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Gratis · elegí una vozEl sol se estiró, bostezando un bostezo gigante que iluminó todo el valle. Era un sol perezoso, al que le encantaba quedarse en la cama un ratito más. ¡Le costaba tanto trabajo levantarse cada mañana! "¡Ay, qué sueño!", murmuró el sol, escondiéndose detrás de una nube gordita como una almohada.
Abajo, en la granja, un burro llamado Bartolomé tiritaba de miedo. Bartolomé era un burro miedoso. Le asustaba su propia sombra, el ruido del viento, y sobre todo, ¡leones! Aunque nunca había visto uno, estaba seguro de que eran terriblemente feroces. "¡Un león! ¡Seguro que hay un león escondido detrás del granero!", balbuceó Bartolomé, temblando de la cabeza a la pezuña.
Mientras tanto, dentro de la casa, un gato siamés llamado Silvestre dormía plácidamente sobre la cama. Silvestre era un gato muy especial. Tenía un corazón de oro y le encantaba ayudar a los demás. Pero sobre todo, le encantaba dormir. Ronroneaba suavemente, soñando con ovillos de lana y ratones de juguete.
De repente, un rugido suave sacudió la granja. Bartolomé casi se desmaya del susto. "¡El león! ¡Es el león!", gritó, corriendo en círculos y tropezando con sus propias patas. Silvestre, sobresaltado por el ruido, saltó de la cama y corrió hacia la ventana. Miró hacia afuera con sus ojos azules y vio… ¡un león! Pero no era un león feroz. Era un león dormilón, tendido bajo un árbol, roncando a pierna suelta.
Silvestre, que no le tenía miedo a nada (excepto quizás a los pepinos), decidió investigar. Salió de la casa y se acercó al león con cautela. "¡Hola!", maulló Silvestre. El león no se movió. Silvestre le dio un empujoncito con su patita. El león abrió un ojo con pereza. "¿Qué quieres?", gruñó el león, con voz adormilada.
"Bartolomé está muy asustado porque cree que eres un león feroz", explicó Silvestre. "Pero tú solo estás durmiendo".
El león bostezó. "Soy León Dormilón", dijo. "No soy feroz, solo tengo mucho sueño. He viajado mucho y necesito descansar".
Silvestre sonrió. "Ya veo. Ven conmigo. Conozco un lugar perfecto para dormir".
Silvestre guió a León Dormilón hasta el granero, donde encontró a Bartolomé escondido detrás de un montón de heno. "¡Bartolomé!", maulló Silvestre. "No tengas miedo. Este es León Dormilón. Es un león muy amable, solo necesita un lugar para dormir".
Bartolomé asomó la cabeza con cautela. Vio al león bostezando y rascándose la melena. No parecía tan feroz como se lo había imaginado. "¿De verdad no me vas a comer?", preguntó Bartolomé, con la voz temblorosa.
León Dormilón soltó una risita suave. "Claro que no. No como burros dormilones. Prefiero una buena siesta".
Silvestre encontró un rincón acogedor en el granero y preparó una cama de heno para León Dormilón. El león se acurrucó y cerró los ojos al instante. Bartolomé, al verlo tan tranquilo, se relajó un poco. Incluso sintió un poco de curiosidad.
"¿Por qué tienes tanto sueño?", preguntó Bartolomé, acercándose un poco más.
"He viajado por muchos países buscando el lugar perfecto para dormir", respondió León Dormilón, con los ojos entrecerrados. "He dormido en la selva, en la sabana, en las montañas… pero ninguno era lo suficientemente cómodo".
Bartolomé se sintió importante. "Quizás nuestra granja sea el lugar perfecto", dijo con orgullo.
El sol, que había estado observando todo desde detrás de la nube, finalmente se decidió a salir. Iluminó el granero con su luz cálida y brillante. Vio a León Dormilón durmiendo plácidamente, a Silvestre ronroneando a su lado, y a Bartolomé observándolos con una sonrisa tímida.
El sol sonrió. "¡Qué lindo verlos a todos juntos!", pensó el sol. "Quizás no sea tan malo levantarse temprano después de todo". Y con un último bostezo, el sol se preparó para iluminar el resto del día, sabiendo que había ayudado a un burro miedoso, un león dormilón y un gato bondadoso a encontrar la amistad.
Al día siguiente, León Dormilón se despertó sintiéndose renovado. Agradeció a Silvestre y a Bartolomé por su hospitalidad y prometió volver a visitarlos pronto. Bartolomé, que ya no tenía miedo a los leones, le dio un abrazo de despedida. Y Silvestre, después de despedirse, volvió a la cama para seguir durmiendo. El sol brilló con más fuerza que nunca, celebrando la nueva amistad que había nacido en la granja.
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