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Gratis · elegí una vozDavid era un niño callado, muy callado. En la escuela, prefería observar desde lejos a sus compañeros jugando. En casa, se perdía en los libros y en la construcción de intrincadas ciudades de bloques. No es que no quisiera jugar, es que a veces… a veces, sentía una fuerza extraña dentro de él, como un pequeño dragón de humo que se agitaba en su pecho. Cuando alguien lo empujaba sin querer en el recreo, o cuando su hermano tomaba su juguete favorito sin preguntar, el dragón se hacía más grande, expulsando un humo caliente y molesto que lo hacía querer gritar, o incluso, empujar de vuelta. Pero David no gritaba ni empujaba. Se tragaba el humo, y entonces, se sentía peor.
Un día, en clase de arte, la maestra, Doña Elena, les propuso un ejercicio: dibujar cómo se sentían. David, tímidamente, tomó su lápiz. Al principio, solo trazó líneas temblorosas. Luego, poco a poco, el dragón de humo empezó a tomar forma en el papel. Era un dragón pequeño y gris, con ojos grandes y tristes. Doña Elena, al ver el dibujo de David, se acercó con una sonrisa suave. "Qué interesante dragón, David," dijo ella. "¿Qué le pasa?"
David, sorprendido de que alguien se interesara por su dragón, balbuceó: "Es… es mi dragón. Cuando me enfado, aparece. Y me hace sentir… mal." Doña Elena asintió. "Entiendo," dijo. "A veces, todos tenemos un dragón dentro. Lo importante es aprender a domarlo." Le contó a David sobre la respiración profunda, sobre contar hasta diez, y sobre hablar de sus sentimientos en lugar de guardárselos. Le sugirió que le pusiera un nombre a su dragón. "Así, será más fácil hablar con él," explicó.
David pensó mucho en eso. Esa noche, antes de dormir, miró el dibujo del dragón. "Te llamaré… Humito," susurró. Al día siguiente, en el recreo, un niño le quitó su pelota. Humito empezó a agitarse en su pecho. David sintió el calor del humo subiendo por su garganta. Pero esta vez, recordó lo que Doña Elena le había dicho. Cerró los ojos y respiró profundamente, contando hasta diez. Imaginó a Humito, pequeño y gris, esperándolo pacientemente.
Cuando abrió los ojos, la sensación de furia había disminuido un poco. Se acercó al niño que tenía su pelota y, con voz temblorosa, le dijo: "Por favor, ¿me devuelves mi pelota? Estaba jugando con ella." El niño, sorprendido por la calma de David, le devolvió la pelota sin decir nada. David sintió un alivio enorme. Humito, en su interior, parecía haberse encogido un poco.
Esa tarde, David volvió a dibujar a Humito. Esta vez, el dragón tenía una pequeña sonrisa en su rostro. David empezó a hablar con Humito cada vez que sentía que la furia lo invadía. Le contaba lo que le molestaba, lo que le daba miedo, lo que le hacía sentir triste. Y, poco a poco, Humito se fue haciendo más pequeño, menos gris, más… manejable.
Un día, el hermano de David rompió su ciudad de bloques por accidente. David sintió a Humito despertarse con fuerza. Pero esta vez, en lugar de gritar o empujar, respiró profundamente y le dijo a su hermano: "¡Ten cuidado! Me ha costado mucho construirla." Su hermano, arrepentido, le ayudó a reconstruir la ciudad. David se dio cuenta de que Humito, en realidad, no era un dragón malo. Era solo una forma de expresar sus sentimientos, y ahora, estaba aprendiendo a controlarlo.
David ya no era tan callado. Seguía prefiriendo observar a veces, pero también se unía a los juegos. Aprendió a decir lo que sentía, sin dejar que Humito lo controlara. Descubrió que, al hablar, las cosas se solucionaban mucho mejor que al guardar silencio. Y así, David, el niño introvertido con un dragón de humo, aprendió a ser valiente, a ser él mismo, y a domar a su propio Humito.
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