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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas color esmeralda, una niña llamada Sofía. Sofía amaba los colores. Le encantaba el azul del río, el verde de los árboles y, sobre todo, el amarillo brillante del sol. Pero un día, llegó al pueblo un hombre llamado Don Silencio. Don Silencio no amaba los colores. De hecho, ¡no amaba ningún ruido ni expresión!
"¡El silencio es lo mejor!", decía Don Silencio, frunciendo el ceño. "Nada de risas, nada de canciones, nada de... ¡nada!"
Pronto, Don Silencio comenzó a prohibir cosas. Primero, prohibió cantar. Luego, prohibió usar ropa de colores brillantes. Después, ¡prohibió hablar fuerte! El pueblo se volvió triste y silencioso. Los niños dejaron de jugar, los pájaros dejaron de cantar y hasta el río parecía fluir más lento.
Un día, Sofía encontró en el ático de su abuela un cuadro muy extraño. Era un hombre de pie en un puente, con un cielo anaranjado y rojo detrás de él. El hombre tenía las manos en la cara y parecía estar...¡gritando! Sofía nunca había visto un cuadro así. Era diferente a los paisajes tranquilos y las flores bonitas que solía ver.
"Abuela, ¿qué es este cuadro?", preguntó Sofía.
La abuela sonrió. "Este cuadro se llama El Grito, y lo pintó un artista llamado Edvard Munch. Dicen que pintó lo que sentía por dentro. A veces, todos necesitamos gritar, aunque sea en silencio, para expresar lo que sentimos".
Sofía miró el cuadro con atención. Entendió. El hombre no gritaba porque estaba asustado, gritaba porque tenía algo importante que decir, algo que necesitaba sacar de su pecho. Y el cielo anaranjado, pensó Sofía, era como un grito de color.
Sofía tuvo una idea. Sabía que Don Silencio no permitía hablar fuerte ni cantar, pero no había dicho nada sobre pintar. Así que, Sofía tomó sus pinturas y un gran trozo de papel. Pintó un cielo anaranjado y rojo, como el del cuadro. Pintó a todos los niños del pueblo, cada uno expresando algo diferente: alegría, tristeza, enojo, sorpresa. Algunos reían, otros lloraban, otros simplemente observaban.
Cuando terminó, Sofía colgó su pintura en la plaza del pueblo, donde todos pudieran verla. Al principio, la gente tuvo miedo. Don Silencio se acercó, frunciendo el ceño aún más.
"¿Qué es esto?", gruñó Don Silencio.
Sofía se armó de valor. "Es mi grito, Don Silencio. Y es el grito de todos los niños del pueblo. Tenemos cosas que decir, cosas que sentir. Y aunque usted no quiera escucharlas, las vamos a expresar, ¡con colores!"
Don Silencio miró la pintura. Vio el cielo anaranjado, tan lleno de energía. Vio las caras de los niños, cada una con una emoción diferente. Por primera vez, Don Silencio sintió algo. Sintió... confusión. Y tal vez, un poco de curiosidad.
Otros niños se acercaron a la pintura de Sofía. Empezaron a pintar también. Algunos pintaron flores de colores brillantes, otros pintaron animales salvajes, otros pintaron simplemente líneas y formas que expresaban sus sentimientos. La plaza del pueblo se llenó de color y de gritos silenciosos.
Don Silencio observó en silencio. Poco a poco, su ceño fruncido se fue relajando. Empezó a notar la alegría en los ojos de los niños, la energía en sus movimientos. Se dio cuenta de que el silencio no era lo único importante. También era importante expresar lo que uno siente.
Finalmente, Don Silencio tomó un pincel. Eligió el color azul, el color del cielo tranquilo. Y pintó... una pequeña nube blanca, como un suspiro. No era un gran grito, pero era algo. Era su expresión.
Desde ese día, el pueblo nunca volvió a ser tan silencioso. Los niños volvieron a jugar, los pájaros volvieron a cantar y el río volvió a fluir con alegría. Don Silencio aprendió que el silencio y la expresión pueden coexistir. Y Sofía, la niña que amaba los colores, demostró que todos tienen derecho a expresar lo que sienten, ¡incluso a través de un gran grito anaranjado!
Y el cuadro de Edvard Munch, colgado ahora en la casa de Sofía, les recordaba a todos que a veces, el grito más fuerte es el que se expresa con el corazón.
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