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Gratis · elegí una vozSoy Mateo, y vivo en lo alto de la sierra, donde las nubes parecen ovejas gigantes y el aire huele a pino y tierra mojada. Amo este lugar, cada piedra, cada riachuelo, pero a veces… a veces siento que mis padres no me entienden. Quieren que sea como ellos, que trabaje en el campo desde el amanecer hasta el anochecer, que me conforme con la vida sencilla que conocen. Pero yo sueño con dibujar las montañas, con escribir historias sobre el viento que susurra secretos en los árboles. Ellos solo ven trabajo duro y comida en la mesa.
Mi único confidente es Rufino, mi perro. Es un mestizo peludo, con ojos color miel y una cola que siempre está lista para menear. Rufino me escucha sin juzgar, sin interrumpir. Él entiende cuando estoy triste, cuando estoy feliz, cuando la frustración me aprieta el pecho como una piedra. Por eso, Rufino es mi mejor amigo, mi hermano del alma.
Hoy, la discusión con mis padres fue peor que de costumbre. Me dijeron que mis dibujos son una pérdida de tiempo, que debo concentrarme en aprender a sembrar y cosechar. Mis palabras, mis sueños, se perdieron en el eco de sus reproches. Sentí un nudo en la garganta y las lágrimas picándome los ojos. Corrí a mi rincón favorito, un claro en el bosque donde un viejo roble extiende sus ramas como brazos protectores.
Rufino me siguió, ladrando suavemente, como preguntando qué me pasaba. Me senté bajo el roble y lo abracé con fuerza. "Rufino," le dije, con la voz temblorosa, "no me entienden. No entienden lo que quiero hacer." Él lamió mi cara, como para consolarme. Fue en ese momento, mirando sus ojos leales, que tomé una decisión.
"Nos vamos, Rufino," le dije. "Nos vamos a donde alguien entienda mis sueños."
Empaqué lo indispensable: mi cuaderno de dibujo, mis lápices, un pedazo de pan duro, una manta vieja y mi flauta de madera. Rufino, siempre a mi lado, parecía entender la seriedad del momento. Con el sol comenzando a esconderse tras las montañas, emprendimos nuestro viaje.
Caminamos por senderos que conocíamos de memoria, cruzando riachuelos y saltando sobre rocas. El aire fresco de la noche nos llenaba los pulmones. El bosque, a pesar de la oscuridad, no me daba miedo. Rufino iba delante, guiándome con su instinto.
Llegamos a una cueva que conocía, un lugar secreto que usaba para esconderme cuando quería estar solo. Encendí una pequeña fogata y compartí mi pan con Rufino. El fuego crepitaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de la cueva. Me sentía un poco asustado, pero también emocionado. Estaba comenzando una aventura, una búsqueda de mi propio camino.
Al día siguiente, seguimos caminando. Nuestro objetivo era llegar al pueblo que se veía a lo lejos, en el valle. Había escuchado historias de un artista que vivía allí, un hombre que pintaba paisajes hermosos y vendía sus cuadros a los turistas. Tal vez él podría entenderme, tal vez él podría ayudarme.
El camino fue largo y difícil. Tuvimos que escalar montañas empinadas y cruzar ríos caudalosos. Pero Rufino nunca se quejó. Él siempre estuvo a mi lado, dándome ánimos con sus ladridos y su cola meneante.
Finalmente, llegamos al pueblo. Era un lugar pequeño y colorido, con casas de adobe y calles empedradas. Había gente vendiendo artesanías, niños jugando y música sonando en la plaza principal. Me sentí un poco abrumado, pero también lleno de esperanza.
Pregunté por el artista y me indicaron una casa con un jardín lleno de flores. Toqué la puerta con timidez y un hombre alto y delgado, con el pelo largo y canoso, me abrió.
"¿Puedo ayudarte, muchacho?" me preguntó con una sonrisa amable.
Le expliqué mi situación, le mostré mis dibujos y le conté mis sueños. Él escuchó atentamente, sin interrumpir. Cuando terminé, me miró con ojos comprensivos.
"Tienes talento, Mateo," me dijo. "Y tienes pasión. Eso es lo más importante."
Me invitó a pasar a su taller, un lugar lleno de pinturas, pinceles y lienzos. Me mostró sus cuadros, me explicó sus técnicas y me animó a seguir dibujando. Pasé horas en su taller, aprendiendo y creando. Me sentía como si finalmente hubiera encontrado mi lugar en el mundo.
Después de unos días, mis padres llegaron al pueblo, buscándome. Estaban preocupados y arrepentidos. Habían entendido que me habían estado negando mi propia identidad. Me prometieron que me apoyarían en mis sueños, que me dejarían dibujar y escribir.
Regresé a la sierra con mis padres, pero ya no era el mismo Mateo. Había aprendido que mis sueños eran válidos, que tenía derecho a perseguirlos. Y Rufino, mi fiel compañero, seguía a mi lado, recordándome siempre que nunca debo renunciar a lo que amo. Ahora mis padres entienden un poco más mi pasión, y eso, gracias a Rufino, es un gran paso.
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