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En el pequeño pueblo de Villa Esperanza, donde las casas parecían galletas de jengibre y el sol siempre brillaba, vivía una leyenda susurrada entre los niños: la historia de Sabrina. Sabrina, decían, era una niña que nunca llegaba tarde. Jamás. Pero un día, un terrible accidente la retuvo, y llegó… demasiado tarde. Tan tarde que la escuela ya no existía, ni sus compañeros, ni sus maestros. Solo un vacío frío y gris. Se decía que Sabrina, consumida por la soledad y la furia, se había convertido en un espectro, una sombra hambrienta que acechaba a los niños que osaban retrasarse.
Cada tic-tac del reloj era una amenaza. Cada paso lento, una invitación. Los padres, asustados, repetían: “¡No llegues tarde! ¡Sabrina te está esperando!”. Pero claro, siempre hay alguien que no escucha.
Este era el caso de Tomás. Tomás amaba jugar al fútbol, y cada mañana, juraba que llegaría a tiempo a la escuela. Pero el balón… ¡ah, el balón! Siempre lo llamaba, lo tentaba, lo obligaba a quedarse “solo un poquito más”. Un día, Tomás se retrasó tanto que el sol ya estaba alto cuando por fin llegó a la puerta de la escuela. Un escalofrío le recorrió la espalda. La puerta estaba extrañamente silenciosa. No se oían risas, ni gritos, ni el sonido de las campanas. Solo… silencio.
Con el corazón latiendo como un tambor, Tomás entró. El pasillo estaba oscuro, las ventanas cerradas. Un olor extraño, como a polvo y a… ¿manzanas podridas? flotaba en el aire. De pronto, una voz suave, casi un susurro, lo llamó: “Tomás…”. El niño se giró lentamente. En el extremo del pasillo, una figura borrosa se materializaba. Era una niña, con un vestido blanco manchado y el pelo negro cubriéndole el rostro. “¿Sabrina?”, preguntó Tomás, con un hilo de voz. La niña asintió lentamente.
“Llegas tarde, Tomás”, dijo Sabrina, su voz como el crujido de hojas secas. “Muy tarde”. Tomás intentó correr, pero sus piernas no respondían. Estaba paralizado por el miedo. Sabrina se acercó a él, flotando en el aire, con los ojos fijos en él. “Sabes, Tomás”, continuó Sabrina, “hay una regla. Una regla muy importante. Nunca, nunca, nunca debes llegar tarde”.
Entonces, Sabrina le contó el secreto, el terrible secreto que la había convertido en lo que era. “Si dices la palabra ‘matar’ tres veces”, susurró, “me das poder. Me permites entrar en tu mundo. Me dejas… consumirte”. Tomás sintió un sudor frío recorrerle la frente. ¿Matar? ¡No! ¡Él no quería matar a nadie! Pero el miedo era un río que lo arrastraba.
Sabrina extendió una mano pálida y fría hacia él. “Dilo, Tomás”, susurró, “Dilo…”. Tomás cerró los ojos con fuerza. No podía, no debía. Pero el miedo, el terror absoluto, lo estaba venciendo. Abrió la boca para gritar, para pedir ayuda, pero en su lugar, una palabra escapó de sus labios: “Ma…”. La interrumpió tosiendo y negando con la cabeza. No quería morir. Sabrina sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Casi, Tomás. Casi…”.
Tomás intentó huir, pero Sabrina era más rápida. Lo rodeó, lo envolvió en una niebla fría y oscura. “La segunda palabra, Tomás”, susurró, “Dila…”. Tomás sintió que su energía se agotaba, que su cuerpo se volvía pesado como una piedra. Luchó con todas sus fuerzas, pero era inútil. Otra palabra, casi sin querer, salió de sus labios: “Tar…”.
Solo quedaba una palabra. Una sola palabra para sellar su destino. Sabrina se acercó aún más, su aliento helado en la cara de Tomás. “La última palabra, Tomás”, susurró, “Dila, y serás mío para siempre”. Tomás sintió que su cuerpo se elevaba del suelo. Vio el techo de la escuela acercándose, luego el cielo, luego… nada.
En el pueblo, los niños aprendieron la lección. No solo debían llegar a tiempo a la escuela, sino que debían tener cuidado con las palabras que pronunciaban. Porque la maldición de Sabrina seguía viva, esperando, acechando en el silencio, lista para atrapar a aquellos que osaran mencionar la palabra prohibida tres veces. Se decía que si escuchabas un susurro en el viento que repetía matar, era mejor correr. Porque la maldición de Sabrina aún espera… y siempre estará esperando.
La leyenda de Tomás se convirtió en la peor pesadilla de los niños de Villa Esperanza. Aún hoy, cuando alguien llega tarde, se escucha un susurro: “Cuidado con Sabrina… y con las palabras que dices”.
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