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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle abrazado por montañas altísimas, un joven llamado Mateo. Cada mañana, Mateo cruzaba el viejo puente de madera que crujía con cada paso. Iba a su campo de maíz, donde el sol besaba las hojas verdes y el futuro se prometía dorado como los granos que cosecharía. Trabajaba duro, desde el amanecer hasta que el sol comenzaba a esconderse tras las cumbres.
Un día, después de un almuerzo de mote con queso que su abuela le había preparado con cariño, Mateo sintió el cansancio apoderarse de él. Buscó la sombra fresca de un quinual centenario, un árbol sabio y robusto que ofrecía refugio a los viajeros. Se recostó bajo su copa, con su sombrero de paja cubriendo sus ojos.
Entre sueño y vigilia, Mateo vio su campo. Las plantas de maíz se mecían suavemente con la brisa, y detrás, más allá de su parcela, un campo resplandecía con flores de todos los colores. El sol brillaba intensamente, dibujando halos dorados alrededor de cada pétalo. Era un espectáculo hermoso, un jardín de ensueño que lo invitaba a explorar.
Decidió cerrar los ojos por un instante más, disfrutando del frescor del quinual y la visión de ese campo mágico. De pronto, una voz, fuerte y clara como el sonido de un río, interrumpió su descanso.
"¡Eh, tú! ¿Qué haces aquí, descansando a costa de mis tierras, de mis arbustos y de mis flores?"
Mateo se sobresaltó y se sentó de golpe, dejando caer su sombrero. Frente a él, de pie entre las raíces del quinual, estaba una mujer. No era una mujer común. Su cabello era como las ramas del quinual, adornado con flores silvestres. Sus ojos brillaban como el rocío de la mañana, y su vestido parecía tejido con hojas y pétalos.
"¿Quién... quién eres tú?" balbuceó Mateo, sintiéndose un poco asustado.
"Soy la guardiana de este lugar," respondió la mujer, con una mirada que mezclaba severidad y curiosidad. "Y tú, ¿qué haces durmiendo bajo mi quinual? Este no es lugar para holgazanes."
Mateo se levantó, sacudiendo el polvo de su ropa. "Yo solo... solo estaba descansando un poco. He estado trabajando todo el día en mi campo de maíz," explicó, señalando hacia su parcela que se veía a lo lejos. "El quinual me dio sombra y frescor."
La guardiana del quinual frunció el ceño. "¿Maíz, dices? ¿Y crees que el maíz crece solo? ¿Crees que la tierra te pertenece solo porque has plantado unas semillas? Este lugar es sagrado. Las flores, los árboles, los animales... todos formamos parte de un equilibrio. Debes respetar la tierra y agradecer por lo que te da."
Mateo bajó la mirada, sintiéndose avergonzado. Nunca había pensado en la tierra de esa manera. Siempre la había visto como algo que le pertenecía, algo que debía trabajar para obtener su sustento.
"Lo siento," dijo sinceramente. "Nunca quise faltarle el respeto a la tierra. Solo estaba cansado y buscando un poco de sombra."
La guardiana del quinual suavizó su expresión. "El cansancio es comprensible, joven. Pero el respeto es fundamental. Te mostraré algo."
La guardiana extendió su mano hacia el campo de flores que Mateo había visto en su sueño. De repente, el campo se hizo más real, más vibrante. Mateo pudo oler el dulce aroma de las flores y sentir la energía que emanaba de la tierra.
"Estas flores no crecen solas," explicó la guardiana. "Crecen gracias al sol, a la lluvia, a la tierra y a la ayuda de los insectos y las aves. Todo está conectado. Tu campo de maíz también depende de este equilibrio."
La guardiana le mostró cómo las raíces del quinual protegían el suelo de la erosión, cómo las flores atraían a los polinizadores que ayudaban a que su maíz creciera, y cómo los insectos mantenían a raya las plagas.
Mateo escuchó atentamente, aprendiendo una lección que nunca olvidaría. Comprendió que no era el dueño de la tierra, sino parte de ella, y que su deber era cuidarla y protegerla.
Cuando el sol comenzó a ponerse, la guardiana del quinual sonrió. "Ahora lo entiendes," dijo. "Puedes descansar bajo mi sombra, pero recuerda siempre respetar la tierra y agradecer por sus dones."
Mateo se despidió de la guardiana y regresó a su campo de maíz. Esa noche, soñó con flores, árboles y animales que trabajaban juntos en armonía. Al día siguiente, trabajó en su campo con un nuevo sentido de propósito y respeto. Ya no solo cultivaba maíz, sino que cultivaba una relación con la tierra.
Desde entonces, Mateo siempre cruzaba el puente con una sonrisa. Sabía que su campo de maíz no era solo suyo, sino parte de un ecosistema vibrante y conectado. Y cada vez que se sentaba bajo el quinual, recordaba la lección de la guardiana y agradecía por la sombra, el frescor y la sabiduría que le había regalado.
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