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Gratis · elegí una vozUn susurro se convirtió en un murmullo, el murmullo en un apodo, y el apodo en el aire pesado que Matías respiraba en el pasillo. La mochila, antes un accesorio más, se volvió un escudo que cubría su espalda, pero no el dolor que se anidaba bajo su piel. Cada mañana, el nudo en su estómago no era hambre, sino el peso de lo que estaba por venir. No lloraba, porque el llanto era la prueba de que el veneno había llegado al corazón. En casa, sus respuestas eran cortas, sus ojos miraban al suelo. "Estoy bien", decía. Y se tragaba el veneno, convenciéndose de que, con el tiempo, se volvería inmune.
Pero Matías no era inmune. Era un niño de diez años con una imaginación desbordante, que amaba dibujar dragones con alas de arcoíris y soñaba con ser astronauta. El apodo, "Matías Manías", había empezado como una broma. Al principio, algunos compañeros se reían con él cuando tropezaba o dejaba caer su lápiz. Pero pronto, las risas se volvieron burlas, y las burlas, un constante recordatorio de que, a los ojos de algunos, era diferente.
Un día, mientras caminaba cabizbajo por el pasillo, tropezó y sus dibujos se esparcieron por el suelo. "¡Mira, Matías Manías creando un desastre!" gritó una voz. Matías sintió que el veneno subía por su garganta. Recogió sus dibujos lo más rápido que pudo, sin mirar a nadie a los ojos. Pero una mano se extendió para ayudarlo. Era Sofía, una niña de su clase con el pelo rojo y una sonrisa amable.
"Son preciosos", dijo Sofía, señalando un dragón con alas de arcoíris. "¿Lo dibujaste tú?"
Matías asintió, sorprendido. "Sí... me gusta dibujar."
"A mí también", dijo Sofía. "¿Quieres que dibujemos juntos en el recreo?"
Matías dudó. ¿Y si los demás se reían de él por estar con ella? Pero la sonrisa de Sofía era tan cálida y sincera que no pudo negarse.
En el recreo, Sofía y Matías se sentaron bajo un árbol y dibujaron. Sofía dibujó una princesa astronauta y Matías dibujó un dragón que protegía la Tierra. Se rieron, compartieron lápices de colores y olvidaron por un momento el peso del apodo.
Pero el veneno no desaparecía tan fácilmente. Al día siguiente, las burlas continuaron. Pero esta vez, Matías no estaba solo. Sofía se quedó a su lado, ignorando los comentarios y concentrándose en sus dibujos. Otros niños, al ver la amistad entre Matías y Sofía, empezaron a acercarse. Descubrieron que Matías era un gran contador de historias y que sus dragones eran realmente increíbles.
Poco a poco, el apodo "Matías Manías" empezó a perder su poder. Algunos incluso empezaron a llamarlo "Matías el Artista". El nudo en el estómago de Matías se hizo más pequeño, y el escudo de la mochila ya no era tan necesario. Empezó a levantar la cabeza, a sonreír y a participar en clase.
Un día, la maestra anunció un concurso de dibujo para decorar el pasillo de la escuela. Matías dudó en participar. ¿Y si no era lo suficientemente bueno? ¿Y si los demás se reían de su dibujo?
Sofía lo animó. "¡Claro que puedes! Tus dragones son increíbles. ¡Tienes que mostrarle a todos lo que sabes hacer!"
Matías respiró hondo y decidió intentarlo. Dibujó un dragón gigante con alas de arcoíris que volaba sobre la escuela, protegiendo a todos los niños. Utilizó todos los colores del arcoíris y puso todo su corazón en el dibujo.
El día de la votación, Matías estaba nervioso. Pero cuando vio su dibujo colgado en el pasillo, junto a los de los demás, sintió una oleada de orgullo. Y para su sorpresa, su dibujo ganó el primer premio.
La maestra le entregó un trofeo y todos lo aplaudieron. Incluso algunos de los que antes se burlaban de él le felicitaron. Matías sonrió, sintiendo que el veneno finalmente se disipaba. Había descubierto que su talento era más fuerte que cualquier apodo, y que la amistad podía curar las heridas más profundas.
Desde ese día, el pasillo ya no fue un lugar de miedo para Matías. Era un lugar donde podía mostrar su arte, compartir su amistad y ser él mismo. El susurro se había convertido en un aplauso, el murmullo en un elogio, y el apodo se había transformado en un recuerdo lejano. Matías ya no se tragaba el veneno, porque había descubierto el antídoto: la amistad, la creatividad y la confianza en sí mismo. Y supo que, aunque a veces la vida doliera, siempre habría un dragón con alas de arcoíris dispuesto a protegerlo.
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