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Mateo era un niño con la cabeza llena de planetas y el corazón latiendo al ritmo de las estrellas. Su mayor sueño era viajar a Marte. No para plantar una bandera, ni para buscar marcianos verdes, sino para construir la casa más divertida de todo el sistema solar. Una casa con toboganes que terminaran en piscinas de zumo de naranja, habitaciones hechas de nubes de algodón de azúcar y un jardín lleno de flores que cantaban canciones.
Todas las noches, Mateo miraba al cielo nocturno, buscando a Marte con sus ojos brillantes. "¡Algún día, Marte, algún día!", susurraba al viento. Pero viajar a Marte no era fácil. No tenía una nave espacial, ni un traje espacial, ni siquiera un billete. Lo único que tenía era una imaginación desbordante y una caja de cartón gigante que su padre había traído de la tienda de electrodomésticos.
"¡Esta será mi nave!", exclamó Mateo con entusiasmo. Empezó a trabajar inmediatamente. Con rotuladores de todos los colores, dibujó ventanas redondas y brillantes. Pegó tapas de botellas para simular luces parpadeantes. Usó papel de aluminio arrugado para crear antenas que captaran las señales de radio intergalácticas (o eso esperaba él).
Su hermana Sofía, que era dos años mayor, lo observaba con una sonrisa divertida. "¿De verdad crees que vas a volar a Marte en esa cosa, Mateo?", preguntó con un tono burlón.
Mateo, sin inmutarse, respondió con seguridad: "¡Por supuesto que sí! Solo necesito un poco de combustible espacial".
El "combustible espacial" resultó ser una mezcla de puré de manzana, zumo de uva y un poco de la salsa secreta de la abuela para los espaguetis (solo un poquito, ¡no quería que la nave oliera a ajo espacial!). Lo vertió con cuidado en un recipiente de plástico que había encontrado en la cocina y lo colocó dentro de la nave.
"¡Listo para el despegue!", anunció Mateo, poniéndose un casco hecho con un colador y guantes de goma para protegerse del frío marciano. Se subió a la nave de cartón, cerró la puerta (que era una tapa de caja de zapatos) y comenzó a contar hacia atrás: "¡Diez, nueve, ocho...!".
Sofía, que al principio se había estado riendo, se acercó con curiosidad. Vio la ilusión en los ojos de Mateo, la pasión con la que estaba viviendo su sueño. Se dio cuenta de que, aunque la nave fuera solo de cartón, la aventura era real en la mente de su hermano.
"¡Tres, dos, uno... ¡DESPEGUE!", gritó Mateo, agitando los brazos y haciendo ruidos de cohete. La nave de cartón, por supuesto, no se movió ni un centímetro. Pero en la imaginación de Mateo, se elevaba hacia el cielo, dejando atrás la Tierra y acercándose cada vez más al planeta rojo.
Sofía decidió unirse a la diversión. "¡Atención, Nave Marciana! ¡Aquí la Torre de Control de la Tierra!", gritó con voz solemne. "¡Están entrando en la atmósfera marciana! ¡Prepárense para el aterrizaje!".
Mateo fingió pilotar la nave con pericia, moviendo palancas imaginarias y esquivando asteroides invisibles. Finalmente, anunció: "¡Aterrizaje exitoso! ¡Hemos llegado a Marte!".
Abrió la puerta de la nave y salió con paso firme, como un verdadero explorador. "¡Es hora de construir mi casa marciana!", exclamó.
Juntos, Mateo y Sofía pasaron el resto de la tarde construyendo su casa en Marte. Usaron mantas para crear paredes, almohadas para hacer camas y juguetes para decorar las habitaciones. Incluso plantaron flores de papel en el "jardín".
Al caer la noche, Mateo, cansado pero feliz, se acurrucó dentro de su nave de cartón. Miró por la ventana dibujada y vio la luna brillando en el cielo. Aunque no estaba realmente en Marte, sabía que algún día, con trabajo duro y mucha imaginación, su sueño se haría realidad. Y, lo más importante, había aprendido que la mejor aventura siempre es aún mejor cuando se comparte con un amigo o una hermana. Sabía que la nave de cartón no lo llevaría a marte, pero que la diversión que había tenido con su hermana construyendo la casa marciana era algo que nunca olvidaría. Y eso era combustible suficiente para seguir soñando.
Esa noche, Mateo soñó con Marte, con casas de algodón de azúcar y con flores que cantaban canciones. Soñó con la aventura y la amistad, y supo que, incluso si nunca llegaba a pisar el planeta rojo, siempre tendría su propia nave espacial en su corazón.
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