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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la pequeña y colorida provincia de Cotopaxi, en Ecuador, un pueblo llamado Zumbahua. Zumbahua era famoso por sus tradiciones, especialmente la celebración del Día de los Difuntos. Cada año, las familias preparaban altares llenos de comida deliciosa para recibir a sus seres queridos que regresaban de visita.
En una casita de adobe con techo de paja, vivía una niña llamada Sumak. Sumak amaba el Día de los Difuntos. Le encantaba ayudar a su abuela, Mama Juana, a preparar la colada morada, una bebida espesa y dulce hecha con frutas andinas y especias. También disfrutaba horneando los huevos de pan, pequeños bollos dulces con forma de huevo, y ayudando a Mama Juana a cocinar el cuy con papas, un plato especial que se compartía con los difuntos.
Este año, Sumak estaba especialmente emocionada. Mama Juana le había confiado un gran secreto: ¡el cuy que iban a preparar era un cuy parlanchín! Se llamaba Rumi, que significa piedra en quechua, porque era tan silencioso como una piedra… hasta el Día de los Difuntos.
"Pero, Mama Juana, ¿cómo es posible que un cuy hable?" preguntó Sumak, con los ojos muy abiertos.
"Es un secreto de familia, Sumak," respondió Mama Juana, guiñándole un ojo. "Rumi solo habla con aquellos que tienen un corazón puro y están llenos de amor por sus ancestros."
Sumak pasó toda la semana cuidando de Rumi. Le daba las hojas de lechuga más frescas y le contaba historias de su bisabuelo, un famoso tejedor que había vivido en Zumbahua hace muchos años. Rumi, por su parte, la miraba con sus ojitos redondos, sin decir una palabra.
Finalmente, llegó el Día de los Difuntos. La familia de Sumak, junto con los vecinos, se dirigieron al cementerio de Zumbahua. El cementerio estaba lleno de color y vida. Las tumbas estaban adornadas con flores de todos los colores, velas encendidas y, por supuesto, altares repletos de comida.
Sumak, con Rumi en sus brazos, ayudó a Mama Juana a colocar el altar familiar. Colocaron la colada morada en vasos de barro, los huevos de pan en canastas tejidas y el cuy con papas en un plato grande. El aroma de la comida llenaba el aire, invitando a los espíritus a disfrutar del banquete.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Mama Juana le dijo a Sumak: "Es hora, Sumak. Habla con Rumi. Dile a nuestros ancestros cuánto los amamos y cuánto los extrañamos."
Sumak tomó a Rumi en sus manos y se acercó a la tumba de su bisabuelo. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego, con voz temblorosa, dijo: "Bisabuelo, te amamos mucho. Extrañamos tus historias y tus hermosos tejidos. Queremos que sepas que tu memoria vive en nuestros corazones."
De repente, Sumak sintió un pequeño tirón en su mano. Abrió los ojos y… ¡Rumi estaba hablando!
"¡Él te escucha, Sumak!" dijo Rumi con una vocecita aguda. "Él está feliz de saber que lo recuerdas."
Sumak no podía creer lo que oía. Rumi realmente estaba hablando. Miró a su alrededor, pero nadie parecía darse cuenta. Era como si solo ella pudiera oírlo.
"Bisabuelo," continuó Sumak, con Rumi como su traductor, "queremos que sepas que seguimos tus tradiciones. Seguimos tejiendo, seguimos cocinando y seguimos amando a nuestra familia."
Rumi asintió con la cabeza. "Él dice que está orgulloso de ti, Sumak. Dice que sigas siendo fuerte y que nunca olvides tus raíces."
Sumak sonrió. Se sentía feliz y conectada con su bisabuelo de una manera que nunca antes había sentido. Pasó el resto de la noche hablando con Rumi, transmitiendo mensajes a sus ancestros y escuchando sus respuestas a través del pequeño cuy parlanchín.
Cuando llegó la hora de irse, Sumak abrazó a Rumi con fuerza. "Gracias, Rumi," le susurró. "Me has ayudado a entender el verdadero significado del Día de los Difuntos."
Rumi le devolvió el abrazo con su pequeña patita. "De nada, Sumak," dijo. "Siempre estaré aquí para ayudarte a conectar con tus ancestros."
Al día siguiente, Rumi volvió a ser un cuy silencioso como una piedra. Pero Sumak sabía que, en el fondo, seguía siendo el cuy parlanchín que le había revelado el secreto del Día de los Difuntos: el amor y la memoria nunca mueren, y siempre podemos conectarnos con nuestros seres queridos que ya no están con nosotros. Y cada año, en el Día de los Difuntos, Sumak esperaba con ansias el momento de volver a escuchar la vocecita aguda de Rumi, el cuy parlanchín de Zumbahua. Aprendió que la tradición no solo es preparar comida, sino mantener vivo el recuerdo de los que amamos. Y, sobre todo, aprendió que el amor puede romper las barreras del tiempo y del espacio, uniendo a los vivos con los muertos en una celebración llena de color, sabor y recuerdos. Desde ese día, Sumak siempre recordaría el secreto del cuy parlanchín, transmitiéndolo a las futuras generaciones de Zumbahua, asegurando que la tradición del Día de los Difuntos siguiera viva en sus corazones.
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