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Gratis · elegí una vozMateo, un niño de cuarto grado con un remolino rebelde en el pelo y una sonrisa traviesa, detestaba leer. Cada vez que la Sra. Elena, su profesora, anunciaba la hora de lectura, a Mateo le entraba un cosquilleo incómodo en el estómago. Él prefería construir castillos de arena imaginarios en su mente, dibujar dragones feroces en su cuaderno o, incluso, mirar fijamente la mota de polvo que danzaba perezosamente en el rayo de sol que entraba por la ventana. Los libros, pensaba, eran aburridos, llenos de letras apretadas que no contaban nada interesante.
Un día, la Sra. Elena anunció un nuevo proyecto: cada alumno debía elegir un libro de la biblioteca, leerlo y luego presentarlo a la clase de una manera creativa. Mateo suspiró. Su peor pesadilla se había hecho realidad. Recorrió los pasillos de la biblioteca con desgana, arrastrando los pies. Los estantes repletos de libros lo intimidaban. Se sentía perdido en un mar de palabras.
Finalmente, casi por accidente, tropezó con un rincón oscuro al fondo de la biblioteca. Allí, escondido tras un estante desvencijado, encontró un pequeño libro con una cubierta de cuero desgastada. No tenía título, solo un dibujo grabado de un árbol antiguo con raíces gruesas que se adentraban en la tierra. La curiosidad de Mateo se despertó. Sin pensarlo dos veces, tomó el libro y se sentó en el rincón olvidado.
Al abrir el libro, se sorprendió al ver que no tenía palabras. Solo dibujos a lápiz: un pájaro volando hacia el sol, una niña riendo bajo la lluvia, un perro jugando con una pelota. Mateo frunció el ceño. ¿Qué clase de libro era ese? Entonces, oyó un susurro. Era una voz suave y melodiosa que parecía venir del libro mismo.
"Hola, Mateo," susurró la voz. Mateo se sobresaltó y miró a su alrededor. No había nadie. "No tengas miedo," continuó la voz. "Soy el libro escondido. No tengo palabras, pero tengo historias. Historias que solo tú puedes ver."
Mateo, aún asustado, volvió a mirar los dibujos. De repente, las imágenes cobraron vida. Vio al pájaro volar cada vez más alto, sintió la lluvia en su rostro mientras la niña reía y escuchó los ladridos alegres del perro. El libro le estaba mostrando historias, no con palabras, sino con sensaciones y emociones.
Durante los siguientes días, Mateo pasó todas sus horas libres con el libro escondido. Descubrió que cada dibujo le contaba una historia diferente. Él imaginaba las voces de los personajes, los olores de los lugares y los sabores de la comida. El libro lo transportaba a mundos lejanos y le presentaba personajes fascinantes.
Un día, el libro le mostró un dibujo de un niño triste sentado solo en un parque. Mateo sintió una punzada de tristeza en su corazón. Imaginó que el niño estaba solo porque nadie entendía sus sueños. Entonces, Mateo tuvo una idea. Decidió escribir una historia sobre el niño del parque.
Al principio, le costó mucho. Las palabras no fluían con facilidad. Pero recordó las sensaciones y emociones que había experimentado con el libro escondido y, poco a poco, las palabras comenzaron a tomar forma. Escribió sobre la soledad del niño, sus sueños y, finalmente, sobre cómo encontró un amigo que lo entendía.
Cuando llegó el día de la presentación, Mateo estaba nervioso. Había decidido leer su historia en lugar de simplemente hablar del libro. Subió al frente de la clase con el libro escondido en la mano. Miró a sus compañeros y a la Sra. Elena, respiró hondo y comenzó a leer.
Su voz temblaba al principio, pero a medida que avanzaba en la historia, se fue sintiendo más seguro. Sus compañeros lo escuchaban con atención, algunos con los ojos muy abiertos, otros con una sonrisa en los labios. Cuando terminó, hubo un silencio breve antes de que la clase estallara en aplausos. La Sra. Elena tenía lágrimas en los ojos.
"Mateo," dijo la Sra. Elena con voz suave, "esa fue una historia maravillosa. Me has demostrado que todos tenemos una historia que contar, solo necesitamos encontrar la manera de contarla." Mateo sonrió. Había descubierto que leer no era tan aburrido después de todo. Y que, a veces, los libros más especiales son aquellos que no tienen palabras.
Después de la presentación, Mateo volvió al rincón oscuro de la biblioteca para agradecer al libro escondido. Pero cuando llegó, el libro ya no estaba. En su lugar, había una nota escrita a mano: "Gracias, Mateo. Me has dado una voz." Mateo sonrió. Sabía que nunca olvidaría el secreto susurrado del libro escondido, el libro que le había enseñado a amar la lectura y a encontrar su propia voz.
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