ¿Qué deseas ser, Mateo?" Mateo pensó por un momento. Miró a sus padres, que lo miraban con cariño a pesar de todo. "Quiero ser un buen hijo. Quiero que mis papás estén orgullosos de mí."
En ese instante, el arcoíris pareció brillar con más intensidad. Una luz cálida envolvió a Mateo. Sintió una paz y una alegría que nunca antes había experimentado. No necesitó tocar el final del arcoíris para recibir su deseo. Ya lo tenía en su corazón.
A partir de ese día, Mateo cambió. Empezó a escuchar a sus padres, a ayudar en casa, a cumplir sus promesas. Recogía sus juguetes sin que se lo pidieran, se lavaba los dientes antes de dormir sin protestar y acompañaba a su papá a hacer las compras.
Doña Elena y Don Ricardo estaban felices de ver el cambio en su hijo. Comprendieron que Mateo solo necesitaba un poco de tiempo para entender lo importante que eran para él. Y Mateo, por su parte, se dio cuenta de que el verdadero tesoro no estaba en los juguetes ni en los deseos mágicos, sino en el amor y el cariño de sus padres. El arcoíris, después de todo, le había revelado su secreto brillante: el amor familiar era el regalo más valioso del mundo. Y así, Mateo, el niño que no le gustaba respetar a sus padres, se convirtió en el hijo que siempre soñaron tener, un hijo que los amaba y los respetaba con todo su corazón.
Desde ese día, cada vez que veía un arcoíris, Mateo recordaba la lección que había aprendido y se esforzaba por ser aún mejor hijo. Sabía que el amor de sus padres era incondicional, pero también sabía que debía demostrarles su gratitud y su cariño cada día. Y así vivieron felices para siempre, en su pequeño pueblo rodeado de campos de amapolas, unidos por el lazo indestructible del amor familiar.
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