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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita pintada de colores alegres, tres hermanos muy obedientes. El mayor, Mateo, tenía nueve años y era un chico responsable y creativo. Luego estaba Sofía, con sus tres añitos y una sonrisa que iluminaba toda la casa. Y el más pequeño, Tomás, con tan solo un año y medio, gateaba a toda velocidad explorando cada rincón.
Un día, Mamá Pato les dijo: "¡Mis queridos patitos! Hoy tengo que ir al mercado a comprar fresas deliciosas para la tarta de esta noche. Quiero que se porten muy bien mientras no estoy. Mateo, tú eres el responsable. Recuerden, ¡nada de hacer ruido! El vecino Don Búho está durmiendo la siesta."
Mateo asintió con seriedad. "¡No te preocupes, Mamá Pato! Seremos los más silenciosos del mundo."
Mamá Pato les dio un beso a cada uno y salió por la puerta. Apenas la puerta se cerró, Sofía miró a Mateo con ojos brillantes. "¿Qué hacemos, Mateo? ¡No podemos hacer nada de ruido!"
Mateo pensó por un momento. "¡Tengo una idea! Podemos jugar a ser ninjas silenciosos. ¡Nos moveremos sin hacer un solo ruido!"
Sofía aplaudió emocionada. "¡Sí! ¡Seremos ninjas!"
Tomás, que no entendía muy bien lo que pasaba, empezó a gatear hacia un tambor de juguete que estaba en la esquina. Mateo rápidamente se interpuso. "¡Tomás, no! ¡Recuerda, Don Búho está durmiendo! Podemos jugar con los bloques de construcción, pero sin hacer ruido al chocarlos."
Tomás hizo un puchero, pero Mateo le entregó un bloque de madera suave. El pequeño sonrió y empezó a apilar los bloques con cuidado. Mateo y Sofía comenzaron su juego de ninjas. Se movían sigilosamente por la casa, saltando sobre los cojines como si fueran nubes y escondiéndose detrás de las cortinas como si fueran espías.
Pero el silencio era difícil de mantener. Sofía, en un momento de emoción, soltó una pequeña risita. Mateo la miró con los ojos muy abiertos. "¡Shhh, Sofía! ¡Recuerda a Don Búho!"
Sofía se tapó la boca con las manos, asustada de haber roto el silencio. Luego, intentó comunicarse con Mateo a través de gestos. Le señaló un dibujo que había hecho y le indicó que quería que lo colgaran en la pared.
Mateo sonrió. "Buena idea, Sofía. Podemos hacer eso. Pero con mucho, mucho cuidado."
Mateo buscó una cinta adhesiva y, con la ayuda de Sofía, pegaron el dibujo en la pared. Tomás, mientras tanto, seguía apilando sus bloques, creando una torre altísima. De repente, la torre se tambaleó y se vino abajo, haciendo un pequeño estruendo.
Los tres hermanos se quedaron paralizados, esperando lo peor. ¿Habrían despertado a Don Búho? Mateo se acercó sigilosamente a la ventana y miró hacia la casa del vecino. ¡Todo parecía tranquilo! Don Búho seguía durmiendo plácidamente.
Mateo suspiró aliviado. "¡Uf! ¡Eso estuvo cerca! Tenemos que ser aún más cuidadosos."
Decidieron jugar a las estatuas. Cada vez que Mateo decía "¡Estatua!", los tres hermanos se quedaban completamente quietos, como si fueran figuras de piedra. Era un juego divertido y silencioso.
El tiempo pasó volando. De repente, oyeron el sonido de la llave en la puerta. ¡Mamá Pato había regresado!
Los tres hermanos corrieron a recibirla. "¡Mamá Pato, volviste!", exclamó Sofía.
Mamá Pato sonrió. "¡Hola, mis pequeños! ¿Se portaron bien? ¿No hicieron mucho ruido?"
Mateo asintió con orgullo. "¡Fuimos los más silenciosos del mundo! Jugamos a ser ninjas, hicimos un dibujo y jugamos a las estatuas."
Mamá Pato los abrazó a los tres. "¡Qué bien! Estoy muy orgullosa de ustedes. ¡Son los niños más obedientes del mundo! Ahora, vamos a preparar esa deliciosa tarta de fresas."
Mientras preparaban la tarta, Don Búho salió de su casa y se acercó a Mamá Pato. "Vecina Pato, quería agradecerle. Hoy he dormido la siesta más tranquila en mucho tiempo. ¡Sus hijos son unos angelitos!"
Mamá Pato sonrió. "¡Gracias, Don Búho! Ellos se esfuerzan mucho por ser obedientes."
Esa noche, los tres hermanos disfrutaron de la deliciosa tarta de fresas. Sabían que habían cumplido su misión: ¡mantener la casa silenciosa y no despertar a Don Búho! Y, lo más importante, habían aprendido que la obediencia puede ser muy divertida.
Después de cenar, Mateo les contó una historia de ninjas valientes a sus hermanos. Sofía y Tomás escucharon con atención, imaginando que ellos también eran ninjas, protegiendo el silencio de la casa. Y así, en su casita pintada de colores alegres, los tres hermanos obedientes durmieron plácidamente, soñando con aventuras silenciosas y deliciosas tartas de fresas.
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