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Gratis · elegí una vozAymara era una niña de ojos brillantes como el sol de la mañana y cabello negro como la noche andina. Vivía en un pequeño pueblo en las montañas, rodeada de colores vibrantes y el sonido constante del viento. Su mejor amiga, o al menos eso creía ella, era Luana. Luana tenía una sonrisa dulce y hablaba con palabras suaves como la lana de alpaca, pero en su corazón guardaba un secreto: una pizca de envidia hacia Aymara.
Aymara amaba los colibríes. Pasaba horas observándolos, maravillada por su vuelo rápido y sus colores iridiscentes. Un día, mientras exploraba un rincón escondido del bosque, Aymara encontró un nido de colibrí. Era diminuto, hecho de musgo suave y telarañas brillantes. Dentro, dos huevos pequeños y blancos esperaban eclosionar. Aymara se sintió responsable de protegerlos.
Corrió a contarle a Luana su descubrimiento. "¡Luana, Luana! ¡He encontrado un nido de colibrí! ¡Es precioso!" Luana fingió entusiasmo. "¡Qué maravilla, Aymara! Debemos mantenerlo en secreto, ¿verdad? Para que nadie los moleste." Aymara asintió, confiada. "Por supuesto, Luana. Es nuestro secreto."
Durante los días siguientes, Aymara visitaba el nido a menudo, asegurándose de que estuviera seguro y protegido. Llevaba pequeñas flores silvestres para decorar el lugar y cantaba canciones suaves para los futuros colibríes. Luana la acompañaba a veces, pero parecía más interesada en jugar a las escondidas o recoger bayas.
Un día, Aymara llegó al nido y sintió un escalofrío. El nido parecía desordenado. Las flores que había puesto estaban marchitas y tiradas en el suelo. Peor aún, ¡los huevos habían desaparecido! Aymara sintió que su corazón se rompía. Lágrimas gruesas corrían por sus mejillas.
"¡Luana!" gritó Aymara, corriendo a buscar a su amiga. La encontró jugando con otros niños cerca del río. "¡Luana, los huevos del colibrí han desaparecido! ¿Sabes algo?"
Luana evitó su mirada. "No, Aymara. No sé nada." Pero Aymara notó algo extraño. Luana tenía tierra en sus manos y una pluma de colibrí pegada a su ropa. La pluma era de un color verde esmeralda, exactamente igual al colibrí que había visto cerca del nido.
Aymara se sintió traicionada. "Luana, ¿fuiste tú? ¿Tú tomaste los huevos?" Luana negó con la cabeza, pero su rostro estaba rojo. Los otros niños dejaron de jugar y miraron a las dos amigas.
Un anciano del pueblo, Don Mateo, que escuchaba la conversación, se acercó. Don Mateo era conocido por su sabiduría y su conexión con la naturaleza. "¿Qué sucede, niñas?" preguntó con voz suave.
Aymara, con la voz temblorosa, le contó lo que había sucedido. Don Mateo miró a Luana con ojos serenos. Luana, sintiéndose acorralada, finalmente confesó.
"Sí, fui yo," dijo con la voz apenas audible. "Tenía celos de que Aymara siempre encontrara cosas bonitas y yo no. Quería tener algo especial para mí."
Don Mateo suspiró. "Luana, la belleza no se encuentra robando. Se encuentra cuidando y protegiendo. Los colibríes son criaturas sagradas. Robar sus huevos es traer mala suerte."
Le pidió a Luana que lo llevara al lugar donde había escondido los huevos. Luana, avergonzada, los llevó a una pequeña cueva cerca del río. Los huevos estaban intactos, pero fríos. Don Mateo los tomó con cuidado y le dijo a Aymara: "Llévalos de vuelta al nido, Aymara. Tal vez aún haya esperanza."
Aymara, con renovadas esperanzas, regresó al nido y colocó los huevos con sumo cuidado. Durante días, esperó pacientemente, visitando el nido cada hora. Luana, arrepentida, la acompañaba en silencio, ayudando a proteger el nido de los depredadores.
Finalmente, un día, Aymara escuchó un pequeño piar. ¡Los huevos estaban eclosionando! Dos pequeños colibríes, débiles y hambrientos, salieron de sus cascarones. Aymara y Luana los observaron con asombro.
Luana, llena de remordimiento, le dijo a Aymara: "Lo siento mucho, Aymara. Fui una mala amiga. Prometo que nunca más te haré daño."
Aymara la perdonó. Sabía que Luana había aprendido una valiosa lección. Juntas, cuidaron de los colibríes hasta que fueron lo suficientemente fuertes para volar. Cuando finalmente alzaron vuelo, Aymara y Luana sintieron una gran alegría. Habían aprendido que la verdadera amistad se basa en la confianza, el respeto y el amor por la naturaleza. Y que a veces, incluso de los peores errores, puede surgir algo hermoso.
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