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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo andino, rodeado de montañas majestuosas y campos de quinua dorada, vivía un niño llamado Illari. Illari era conocido por su corazón bondadoso y sus ojos brillantes, llenos de curiosidad por el mundo que lo rodeaba. Él amaba la naturaleza, los animales, y especialmente, las flores de cantuta que florecían en el jardín de Doña Carmen, la abuela del pueblo, una anciana sabia y querida por todos.
Illari solía visitar a Doña Carmen todos los días. Él la ayudaba a regar las plantas, a espantar a los pajaritos traviesos que picoteaban las semillas, y a escuchar sus historias sobre los antiguos incas y los espíritus de la montaña. Doña Carmen, con su voz suave y arrugada, siempre tenía un consejo sabio para Illari, y él la escuchaba con atención, absorbiendo cada palabra como si fuera un tesoro.
Un día, Illari notó que las flores de cantuta de Doña Carmen no estaban tan vibrantes como de costumbre. Sus pétalos parecían tristes y descoloridos. Preocupado, Illari le preguntó a Doña Carmen qué les pasaba. Ella suspiró y le respondió: "Las flores de cantuta han perdido su alegría, Illari. Han perdido el amor del colibrí que solía visitarlas todos los días."
Illari se sorprendió. Él nunca había visto un colibrí en el jardín de Doña Carmen. "¿Un colibrí? ¿Por qué ya no viene?", preguntó Illari con curiosidad.
Doña Carmen explicó que el colibrí, llamado Kusi, era el compañero de las flores de cantuta. Él se alimentaba de su néctar dulce y, a cambio, las polinizaba, asegurando que siguieran floreciendo. Pero, según la leyenda, Kusi se había enamorado de una flor de cantuta en particular, una flor de un rojo intenso y un aroma embriagador llamada Sumac. Sin embargo, Sumac era arrogante y vanidosa, y rechazó el amor de Kusi, hiriéndolo profundamente. Kusi, con el corazón roto, se había marchado, y las flores de cantuta, sintiendo la tristeza de Sumac y la ausencia de Kusi, habían perdido su vitalidad.
Illari, conmovido por la historia, decidió ayudar a las flores de cantuta. Él amaba a Doña Carmen y a su jardín, y no podía soportar verlos tristes. Pensó y pensó, hasta que tuvo una idea. Decidió buscar a Kusi y convencerlo de que regresara.
Al día siguiente, Illari se aventuró en las montañas, llevando consigo una pequeña flauta de caña que su padre le había regalado. Caminó durante horas, preguntando a los animales del bosque si habían visto a Kusi. El zorro le dijo que lo había visto volar hacia el valle de las lágrimas, un lugar sombrío y solitario. El cóndor le dijo que lo había escuchado cantar canciones tristes cerca del río de las estrellas.
Finalmente, Illari llegó al valle de las lágrimas. Allí, en medio de las rocas grises y las plantas marchitas, vio a Kusi. Estaba sentado en una rama seca, con la cabeza gacha y las plumas opacas. Illari se acercó a él con cuidado y comenzó a tocar su flauta. La melodía era dulce y melancólica, y resonó en el silencio del valle.
Kusi levantó la cabeza y miró a Illari con sorpresa. Nunca antes había escuchado una música tan hermosa. Illari le contó la historia de las flores de cantuta y le rogó que regresara. Le explicó que las flores lo necesitaban, que estaban tristes y descoloridas por su ausencia. Le dijo que Sumac se había arrepentido de su arrogancia y que ahora comprendía el valor del amor verdadero.
Kusi escuchó atentamente las palabras de Illari. Su corazón, aunque herido, aún sentía algo por las flores de cantuta. Finalmente, asintió con la cabeza. "Regresaré", dijo Kusi, "pero solo si Sumac me pide perdón de corazón".
Illari regresó al pueblo con Kusi. Sumac, al verlo, se sintió avergonzada y arrepentida. Se acercó a Kusi y le dijo: "Kusi, perdóname por mi vanidad y mi arrogancia. Ahora comprendo que tu amor es lo más valioso que puedo tener".
Kusi sonrió y se acercó a Sumac. Le dio un beso suave en el pétalo y luego voló hacia las otras flores de cantuta. Inmediatamente, las flores comenzaron a recuperar su color y su vitalidad. El jardín de Doña Carmen volvió a ser un lugar lleno de alegría y belleza.
Desde ese día, Kusi y Sumac vivieron felices juntos, y las flores de cantuta florecieron más hermosas que nunca. Illari, con su corazón bondadoso y su flauta mágica, había demostrado que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo, y que incluso la flor más arrogante puede aprender a amar.
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