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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Benjamín que tenía 10 años. Su hermano Andrés, con sus pequeños 5 años, siempre estaba listo para la aventura. Cada año, para las esperadas vacaciones de verano, sus padres los llevaban a la casa de sus abuelos, el Tata Juan y la Abuelita Teresa. La casa de los abuelos era un lugar mágico, llena de árboles frutales, gallinas parlanchinas y un inmenso jardín secreto. Este año, la madre de Benjamín anunció con una sonrisa: "¡Este año será diferente! Vendrán los primos Lucas, que tiene la misma edad que tú, Benja, y Mateo, que está a punto de cumplir 5 años, como Andrés."
Benjamín, aunque emocionado por la llegada de Lucas, se preocupaba un poco por Andrés, que era muy miedoso. Andrés, por su parte, saltaba de alegría ante la idea de tener a Mateo como compañero de juegos.
Al día siguiente, después de un desayuno repleto de panqueques con miel hechas por la Abuelita Teresa, Benjamín y Andrés decidieron explorar el bosque que rodeaba la casa. El Tata Juan, con su sombrero de paja y su sonrisa arrugada, los detuvo en la entrada.
"¡Mucho cuidado, muchachos!", les advirtió. "Este bosque es hermoso, pero también alberga animales salvajes. Pueden encontrar zorros, conejos y hasta algún que otro ciervo."
Andrés, que ya era bastante propenso a asustarse, abrió los ojos como platos. "¿Zorros?", preguntó con voz temblorosa. "¿Zorros...comeniños?".
El Tata Juan soltó una carcajada. "¡No, Andrés, los zorros no comen niños! Comen gallinas y conejos, pero nunca niños. ¡Pero siempre hay que tenerles respeto!"
Pero las palabras del abuelo no lograron tranquilizar a Andrés. La idea del "Zorro Comeniños" se había instalado en su pequeña cabecita y no parecía dispuesta a irse.
Mientras caminaban por el bosque, cada sombra, cada crujido de rama, cada movimiento entre los árboles, hacía que Andrés se aferrara a la mano de Benjamín y gritara: "¡El Zorro Comeniños! ¡Está ahí! ¡Nos va a comer!".
Benjamín, con paciencia, intentaba calmar a su hermano. "Andrés, ¡no hay ningún zorro! Estás imaginando cosas. Mira, es solo un conejo."
Pero Andrés no se convencía. Todo el día estuvo marcado por el miedo al imaginario "Zorro Comeniños". Jugaron a las escondidas, pero Andrés se escondía detrás de Benjamín. Buscaron fresas silvestres, pero Andrés solo veía ojos brillantes acechando entre los arbustos.
Por la tarde, llegaron Lucas y Mateo. Lucas, con su energía inagotable, propuso inmediatamente explorar el bosque. Andrés, al escuchar la palabra "bosque", se escondió detrás de las faldas de la Abuelita Teresa.
"¡No quiero ir al bosque!", gritó. "¡Hay un zorro comeniños!".
Lucas y Mateo se miraron confundidos. Benjamín explicó la historia del "Zorro Comeniños" y la reacción exagerada de Andrés.
Lucas, que era un poco más aventurero, propuso un plan. "¡Vamos a construir una trampa para el Zorro Comeniños!", exclamó.
La idea entusiasmó a Mateo, que aplaudió con sus pequeñas manos. Benjamín, aunque escéptico, accedió a participar para tranquilizar a Andrés.
Juntos, buscaron ramas, hojas y piedras. Construyeron una elaborada trampa, con una jaula de ramas y un cebo de fresas silvestres. Andrés, a pesar de su miedo, participó activamente, vigilando constantemente que el "Zorro Comeniños" no se acercara.
Al caer la noche, dejaron la trampa lista y regresaron a la casa. Andrés, agotado por el miedo y la emoción, se durmió profundamente, soñando con zorros y trampas.
A la mañana siguiente, al despertar, lo primero que hizo Andrés fue correr hacia el bosque. Los demás lo siguieron de cerca.
Al llegar a la trampa, la encontraron... ¡vacía! No había ningún zorro. Solo unas cuantas hormigas curiosas que se habían acercado a las fresas silvestres.
Andrés se sintió decepcionado. Por un momento, había deseado atrapar al "Zorro Comeniños" para demostrarse a sí mismo que no era tan temible como lo imaginaba.
De repente, Lucas señaló hacia un árbol cercano. "¡Miren!", exclamó.
En una rama, colgaba un cartel hecho de hojas y ramas. En él, con letras torcidas y un poco de barro, estaba escrito: "Gracias por las fresas. El Zorro Amigo".
Andrés se quedó mirando el cartel, con los ojos muy abiertos. El "Zorro Comeniños" no era un monstruo aterrador, sino un animal agradecido que apreciaba las fresas silvestres.
Desde ese día, Andrés dejó de temer al bosque. Aprendió que los miedos a menudo son más grandes en nuestra imaginación que en la realidad. Y aunque nunca vio al "Zorro Amigo" en persona, siempre dejaba unas fresas silvestres cerca del árbol, como muestra de agradecimiento por haberle enseñado a superar sus temores. Y cada verano, al regresar a la casa de sus abuelos, Andrés recordaba la aventura del "Zorro Comeniños" con una sonrisa en su rostro.
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