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Había una vez, en un valle donde las montañas parecían tocar el cielo con sus dedos de piedra, un niño llamado Ernesto. A sus trece años, Ernesto poseía una sonrisa que podía iluminar el rincón más oscuro de una cueva y un corazón tan grande que apenas le cabía en su delgado pecho. Sin embargo, la vida de Ernesto no era fácil. Vivía en una pequeña choza de madera en la ladera del monte, donde el viento soplaba con fuerza y el pan a veces escaseaba. Para ayudar a su familia, Ernesto trabajaba como jardinero y mandadero en la inmensa propiedad de Don Aurelio, el hombre más rico de la región.
Don Aurelio era un señor de ceño fruncido y voz de trueno. Tenía la extraña idea de que el valor de una persona se medía por las monedas de oro que guardaba en su caja fuerte. Por eso, miraba a Ernesto con desprecio, viéndolo solo como un par de manos para arrancar las malas hierbas de su perfecto jardín. Pero lo que Don Aurelio no sabía era que Ernesto tenía un secreto. Detrás de los densos bosques de la propiedad, donde el terreno se volvía escarpado, corría una pequeña quebrada. Ernesto la llamaba 'La Quebrada de Neón'. No era un río común; en sus aguas cristalinas vivían unos pequeños insectos y algas que, al caer la tarde, emitían un brillo vibrante y colorido, como si las estrellas hubieran bajado a bañarse en la corriente.
Un día, mientras Ernesto recolectaba piedras de colores cerca de la quebrada, escuchó un sollozo. Escondida tras un sauce llorón estaba Lucía, la hija de Don Aurelio. Lucía tenía la misma edad que Ernesto, pero vivía en una jaula de oro. Siempre vestida con sedas finas, nunca se le permitía jugar en la tierra ni explorar el bosque. Aquel día, se había escapado de su institutriz, abrumada por la soledad de la gran mansión.
—¿Por qué lloras? —preguntó Ernesto con suavidad, acercándose con cuidado.
Lucía se sobresaltó, pero al ver la mirada amable del niño, se secó las lágrimas. —Mi padre dice que no debo estar aquí. Dice que el mundo es sucio y peligroso, y que solo debo preocuparme por aprender a ser una gran dama. Pero me siento tan sola...
Ernesto le sonrió y le extendió la mano. —El mundo no es sucio si sabes dónde mirar. Ven, te mostraré algo que ni todo el oro de tu padre puede comprar.
Con dudas, Lucía tomó su mano. Ernesto la guio por un sendero oculto hasta el borde de la quebrada. El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de violeta y naranja. De repente, la quebrada cobró vida. El agua empezó a brillar con destellos azul eléctrico, verde esmeralda y rosa intenso. Las luciérnagas se unieron al espectáculo, creando un baile de luces que parecía magia pura. Lucía se quedó sin aliento. Sus ojos, antes tristes, ahora reflejaban el resplandor de aquel neón natural.

—Es hermoso —susurró ella—. Nunca he visto nada igual.
—Esto es lo que yo llamo el amor de la tierra —dijo Ernesto—. No importa si eres rico o pobre, la quebrada brilla para todos por igual.
A partir de ese día, nació una amistad secreta. Cada tarde, después de que Ernesto terminaba sus labores y Lucía lograba escabullirse, se encontraban en la quebrada. Ernesto le enseñaba los nombres de los pájaros y cómo distinguir las plantas medicinales. Lucía, a cambio, le contaba historias de los libros que leía en la biblioteca de su padre, mundos fantásticos de caballeros y dragones. Entre risas y descubrimientos, un sentimiento puro y sincero comenzó a florecer entre ellos, un amor de neón que iluminaba sus vidas.
Sin embargo, la sombra de Don Aurelio siempre acechaba. Una tarde, el hombre, sospechando de las constantes ausencias de su hija, decidió seguirla. Los encontró sentados sobre una roca, compartiendo una manzana y riendo mientras observaban el agua brillar. La cara de Don Aurelio se puso roja de ira. Saltó de entre los arbustos, asustando a los jóvenes.
—¡¿Qué significa esto?! —rugió—. ¡Tú, mocoso insolente, aléjate de mi hija! ¡Y tú, Lucía, a la casa ahora mismo!
Don Aurelio intentó agarrar a Lucía, pero en su arrebato, no se fijó donde pisaba. El borde de la quebrada estaba húmedo y resbaladizo por el musgo. El hombre perdió el equilibrio y cayó con un grito hacia el barranco que flanqueaba el agua. Se quedó atrapado en una raíz que sobresalía, colgando peligrosamente sobre las rocas afiladas del fondo.
—¡Papá! —gritó Lucía, aterrorizada.

Don Aurelio estaba paralizado por el miedo. Ernesto, sin dudarlo un segundo, recordó las cuerdas de cáñamo que siempre llevaba en su morral para el trabajo del jardín. Con una agilidad asombrosa, trepó a un árbol robusto, aseguró la cuerda y bajó hasta donde estaba su patrón. A pesar de ser más pequeño, la fuerza de Ernesto, forjada por años de trabajo honesto, fue suficiente para sostener a Don Aurelio mientras Lucía ayudaba a tirar desde arriba.
Cuando finalmente estuvieron a salvo en tierra firme, el silencio reinó en el bosque. Don Aurelio estaba empapado, cubierto de lodo y temblando, pero estaba vivo. Miró a Ernesto, el niño que tanto había despreciado, y vio en sus ojos una valentía y una nobleza que él no había encontrado en ninguno de sus socios comerciales.
—Me has salvado —dijo Don Aurelio con voz temblorosa—. A pesar de cómo te traté...
—En mi familia me enseñaron que todos somos iguales bajo el sol y la luna —respondió Ernesto con humildad—. No podía dejarlo caer.
Don Aurelio miró entonces la quebrada, que en ese momento brillaba con una intensidad sobrenatural, como si celebrara el rescate. Por primera vez en muchos años, el hombre rico sintió una calidez en su pecho que no tenía nada que ver con el dinero. Comprendió que la verdadera riqueza de Ernesto no estaba en sus bolsillos, sino en su espíritu y en su conexión con el mundo que lo rodeaba.
Desde aquel día, las cosas cambiaron en la mansión. Don Aurelio no solo permitió que Lucía y Ernesto siguieran siendo amigos, sino que financió un proyecto para proteger la quebrada y convertirla en una reserva natural donde todos los niños del pueblo pudieran jugar y aprender. Ernesto ya no trabajaba como un simple mandadero; se convirtió en el guardián oficial del valle, guiando a los visitantes y compartiendo el secreto de las luces de neón.
Lucía y Ernesto crecieron juntos, y aunque el tiempo pasó, nunca olvidaron las tardes junto al agua brillante. El amor que nació en la quebrada demostró que no hay barreras lo suficientemente altas para detener a dos corazones que deciden brillar con luz propia, una luz de neón que nunca se apaga.
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