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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un valle rodeado de montañas susurrantes, se alzaba la Escuela Sombría. No era sombría por su aspecto, sino por las historias que la envolvían. Cuentan que, hace muchos años, un niño llamado Samuel, un alma llena de alegría y travesuras, falleció jugando en el patio. Dicen que su espíritu aún vaga por los pasillos, buscando un amigo con quien compartir sus risas.
La señorita Elena, una maestra joven con ojos brillantes y un corazón aún más luminoso, acababa de llegar a la Escuela Sombría. Escuchó las historias, pero no les prestó mucha atención. Ella creía en la razón, en la lógica, y no en fantasmas y leyendas. Sin embargo, desde el primer día, sintió una presencia extraña. Libros que se caían de las estanterías sin explicación, susurros en el silencio de la noche, y una melodía infantil que parecía provenir de las paredes.
Una tarde, mientras corregía exámenes en su aula vacía, escuchó un sollozo. Era un llanto suave, casi inaudible, pero que le heló la sangre. Se levantó lentamente, con el corazón latiendo con fuerza, y siguió el sonido hasta el viejo salón de música, ahora en desuso. La puerta estaba entreabierta y, al asomarse, vio una figura transparente sentada al piano. Era un niño, vestido con ropas antiguas, que lloraba desconsoladamente.
La señorita Elena, en lugar de sentir miedo, sintió una profunda tristeza. Se acercó al niño con cautela y le preguntó: "¿Estás bien? ¿Por qué lloras?"
El niño levantó la vista, sorprendido. Sus ojos eran grandes y llenos de lágrimas. "Nadie me ve", dijo con voz temblorosa. "Estoy solo. Quiero jugar, quiero tener amigos".
La señorita Elena entendió al instante. Era Samuel, el fantasma de la leyenda. Sintió compasión por él y le ofreció su amistad. "Yo te veo, Samuel", le dijo con una sonrisa. "Y quiero ser tu amiga".
Samuel sonrió tímidamente. Era la primera vez en muchos años que alguien lo veía, que alguien le hablaba con amabilidad. La señorita Elena comenzó a visitarlo todas las tardes en el salón de música. Le contaba historias, le leía cuentos, y jugaban juntos. Aunque Samuel era un fantasma, podían reír y disfrutar de la compañía del otro.
Otros maestros, como el señor Roberto, el profesor de historia, eran escépticos. Pensaban que la señorita Elena estaba imaginando cosas, que estaba sufriendo de estrés. Pero la veían cada día más feliz, más radiante. Y, poco a poco, empezaron a notar cambios en la escuela. Las travesuras de Samuel se volvieron más amables, más juguetonas. En lugar de tirar libros, ahora los ordenaba. En lugar de susurrar, silbaba melodías alegres.
Un día, la señorita Elena tuvo una idea. Decidió contar la historia de Samuel a sus alumnos. Les habló de su tristeza, de su soledad, y de su deseo de tener amigos. Los niños, con sus corazones puros y llenos de imaginación, se emocionaron con la historia. Decidieron escribirle cartas a Samuel, dibujarle cuadros, y dejarle pequeños regalos en el salón de música.
Samuel estaba feliz. Nunca había recibido tanta atención, tanto cariño. Sentía que, por fin, pertenecía a algo, que era parte de la escuela. Su energía se hizo más fuerte, más palpable. Ya no era un fantasma triste y solitario, sino un espíritu alegre y juguetón.
Un día, mientras los niños le cantaban una canción en el salón de música, una luz brillante llenó la habitación. Samuel sonrió, miró a la señorita Elena con gratitud, y se desvaneció lentamente. Su alma, por fin, había encontrado la paz.
Desde ese día, la Escuela Sombría dejó de ser sombría. Se convirtió en un lugar lleno de alegría, de amistad, y de amor. Los niños recordaban la historia de Samuel y se esforzaban por ser amables y compasivos con todos. La señorita Elena, por su parte, nunca olvidó a su amigo fantasma. Sabía que, aunque ya no estuviera presente, su espíritu seguía vivo en el corazón de la escuela. Y, de vez en cuando, aún escuchaba su melodía infantil, un recordatorio de que el amor y la amistad pueden superar cualquier barrera, incluso la de la muerte. La Escuela Sombría ya no era un lugar de miedo, sino un lugar de esperanza, un lugar donde la amistad trascendía las barreras del tiempo y la vida.
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