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Gratis · elegí una vozHoy me peleé con una compañera de la escuela. ¡Con Sofía! No lo puedo creer. Sofía y yo siempre estamos juntas. Siempre compartimos nuestros sándwiches de pepino (que a nadie más le gustan) y siempre nos turnamos para ser la heroína en nuestros juegos de superhéroes. Pero hoy… hoy todo fue diferente.
Todo empezó por una gomita. No cualquier gomita, claro. Era una gomita de fresa gigante, la más grande que jamás había visto. Mi abuela me la había regalado, y era tan preciosa que decidí guardarla para el recreo. Imaginaba compartirla con Sofía, partiendo ese trozo de felicidad en dos pedazos iguales.
Llegué al recreo con la gomita guardada en el bolsillo de mi delantal. Corrí hacia Sofía, lista para mostrarle mi tesoro. Pero antes de que pudiera decir una palabra, la vi. Estaba parada cerca del tobogán, con… ¡con mi gomita en la mano!
"¡Sofía! ¿Qué haces con mi gomita?" le pregunté, sintiendo que mis mejillas se ponían rojas.
Sofía me miró con los ojos muy abiertos. "¿Tu gomita? ¡No! Esta es mía. Mi mamá me la compró esta mañana."
"¡No es cierto! Es la gomita que me dio mi abuela. ¡Es enorme!", le repliqué, cada vez más enojada.
"¡Pues la mía también es enorme! Y es mía, ¡mía!" Sofía cruzó los brazos y me sacó la lengua.
¡Eso fue la gota que derramó el vaso! Normalmente, me reiría de su lengua traviesa, pero hoy estaba demasiado enfadada. "¡Eres una mentirosa! ¡Devuélveme mi gomita!", grité.
Sofía se echó a llorar. "¡No es tu gomita! ¡Déjame en paz!" Salió corriendo hacia el arenero, y yo me quedé parada allí, temblando de rabia.
Después del recreo, en clase de matemáticas, no pude concentrarme en los problemas. Todo lo que podía ver era a Sofía con la gomita. La maestra nos regañó a las dos por estar distraídas.
Cuando llegué a casa, le conté todo a mi mamá. Le expliqué lo de la gomita, la discusión y las lágrimas. Mi mamá me escuchó con paciencia y luego me dijo: "Cariño, a veces las cosas no son lo que parecen. Tal vez Sofía realmente tiene una gomita parecida a la tuya. O tal vez se confundió. ¿Por qué no hablas con ella mañana?"
Pero yo estaba demasiado enfadada para hablar con Sofía. Me fui a mi habitación y me puse a dibujar. Dibujé a una niña con una gomita gigante y a otra niña que intentaba arrebatársela. Me sentí un poco mejor después de dibujar, pero todavía me sentía triste.
Al día siguiente, en la escuela, evité a Sofía. No quería hablar con ella. No quería verla. Pero en el recreo, me senté sola en un banco y me sentí muy, muy sola.
De repente, alguien se sentó a mi lado. Era Ana, otra compañera de clase. "¿Estás bien?", me preguntó.
Negué con la cabeza. "Me peleé con Sofía."
Ana asintió. "Lo sé. La vi llorando ayer."
Le conté a Ana toda la historia de la gomita. Cuando terminé, Ana dijo: "Sabes, Sofía también tiene una abuela que le da gomitas. Tal vez las dos gomitas eran de fresa y gigantes."
Me quedé pensando en lo que dijo Ana. Tenía razón. Era posible que Sofía no me estuviera mintiendo. Era posible que las dos tuviéramos gomitas parecidas.
Decidí que tenía que hablar con Sofía. La busqué por todo el patio hasta que la encontré sentada sola cerca del árbol. Me acerqué a ella y le dije: "Sofía, ¿podemos hablar?"
Sofía me miró con cautela. Asintió con la cabeza.
"Lo siento por gritarte ayer", le dije. "Tal vez las dos teníamos gomitas de fresa gigantes."
Sofía se sonrojó. "Yo también lo siento. Estaba muy orgullosa de mi gomita y no quería que pensaras que te la estaba robando."
Entonces, a Sofía se le ocurrió una idea. "¡Ya sé! Podemos preguntar a nuestras abuelas. Ellas sabrán la verdad."
Esa tarde, después de la escuela, fuimos juntas a casa de Sofía. Su abuela estaba sentada en el jardín, tejiendo una bufanda. Le preguntamos sobre la gomita.
La abuela de Sofía sonrió. "Ah, sí, la gomita. Se la compré a Sofía en la tienda de caramelos. Era la última de fresa gigante que quedaba."
Luego fuimos a mi casa y le preguntamos a mi abuela. Ella también sonrió. "¡Oh, esa gomita! La compré en el mercado. Era la única de fresa gigante que tenían."
¡Las dos abuelas habían comprado una gomita de fresa gigante! ¡Era increíble! Sofía y yo nos miramos y empezamos a reír. Nos habíamos peleado por nada.
"¿Qué tal si compartimos las gomitas mañana en el recreo?", propuso Sofía.
"¡Sí!", exclamé. "Y podemos turnarnos para ser la heroína en nuestros juegos de superhéroes."
Al día siguiente, llevamos las gomitas al colegio. Eran exactamente iguales. Las partimos en dos y compartimos ese trozo de felicidad. Aprendimos que es mejor hablar y escuchar antes de pelear, y que a veces, las cosas más grandes, como una amistad, valen más que cualquier gomita gigante del mundo. Y también aprendimos que las abuelas siempre tienen los mejores caramelos. Y que las gomitas de fresa gigantes, aunque causen peleas, son deliciosas cuando se comparten con una amiga.
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