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Gratis · elegí una vozTomás era un niño de siete años con ojos grandes y tristes. En la escuela, Tomás era conocido por una cosa, y no era algo bueno: hablaba malas palabras. No eran palabras que había aprendido en casa jugando, ni de sus amigos. Eran palabras gruesas, feas, que salían de su boca como si fueran espinas. La maestra, la Señorita Elena, estaba muy preocupada. No entendía por qué Tomás, un niño que parecía tan dulce, decía esas cosas.
Un día, después de que Tomás dijera una palabra particularmente fea en el patio de recreo, la Señorita Elena lo llamó a su escritorio. "Tomás," dijo ella suavemente, "¿por qué dices esas palabras? No creo que realmente quieras decirlas."
Tomás se encogió de hombros y miró al suelo. "No lo sé," murmuró. "Simplemente salen."
La Señorita Elena se inclinó más cerca. "¿Pasa algo, Tomás? ¿Algo te molesta?"
Tomás negó con la cabeza, pero la Señorita Elena vio una lágrima asomándose en la esquina de su ojo. Ella esperó pacientemente. Finalmente, Tomás susurró: "Mi papá grita mucho en casa. A veces... a veces le grita a mi mamá. Y a veces... la empuja."
El corazón de la Señorita Elena se apretó. Ahora entendía. Las malas palabras de Tomás no eran solo malas palabras; eran el reflejo del dolor y el miedo que vivía en casa. Eran un grito de ayuda, una forma de expresar la angustia que no sabía cómo nombrar.
"Tomás," dijo la Señorita Elena, tomándole la mano, "eso no está bien. No está bien que tu papá le grite a tu mamá, ni que la empuje. Eso no es amor."
Tomás la miró con sus grandes ojos llenos de lágrimas. "¿Entonces qué es?"
"Es... dolor," dijo la Señorita Elena. "Y el dolor a veces hace que la gente diga y haga cosas malas. Pero eso no significa que esté bien. Ni significa que tú tengas que sentirte así."
La Señorita Elena sabía que tenía que hacer algo. No podía simplemente ignorar lo que Tomás le había contado. Llamó a los padres de Tomás a una reunión. Solo vino el papá, con el rostro duro y los brazos cruzados. La Señorita Elena le explicó lo que Tomás le había dicho y la preocupación que sentía. El papá de Tomás, al principio, se mostró a la defensiva. Negó haberle gritado a su esposa, negó haberla empujado. Pero la Señorita Elena fue persistente. Habló con calma, pero con firmeza, sobre el daño que estaba causando a su hijo.
Finalmente, las defensas del papá de Tomás comenzaron a desmoronarse. Sus hombros se hundieron y su voz se quebró. Admitió que estaba estresado por el trabajo, que las cosas no iban bien en casa y que sí, a veces gritaba. No dijo nada sobre empujar, pero la Señorita Elena vio la verdad en sus ojos.
La Señorita Elena le sugirió al papá de Tomás que buscaran ayuda. Le habló de grupos de apoyo para padres, de terapia familiar. El papá de Tomás se mostró reacio al principio, pero la Señorita Elena insistió en que era por el bien de Tomás.
Mientras tanto, la Señorita Elena comenzó a trabajar con Tomás en la escuela. Le enseñó nuevas formas de expresar sus sentimientos, formas más amables y constructivas. Le enseñó a respirar hondo cuando se sentía enojado o asustado. Le enseñó a dibujar sus sentimientos en un cuaderno. Le leyó cuentos sobre niños que habían superado situaciones difíciles.
Poco a poco, las malas palabras de Tomás comenzaron a desaparecer. Las reemplazó con dibujos, con cuentos, con preguntas. Empezó a sonreír más a menudo, y sus ojos ya no parecían tan tristes.
Un día, Tomás se acercó a la Señorita Elena y le entregó un dibujo. Era un dibujo de su familia: él, su mamá y su papá, tomados de la mano y sonriendo. Había un sol brillante en el cielo y flores de colores en el suelo. "Gracias, Señorita Elena," dijo Tomás. "Mi papá está yendo a ver a alguien para que lo ayude. Y ya no grita tanto."
La Señorita Elena sonrió. Sabía que el camino sería largo y difícil, pero estaba orgullosa de Tomás y de su papá. Habían dado el primer paso hacia un futuro más feliz. Y Tomás, el niño de las palabras tristes, estaba aprendiendo a llenar su vida con palabras de alegría y amor. Aprendió que las palabras, como las semillas, podían plantar cosas buenas o malas, y que él tenía el poder de elegir qué plantar. Él eligió plantar flores en su corazón.
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