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Sofi tenía un secreto. Un secreto que guardaba en su boquita inquieta. Tenía mucha, muchísima hambre. ¡Su estómago rugía como un león hambriento! La comida del comedor escolar olía de maravilla ese día: arroz con pollo, su plato favorito. Pero Sofi comía muy, muy lento. No era porque no le gustara la comida, ¡al contrario! Le encantaba. El problema era que no podía masticar bien. Sus dientes aún estaban aprendiendo a ser fuertes, y cada bocado era una pequeña aventura llena de precaución.
Cada día, la señora del comedor, Doña Rufina, una señora con un delantal siempre manchado de salsa y una voz que resonaba por todo el salón, le decía: "¡Sofi, apúrate! Los demás niños ya terminaron y están esperando para salir a jugar. ¡No te quedes atrás!".
Sofi sentía un nudo en la garganta cada vez que escuchaba a Doña Rufina. Quería comer rápido, de verdad que lo intentaba. Tomaba bocados más grandes de lo que debía, pero entonces… ¡ay!… se ahogaba un poquito. Sentía unas ganas horribles de vomitar. Pero Sofi era valiente. Tragaba con todas sus fuerzas, aunque le doliera, porque tenía hambre y porque no quería perderse el juego en el patio.
El arroz con pollo estaba delicioso. El arroz, suave y amarillo, se deshacía en su boca. El pollo, jugoso y tierno, tenía un sabor a fiesta. Sofi cerraba los ojos por un instante para saborear cada bocado, pero enseguida los abría de golpe, recordando las palabras de Doña Rufina.
Un día, Sofi estaba especialmente hambrienta. Había tenido una mañana muy activa, corriendo y saltando en la clase de gimnasia. El arroz con pollo olía aún mejor de lo normal. Empezó a comer con entusiasmo, intentando masticar lo más rápido que podía sin atragantarse. Pero era difícil. Muy difícil.
Doña Rufina pasó por su mesa. "¡Sofi! ¡Pero qué lenta eres hoy! Ya todos salieron al patio. Mira, el sol está brillando y los columpios te están esperando. ¡Apúrate, por favor!".
Sofi sintió las mejillas rojas. Bajó la cabeza y siguió comiendo, cada vez más rápido. Un bocado, otro bocado, otro… ¡Casi se ahoga! Tuvo que toser disimuladamente para que Doña Rufina no se diera cuenta. Siguió comiendo, luchando contra las ganas de vomitar y contra el reloj.
Estaba a punto de terminar. Solo le quedaban unos pocos bocados. Sofi se sentía feliz. ¡Lo iba a lograr! Iba a terminar de comer a tiempo y podría jugar con sus amigos.
Pero entonces, Doña Rufina volvió a aparecer. Esta vez, su rostro parecía aún más serio. "Sofi, ya es suficiente. Se acabó el tiempo. Tengo que limpiar las mesas".
Antes de que Sofi pudiera decir una palabra, Doña Rufina le quitó el plato. A Sofi se le escapó un pequeño suspiro de tristeza. Miró el plato, ahora vacío en las manos de Doña Rufina, y sintió un nudo en el estómago, pero esta vez no era por la comida.
Se quedó sentada en la silla, sola en el comedor vacío. Las risas de los niños jugando en el patio llegaban hasta ella como un eco lejano. Tenía hambre. Mucha hambre. Y también se sentía muy triste.
De repente, sintió una mano en su hombro. Levantó la vista y vio a la maestra Ana, su maestra de segundo grado. La maestra Ana era una persona muy amable, siempre sonriente y con una paciencia infinita.
"¿Qué pasa, Sofi? ¿Por qué estás aquí solita?", preguntó la maestra Ana con voz suave.
Sofi, con los ojos llenos de lágrimas, le contó su secreto. Le contó que tenía mucha hambre, pero que comía lento porque no podía masticar bien. Le contó que Doña Rufina siempre le decía que se apurara y que hoy le había quitado el plato.
La maestra Ana escuchó con atención, sin interrumpir. Cuando Sofi terminó de hablar, la maestra Ana le sonrió con comprensión. "Entiendo, Sofi. No te preocupes. Tengo una idea".
La maestra Ana se acercó a Doña Rufina y hablaron en voz baja. Sofi no pudo escuchar lo que decían, pero vio que Doña Rufina asentía con la cabeza. Luego, la maestra Ana volvió con Sofi.
"Sofi", dijo la maestra Ana, "Doña Rufina te va a dar un poquito más de tiempo para comer. Pero necesito que prometas que no vas a comer tan rápido. Es importante que mastiques bien para que no te ahogues".
Sofi asintió con entusiasmo. "¡Lo prometo, maestra Ana!", dijo con una sonrisa.
Doña Rufina regresó con un pequeño plato de arroz con pollo. Sofi lo miró con alegría. Empezó a comer lentamente, masticando cada bocado con cuidado. Ya no sentía la presión de comer rápido. Saboreaba la comida y se sentía feliz.
Desde ese día, la maestra Ana habló con Doña Rufina para que le diera a Sofi un poquito más de tiempo para comer. Y Sofi aprendió a comer a su propio ritmo, sin prisas y sin ahogos. Descubrió que comer lento no era un problema, sino una oportunidad para disfrutar de la comida. Y aunque a veces todavía sentía un poco de tristeza cuando no podía jugar con sus amigos, sabía que lo más importante era cuidar de sí misma y comer con tranquilidad.
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