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Mateo era un niño que soñaba con Marte. No soñaba con juguetes nuevos ni con helados gigantes, no, él soñaba con el planeta rojo. Tenía posters de Marte en su habitación, leía libros sobre Marte y, cuando miraba las estrellas por la noche, siempre buscaba la lucecita rojiza en el cielo.
Su abuelo, Don Alberto, era un inventor. No inventaba cosas comunes como tostadoras más rápidas o aspiradoras silenciosas. No, Don Alberto inventaba cosas como máquinas para hacer reír a las nubes y zapatos que te permitían caminar sobre el agua (aunque estos últimos aún estaban en fase de prototipo, ¡y Mateo había terminado empapado un par de veces!).
Un día, Mateo le contó a su abuelo su gran sueño: ir a Marte. Don Alberto, con sus ojos brillantes llenos de chispa, sonrió. "¿A Marte, dices? ¡Mmm, un desafío interesante!", exclamó, frotándose la barbilla.
Y así comenzó la aventura. Don Alberto transformó su taller, ya de por sí caótico, en una especie de centro de control espacial. Había cables por todas partes, herramientas raras colgadas del techo y planos enrollados que parecían mapas de tesoros intergalácticos. Mateo era su ayudante principal. Le alcanzaba las herramientas, le preguntaba sin parar sobre cada pieza y, lo más importante, le daba ideas. A veces, las ideas de Mateo eran descabelladas, como usar palomitas de maíz como combustible (una idea que Don Alberto descartó rápidamente, después de un pequeño pero explosivo experimento). Pero otras veces, las ideas de Mateo eran geniales, como usar paneles solares flexibles para captar la energía del sol en el espacio.
Construyeron la nave espacial en secreto, en el granero detrás de la casa. La llamaron "El Soñador Rojo". Era una nave peculiar, hecha con piezas recicladas y mucha imaginación. Tenía una carrocería brillante de color rojo (¡obviamente!), ventanas redondas hechas con burbujas gigantes de plástico y un propulsor que funcionaba con una mezcla secreta de jugo de zanahoria y bicarbonato de sodio (otra idea de Mateo, sorprendentemente efectiva).
Después de meses de trabajo duro, "El Soñador Rojo" estaba listo. Era una noche estrellada y la luna brillaba como un gran queso de luna. Mateo y Don Alberto se subieron a la nave. Mateo se puso un casco espacial hecho con un cubo de plástico y una pecera vieja, y Don Alberto revisó los controles.
"¿Listo, Mateo?", preguntó Don Alberto, con una sonrisa nerviosa.
"¡Listo!", respondió Mateo, con el corazón latiendo a mil por hora.
Don Alberto apretó un botón rojo gigante. La nave tembló, hizo un ruido extraño como un gato estornudando y, de repente, ¡despegó! Subieron, subieron y subieron, dejando atrás las luces de la ciudad y las nubes esponjosas. Mateo miraba por la ventana, maravillado. Vio la Tierra, una canica azul brillante en la oscuridad del espacio.
El viaje fue largo y lleno de aventuras. Se encontraron con una familia de ardillas espaciales que les ofrecieron nueces cósmicas, y tuvieron que esquivar una lluvia de meteoritos hechos de helado (¡afortunadamente, Don Alberto había inventado un paraguas anti-helado!).
Finalmente, después de muchos días (o quizás fueron semanas, el tiempo en el espacio es muy confuso), vieron Marte. Era rojo, polvoriento y hermoso.
"¡Hemos llegado!", gritó Mateo, emocionado.
Don Alberto aterrizó la nave suavemente en una llanura roja. Abrieron la escotilla y salieron. El aire era frío y seco, pero Mateo no le importó. Estaba en Marte.
Plantaron una bandera hecha con un calcetín rojo y un palo de escoba, recogieron algunas rocas rojas para llevar de recuerdo y jugaron a lanzar piedras en un cráter. Mateo incluso intentó hacer un muñeco de nieve marciano, pero la nieve de Marte era demasiado polvorienta.
Después de un tiempo, Don Alberto dijo que era hora de volver a casa. Mateo estaba un poco triste de irse, pero sabía que volvería algún día.
El viaje de regreso fue tan emocionante como el viaje de ida. Cuando finalmente aterrizaron "El Soñador Rojo" en el granero, el sol estaba saliendo. Mateo y Don Alberto estaban cansados pero felices. Habían cumplido un sueño.
Desde ese día, Mateo ya no miraba a Marte con los mismos ojos. Ya no era solo un planeta en un poster, era un lugar real, un lugar que había visitado con su abuelo inventor. Y sabía que, con la imaginación y la ayuda de Don Alberto, cualquier cosa era posible. Incluso viajar a Marte.
Pero lo más importante, Mateo aprendió que la mejor aventura no era llegar a Marte, sino compartir el viaje con su abuelo.
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