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En un pueblito escondido entre las montañas de Colombia, vivía Samuelito. ¡Ay, Samuelito era un encanto! Su pelo negro brillante como el carbón, su piel blanca como la leche recién ordeñada, y esos ojos… ¡Verdes como esmeraldas relucientes! Era un niño hermoso, sí señor, pero lo que más lo hacía especial era su sueño: ¡darle la vuelta al mundo, todito, todito!
Desde chiquito, Samuelito pasaba horas mirando las postales que su abuelo guardaba de sus viajes. Veía la Torre Eiffel, las pirámides de Egipto, la Gran Muralla China… ¡Cada imagen lo hacía soñar más y más! “¡Mamacita!”, le decía a su mamá, Doña Rosa, mientras la ayudaba a desgranar el maíz para las arepas, “¡Cuando sea grande, voy a conocer todos estos lugares!”.
Doña Rosa, con su sonrisa dulce, le respondía: “¡Ay, mi Samuelito! Eso es un sueño hermoso, mijito. Primero tienes que estudiar mucho para que puedas lograrlo”.
Así que Samuelito, juicioso como él solo, se dedicó a estudiar. Le gustaban las matemáticas, la geografía, ¡y sobre todo la historia! Se imaginaba a sí mismo caminando por las ruinas de Machu Picchu, navegando por el Nilo, explorando la selva amazónica. ¡Era un verdadero Indiana Jones en potencia!
Pasaron los años, y Samuelito creció. Se convirtió en un joven inteligente y trabajador. Estudió administración de empresas en la universidad, porque sabía que para viajar por el mundo necesitaba tener buenos conocimientos. Pero su sueño seguía ahí, latente, como una llama que nunca se apagaba.
Un día, después de graduarse, Samuelito le dijo a su mamá: “Mamacita, ya es hora. Ya terminé de estudiar. ¡Voy a cumplir mi sueño! Voy a explorar el mundo!”.
Doña Rosa, aunque con un poquito de tristeza en el corazón porque su hijo se iba lejos, lo abrazó con fuerza y le dijo: “¡Mijito, ve con Dios! Que te cuide y te proteja en todos tus caminos. Y recuerda siempre llevar a Colombia en tu corazón”.
Samuelito, con una mochila llena de sueños y arepas de Doña Rosa, se despidió de su pueblo. Su primer destino: ¡las Siete Maravillas del Mundo Moderno!
Primero, voló hasta Roma, Italia, para conocer el Coliseo. ¡Quedó impresionado con su inmensidad y la historia que guardaban sus piedras! Se imaginó a los gladiadores luchando, al público gritando… ¡Fue como viajar en el tiempo!
Luego, viajó hasta Chichén Itzá, en México, para admirar la pirámide de Kukulcán. ¡Quedó maravillado con la precisión de los mayas y sus conocimientos de astronomía! Se sintió conectado con una civilización antigua y poderosa.
Después, se fue hasta Río de Janeiro, Brasil, para ver el Cristo Redentor. ¡La vista desde la cima del Corcovado era impresionante! Se sentía pequeño frente a la inmensidad del mundo y la grandeza de la fe.
Continuó su viaje hasta Machu Picchu, en Perú. ¡La ciudadela inca lo dejó sin aliento! Se imaginó cómo vivían los incas, cómo cultivaban la tierra, cómo construyeron esa maravilla en medio de las montañas. Se sintió parte de la historia.
Siguió su aventura hasta Petra, en Jordania. ¡La ciudad excavada en la roca era espectacular! Se imaginó a los nabateos, hábiles comerciantes, construyendo esa ciudad en medio del desierto. Se sintió como un explorador descubriendo un tesoro escondido.
Después, voló hasta Agra, India, para ver el Taj Mahal. ¡El mausoleo de mármol blanco era de una belleza indescriptible! Se sintió conmovido por la historia de amor que inspiró su construcción. Se sintió en un cuento de hadas.
Y finalmente, llegó a China para ver la Gran Muralla. ¡Caminó por sus kilómetros de muralla, sintiendo la fuerza y la determinación de los chinos! Se imaginó a los soldados defendiendo su país, a los campesinos construyendo la muralla con sus propias manos. Se sintió parte de la historia del mundo.
Samuelito recorrió las Siete Maravillas del Mundo con los ojos bien abiertos y el corazón lleno de alegría. Aprendió de otras culturas, conoció gente maravillosa, probó comidas exóticas… ¡Vivió aventuras inolvidables! Y aunque extrañaba a su mamá y a su pueblito, sabía que estaba cumpliendo su sueño.
Después de visitar las Siete Maravillas, Samuelito continuó su viaje por el mundo. Recorrió Europa, Asia, África, Oceanía… ¡Conoció lugares increíbles y vivió experiencias únicas! Siempre recordaba las palabras de su mamá: “Lleva a Colombia en tu corazón”. Y así lo hizo. Samuelito se convirtió en un embajador de su país, mostrando al mundo la belleza y la alegría de Colombia.
Y así, Samuelito, el niño de los ojos esmeralda, cumplió su sueño de darle la vuelta al mundo, llevando siempre consigo el amor por su tierra y la sonrisa de su corazón.
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