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Gratis · elegí una vozTito la tortuga tenía un sueño: volar. No como las aves, no con alas majestuosas, sino simplemente… elevarse un poquito del suelo. Cada mañana, Tito se despertaba con una renovada esperanza. Se estiraba, bostezaba, y luego… ¡a intentarlo!
Primero, probó agitando sus pequeñas patitas con todas sus fuerzas. Se movía tan rápido que levantaba polvo, pero sus pies siempre volvían a tocar el suelo. “¡Más rápido!”, se decía a sí mismo, y agitaba aún más rápido, hasta que se mareaba y tenía que detenerse para no caer de espaldas.
Después, Tito intentó saltar. Se concentraba, respiraba hondo, y ¡pum! Daba un pequeño salto que apenas lo separaba del suelo unos milímetros. “¡Casi!”, exclamaba con entusiasmo, aunque la verdad era que ni siquiera podía ver la diferencia entre estar saltando y no. Probó saltando desde rocas pequeñas, luego desde montones de hojas secas, incluso intentó saltar con una ranita llamada Rita encima de su caparazón (Rita no estaba muy contenta con la idea). Pero nada funcionaba.
Tito veía a los pájaros pasar, planeando con elegancia en el cielo azul. Les preguntaba: “¿Cómo lo hacen? ¿Cuál es el secreto?”. Los pájaros, amables pero un poco confundidos, le respondían cosas como: “Bueno, tenemos alas” o “Es instinto, Tito”. Esas respuestas no ayudaban mucho.
Un día, Tito decidió construir alas. Encontró hojas grandes y fuertes, ramas delgadas pero resistentes, y con la ayuda de un poco de savia pegajosa, construyó un par de alas que parecían bastante impresionantes. Se las ató a su caparazón y corrió hacia la colina más alta del bosque. “¡Hoy sí volaré!”, se dijo con determinación.
Al llegar a la cima, respiró hondo y se lanzó al vacío. Las alas se agitaron torpemente, y Tito… cayó al suelo con un golpe sordo. Las alas se rompieron en pedazos. Tito suspiró. Empezaba a sentirse desanimado.
Otro día, intentó inflarse como un globo. Comió muchas bayas que, según había escuchado, contenían gases. Se hinchó un poco, se sintió un poco incómodo, pero no se elevó ni un centímetro. Solo eructó ruidosamente, lo que hizo reír a un grupo de ardillas que lo observaban desde un árbol.
Pasaron semanas, meses incluso. Tito intentó todo lo imaginable: atarse a globos (que se desinflaron rápidamente), usar plumas de aves como propulsores (que solo le hicieron cosquillas), incluso trató de convencer a una familia de ardillas voladoras para que lo llevaran en brazos (no funcionó, obviamente).
Un día, sentado en una piedra, observando a un colibrí libar néctar de una flor, Tito sintió una punzada de tristeza. “Nunca lo lograré”, pensó. “Soy una tortuga. Las tortugas no vuelan”.
Rita la ranita, que siempre estaba cerca para animarlo, lo vio cabizbajo. “¿Qué pasa, Tito?”, le preguntó.
Tito le contó su frustración. “He intentado todo, Rita. Y nada funciona. Creo que debo rendirme”.
Rita lo miró con sus grandes ojos brillantes. “Pero, Tito, ¿por qué quieres volar?”.
Tito se encogió de hombros. “Siempre me ha parecido tan… libre. Ver el mundo desde arriba, sin estar pegado al suelo”.
Rita saltó a su caparazón. “Pero Tito, tú ves el mundo de una manera que nadie más puede. Ves las pequeñas flores que crecen entre las rocas, sientes la humedad de la tierra bajo tus pies, encuentras las bayas más deliciosas. Los pájaros ven todo desde muy alto, se pierden de muchos detalles”.
Tito pensó en lo que Rita decía. Era cierto. Él conocía cada rincón del bosque, cada piedra, cada hongo. Había visto cosas que los pájaros seguramente nunca notarían.
De repente, Tito sonrió. “Tienes razón, Rita. Quizás no necesito volar para ser feliz”.
Ese día, Tito no intentó volar. En cambio, se dedicó a explorar un nuevo sendero en el bosque. Encontró un arroyo cristalino donde bebió agua fresca y vio peces de colores nadando entre las rocas. Descubrió un claro lleno de flores silvestres que nunca antes había visto. Se dio cuenta de que había belleza y aventura justo donde estaba, sin necesidad de elevarse del suelo.
Aunque Tito nunca aprendió a volar, aprendió algo mucho más importante: a apreciar lo que tenía y a encontrar la felicidad en su propia realidad. Y, de vez en cuando, cuando veía a un pájaro volar, sonreía y pensaba: “Quizás ellos no saben dónde están las mejores bayas”.
Desde ese día, Tito siguió intentando cosas nuevas, pero ya no con la obsesión de volar. Probó a nadar, a escalar árboles (con la ayuda de Rita, claro), e incluso a pintar con barro y hojas. Descubrió que había muchas formas de explorar el mundo y que la verdadera aventura no está en volar, sino en vivir plenamente, dondequiera que estés.
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