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Había una vez, en el pequeño y colorido Colegio de la Colina, un murmullo que no era como el de todos los días. No era el murmullo de las tablas de multiplicar ni el de las lecciones de historia. Era un susurro eléctrico, una mezcla de risas contenidas y el rítmico golpeteo de los pies bajo los pupitres. Era el último viernes de junio, y el reloj de la pared, que normalmente parecía caminar a paso de tortuga, hoy parecía haberse quedado sin cuerda por lo lento que avanzaba.
Mateo, un niño de pelo alborotado y pecas en la nariz, miraba fijamente el segundero. A su lado, Sofía ya había guardado todos sus lápices de colores en su estuche gastado, dejando solo una hoja de papel donde había dibujado un sol gigante y una playa con palmeras. El aire olía a tiza, a sacapuntas y a esa anticipación dulce que solo los niños conocen: el aroma de las vacaciones.
—¿Crees que este año el timbre sonará más fuerte? —susurró Sofía, inclinándose hacia Mateo.
—Seguro que sí —respondió él con una sonrisa de oreja a oreja—. Dicen que cuando el timbre de las vacaciones suena, se escucha hasta el otro lado del valle, avisando a los pájaros que es hora de jugar.
En la parte delantera de la clase, la profesora Clara escribía las últimas recomendaciones en la pizarra. Pero ella también sonreía. Sabía que sus alumnos tenían la mente puesta en las bicicletas, los helados de tres bolas y las tardes eternas en el río. De repente, el silencio se apoderó del aula. El segundero dio el último paso.
¡RIIIIIIIIING!
El sonido no fue solo un timbre; fue el pistoletazo de salida para la libertad. En un instante, el Colegio de la Colina se transformó. Las puertas de las aulas se abrieron de par en par y una marea de niños, como una bandada de pájaros liberados, inundó los pasillos. Las mochilas, que durante meses habían pesado como piedras llenas de libros, ahora parecían tener alas. Los niños corrían por los corredores, no con la prisa de quien llega tarde, sino con la alegría de quien llega a su destino más soñado.
—¡Adiós, profesora Clara! ¡Feliz verano! —gritaron al unísono mientras salían al patio principal.
El sol de la tarde los recibió con un abrazo cálido. El patio, que solía ser el lugar de los recreos de treinta minutos, ahora se sentía como el umbral de un mundo infinito. Mateo, Sofía y su amigo Lucas se detuvieron un momento bajo el gran roble del patio. Se miraron y, sin decir una palabra, lanzaron sus gorras al aire.
—¿Qué es lo primero que harás, Lucas? —preguntó Sofía mientras recuperaba su gorra roja.
—Voy a dormir hasta que el sol me haga cosquillas en la nariz —dijo Lucas riendo—. Y luego, voy a buscar mi caña de pescar. Mi abuelo dice que este verano los peces están esperando por nosotros en el lago azul.
Caminaron juntos hacia la salida del colegio, cruzando la gran verja de hierro que pronto se cerraría por unas semanas. Al salir, el pueblo se veía diferente. Los árboles parecían más verdes y el cielo más azul. No había tareas que terminar, ni exámenes que preparar, ni alarmas que programar. Cada paso que daban los alejaba de las rutinas y los acercaba a las aventuras.
En el camino a casa, pasaron por la heladería de Don Julián. El olor a barquillo recién hecho era irresistible. Don Julián, al verlos llegar con sus caras radiantes, les guiñó un ojo.
—¡Vaya! Por las caras que traen, diría que el colegio se ha quedado solo —dijo mientras servía una bola de vainilla.
—¡Sí, Don Julián! ¡Somos libres como el viento! —exclamó Mateo, recibiendo su helado.
Mientras caminaban comiendo sus helados, planearon expediciones a la montaña, guerras de globos de agua y sesiones de lectura bajo la sombra de los cerezos. El mundo entero se abría ante ellos como un libro en blanco, esperando a ser escrito con las mejores historias de su infancia.
Cuando Mateo llegó a su puerta, se despidió de sus amigos con una promesa: encontrarse al día siguiente en la plaza del pueblo para dar el primer paseo en bicicleta del verano. Entró en su casa, dejó la mochila en un rincón —un rincón donde descansaría tranquila por mucho tiempo— y se asomó a la ventana. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
Esa noche, mientras se quedaba dormido, Mateo no escuchó el despertador en su mente. Solo escuchó el canto de los grillos y el eco lejano de las risas en el patio del colegio. El colegio se quedaba en silencio, descansando también, mientras miles de niños comenzaban a soñar despiertos bajo el sol del verano. Las vacaciones no eran solo un tiempo sin clases; eran el espacio mágico donde los niños recordaban cómo volar.
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