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Había una vez un niño llamado Emir García, cuya habitación era un santuario dedicado al infinito. Para Emir, el mundo no terminaba en el horizonte, sino que comenzaba justo donde las estrellas empezaban a titilar. Emir tenía tres grandes pasiones en la vida: el color azul, los viajes espaciales y un plato humeante de guatita, ese delicioso guiso de mondongo y papas con salsa de maní que su abuela preparaba con tanto esmero. Pero no estaba solo en sus aventuras; siempre lo acompañaba Ares, un leal perro de pelaje dorado que parecía entender cada una de sus palabras sobre galaxias lejanas.
Una tarde de sábado, mientras el sol se ponía pintando el cielo de un tono azul profundo —el favorito de Emir—, el niño se encontraba sentado a la mesa. Frente a él, un plato de guatita desprendía un aroma irresistible.
—Abuela, ¿sabías que las papas de la guatita se parecen a los asteroides que flotan cerca de Marte? —preguntó Emir, moviendo una cuchara con destreza.
Su abuela sonrió y le acarició el cabello castaño.
—Entonces, será mejor que te comas esos asteroides, pequeño astronauta, porque vas a necesitar mucha energía para tu próxima misión.

Ares, sentado a los pies de Emir, soltó un ladrido entusiasta, como si él también estuviera listo para el despegue. Después de terminar su cena, Emir corrió a su habitación. No era un cuarto cualquiera; era su centro de mando. Había carteles de constelaciones y una gran caja de cartón que, con un poco de pintura azul y mucha imaginación, se había transformado en la nave espacial 'Estrella Azul'.
—¡Prepárate, Ares! —anunció Emir, colocándose un casco hecho con un cubo de plástico transparente—. El destino de hoy es la Nebulosa de Andrómeda.
Emir y Ares se metieron en la caja. El niño cerró los ojos y empezó la cuenta regresiva: 'Diez, nueve, ocho...'. De repente, algo asombroso sucedió. El suelo de la habitación empezó a vibrar suavemente. Un brillo azul neón comenzó a emanar de las juntas de la caja de cartón. Cuando Emir abrió los ojos, ya no estaba en su cuarto. Las paredes de cartón se habían convertido en paneles de control llenos de luces parpadeantes y botones de cristal. Ares ya no llevaba su collar habitual, sino un pequeño traje espacial diseñado a su medida, con un casco que dejaba salir sus orejas.
—¡Lo logramos, Ares! ¡Estamos en el espacio exterior! —gritó Emir emocionado.
Fuera de la ventana de la nave, el cosmos se extendía en una danza eterna de luces. Pero no era un espacio negro y vacío; todo tenía matices de azul cobalto, zafiro y turquesa. De repente, una alarma suave sonó en el tablero. En la pantalla principal apareció una imagen de un planeta que parecía hecho de... ¿maní y papas?

—Es el Planeta Gastronómix —dijo una voz computarizada—. Se requiere ayuda urgente. El Gran Cráter de la Guatita se ha quedado sin su ingrediente secreto.
Emir no lo pensó dos veces. Pilotó la 'Estrella Azul' con la habilidad de un experto. Al aterrizar, descubrieron que los habitantes del planeta eran pequeñas criaturas azules que parecían papas saltarinas. Estaban tristes porque su fuente de energía, un volcán de salsa de maní, se había obstruido.
—Yo sé qué hacer —dijo Emir—. En casa, siempre ayudamos a la abuela a limpiar los conductos de la cocina.
Con la ayuda de Ares, que usó su potente olfato para detectar el punto exacto de la obstrucción, Emir utilizó una herramienta láser para liberar el flujo. De inmediato, un chorro de salsa dorada y deliciosa brotó hacia el cielo, alimentando a todo el planeta. Los habitantes celebraron con bailes y saltos. Como agradecimiento, el rey de Gastronómix le entregó a Emir una piedra lunar de color azul brillante que nunca dejaba de brillar.
—Gracias, Emir García. Eres el astronauta más valiente de la galaxia —dijeron las criaturas en coro.
De pronto, Emir sintió un lengüetazo húmedo en su mejilla. Abrió los ojos y se encontró de nuevo en su habitación, dentro de su caja de cartón. Ares lo miraba con ojos brillantes y movía la cola. Emir suspiró, pensando que todo había sido un sueño maravilloso, hasta que metió la mano en el bolsillo de su pijama azul y sintió algo frío. Al sacarlo, una pequeña piedra azul resplandecía en la palma de su mano.
Emir sonrió y miró hacia la ventana. Sabía que, aunque ahora era solo un niño que amaba la guatita, el universo lo estaba esperando. Algún día, su nombre, Emir García, no solo estaría escrito en sus cuadernos de escuela, sino en los registros de la historia espacial. Con Ares a su lado, no había galaxia demasiado lejana ni plato de guatita que no pudiera conquistar.
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