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Gratis · elegí una vozLila era una niña pequeña, con coletas rubias y ojos brillantes como estrellas. Le encantaba jugar en el jardín de su abuela, un lugar lleno de flores de colores y mariposas danzantes. Pero a veces, Lila se sentía un poco… triste. No sabía por qué, pero algunas mañanas despertaba con un nudo en la barriga y ganas de esconderse debajo de la cama.
Un día, mientras jugaba entre las rosas, su abuela, una señora con una sonrisa cálida y arrugas que contaban historias, se acercó. “¿Qué te pasa, mi pequeña flor?” preguntó la abuela, sentándose junto a Lila en un banco de madera.
Lila suspiró. “No sé, Abuela. A veces me siento triste, sin razón.”
La abuela sonrió y le guiñó un ojo. “¡Tonterías, Lila! ¡Todo tiene una razón! A veces, solo necesitamos la magia correcta para encontrarla.”
Lila frunció el ceño. “¿Magia? ¿De verdad?”
La abuela asintió. “Claro que sí. Pero no la magia de los magos con varitas. La magia de las palabras. Las palabras son muy poderosas, Lila. Pueden hacerte reír, llorar, y hasta… ¡sentirte mucho mejor!”
La abuela sacó de su bolsillo una pequeña cajita de madera tallada. La abrió y le mostró a Lila unos papelitos doblados. “Aquí tengo palabras mágicas,” dijo la abuela. “Cada una tiene un poder especial. ¿Quieres probar?”
Lila asintió, con los ojos llenos de curiosidad. Tomó un papelito y lo desplegó con cuidado. En él estaba escrito: “GRACIAS”.
“¿Gracias?” preguntó Lila, confundida.
“Sí,” dijo la abuela. “Piensa en algo por lo que estás agradecida. Algo que te haga sentir feliz.”
Lila pensó un momento. Pensó en el sol que calentaba su cara, en el canto de los pájaros, en el abrazo de su abuela. Entonces, sonrió. “Gracias por el sol, gracias por los pájaros, gracias por ti, Abuela!”
A medida que decía las palabras, Lila sintió que el nudo en su barriga se aflojaba un poco. Tomó otro papelito. Esta vez, decía: “POR FAVOR”.
“Por favor?” repitió Lila.
“Sí,” dijo la abuela. “Pide algo que necesites, algo que te haga sentir mejor.”
Lila pensó un poco más. “Por favor, que el día sea divertido. Por favor, que pueda jugar con mis amigos. Por favor, que la tristeza se vaya.”
Sintió que su corazón se hacía un poco más ligero. Tomó un tercer papelito. Este decía: “TE QUIERO”.
“Te quiero?” dijo Lila, mirando a su abuela.
“Sí,” dijo la abuela, tomándola de la mano. “Dile a alguien que lo quieres. O dítelo a ti misma.”
Lila abrazó a su abuela con fuerza. “Te quiero, Abuela. Te quiero mucho.” Y luego, se dijo a sí misma: “Me quiero a mí misma.”
Esta vez, el nudo en su barriga desapareció por completo. Lila se sintió llena de alegría y energía. Empezó a correr por el jardín, riendo y jugando entre las flores.
Desde ese día, Lila nunca olvidó el secreto de las palabras mágicas. Cada vez que se sentía triste o preocupada, recordaba los papelitos de su abuela y las palabras que contenían. Decía “Gracias” por las cosas buenas de su vida, pedía “Por favor” lo que necesitaba y se decía a sí misma “Te quiero” para recordarse lo especial que era.
Y así, Lila aprendió que la magia no está en las varitas ni en los conjuros complicados, sino en las palabras sencillas y poderosas que todos podemos usar para hacernos sentir mejor y hacer del mundo un lugar más feliz. Aprendió que la verdadera magia está dentro de ella, esperando ser descubierta y compartida. Y cada vez que veía a alguien triste, le contaba el secreto de las palabras mágicas, para que también pudieran encontrar la alegría en su interior. Lila entendió que las palabras mágicas no solo la ayudaban a ella, sino que también podían ayudar a los demás. Compartir la alegría era aún más mágico que encontrarla para sí misma.
Un día, Lila vio a su amigo Tomás sentado solo en el parque, con la cabeza gacha. Se acercó a él y le preguntó qué le pasaba. Tomás le contó que había perdido su juguete favorito, un pequeño camión rojo.
Lila recordó las palabras mágicas. Le dijo a Tomás: “Dile ‘Gracias’ al camión por todos los buenos momentos que pasaron juntos. Luego, pide ‘Por favor’ a la suerte que te ayude a encontrarlo o a que te llegue uno nuevo. Y finalmente, dile ‘Te quiero’ a ti mismo, porque eres un niño maravilloso, tengas o no tengas el camión.”
Tomás siguió el consejo de Lila. Cerró los ojos y dijo las palabras mágicas. Al poco tiempo, otro niño se acercó y le dijo que había encontrado un camión rojo cerca del tobogán. ¡Era el camión de Tomás! Los dos amigos jugaron juntos durante toda la tarde, llenos de alegría y gratitud.
Lila sonrió. Había descubierto que las palabras mágicas no solo funcionaban para ella, sino también para ayudar a los demás. Y esa era la magia más poderosa de todas.
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