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Gratis · elegí una vozLas sombras de la noche me abrazaban. Era como un abrazo frío y misterioso, uno que te envuelve y te hace sentir a la vez solo y acompañado. Caminé por senderos que ya no recordaba haber visto antes. El pasto era alto y húmedo, y la luna, una rebanada delgada en el cielo, apenas alcanzaba a iluminar mi camino. Me sentía extraño, como si me llamara desde lejos una voz. Una voz suave, insistente, que resonaba en mi pecho.
Seguí caminando, tropezando con raíces y piedras, hasta que llegué a un claro. Allí, un silbido suave como una flauta rompió el silencio grave. Era una melodía triste y hermosa, que parecía venir del mismo corazón de la tierra. La vi.
Estaba de pie junto a un lago oscuro y silencioso. Su piel era pálida como la luna, y sus ojos brillaban con una luz extraña. Llevaba un vestido largo y blanco, que se confundía con la niebla que flotaba sobre el agua.
-Te estuve esperando – habló con voz que resonó en mi mente, no con palabras, sino con sensaciones. Era como si mi propio pensamiento se convirtiera en sonido.
-¿Tú eres...? – pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
-Ella. La que duerme bajo el lago sin nombre – respondió, con una sonrisa triste en los labios.
Me acerqué a ella, sintiendo una fuerza extraña que me atraía hacia el lago. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo, reflejando el cielo oscuro y las estrellas lejanas.
-¿Qué soy sin sueños? – pregunté, sintiendo una angustia profunda en mi corazón. Era como si hubiera perdido algo valioso, algo que me definía.
Ella no respondió con palabras. En cambio, extendió su mano hacia mí, ofreciéndome un ramo de flores marchitas. Sentí un ramo marchito en mis manos, me atrapaba como si los pétalos pesaran todos los años allí. Eran rosas, pero sus pétalos estaban secos y quebradizos, y sus espinas afiladas como agujas. Las tomé con cuidado, sintiendo el peso de la tristeza que emanaba de ellas. Leí entre susurros: "No puedes quedarte. Aún no."
-¿Debo irme? – pregunté, sintiendo un nudo en la garganta. No quería irme, pero sabía que no pertenecía a ese lugar.
-Las sombras de tus facciones las necesito – respondió ella, mirándome fijamente a los ojos. Su mirada era profunda y penetrante, como si pudiera ver mi alma.
No entendía lo que quería decir. ¿Qué significaban las sombras de mis facciones? ¿Y por qué las necesitaba? Antes de que pudiera preguntar, ella se desvaneció en la niebla, dejando tras de sí solo el silbido suave y el lago oscuro.
Al día siguiente, por fin desperté. Estaba en mi cama, en mi habitación, como si nunca hubiera salido del pueblo. El sol brillaba a través de la ventana, y los pájaros cantaban alegremente en los árboles. No había rastro de ella ni del lago. Solo el ramo marchito sobre mi almohada.
Las rosas seguían secas y quebradizas, pero ahora emanaban un aroma dulce y melancólico. Las tomé en mis manos y las observé con atención. ¿Había sido todo un sueño? ¿O era algo más?
Decidí salir a explorar el pueblo. Quería ver si encontraba alguna señal del lago, alguna prueba de que no había sido solo mi imaginación. Corrí con mi propia sombra que se alargaba en direcciones contrarias. El pueblo era pequeño y tranquilo, con casas de colores y calles empedradas. Todos los vecinos se conocían y se saludaban con una sonrisa.
Cuando llegué al mesón, el dueño seguía ahí en la misma posición. Estaba sentado en una silla frente a la puerta, leyendo el periódico. Me miró con sorpresa.
-¡Buenos días, muchacho! ¿Salió a dar un paseo? – preguntó, con una sonrisa amable.
-Sí, y traje menos de lo que llevaba – respondí, mostrándole el ramo de rosas marchitas.
El mesonero frunció el ceño. – No reconozco esas flores. Nunca he visto algo así por estos lados.
Al día siguiente salí de ese pueblo. Sentía una necesidad imperiosa de alejarme de ese lugar, de olvidar lo que había pasado. No volví a recordar lo que pasó ese día. No quise ni pude. Pero el ramo de rosas marchitas me acompañó siempre, recordándome el secreto del lago sin nombre y la mujer que dormía bajo sus aguas.
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