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La nota era breve, pero helada: "Enola Holmes está en nuestro poder." Mycroft, con su rostro usualmente imperturbable, frunció el ceño. Sherlock, por su parte, ya estaba recorriendo la habitación, deduciendo frenéticamente. Enola, su hermana menor, ¡secuestrada!
"La tinta es de baja calidad, utilizada comúnmente en los muelles," murmuró Sherlock, "El papel, reciclado. Y el aroma...sal y brea. ¡Debemos ir a los muelles!"
Mycroft, a pesar de su aversión a la acción física, asintió. Enola era su hermana, y la protegerían a cualquier costo. Partieron en un coche tirado por caballos, la lluvia azotando contra las ventanas mientras se dirigían a la zona más sórdida de Londres.
La búsqueda fue ardua. Preguntaron a marineros, estibadores y vendedores ambulantes. Finalmente, un viejo lobo de mar, con un ojo cubierto por un parche, les dio una pista: "He oído hablar de una joven retenida en el Almacén Número 7. Un grupo de rufianes la vigila."
El Almacén Número 7 era un edificio oscuro y ruinoso. Sherlock, con su agudo sentido del oído, escuchó débiles gemidos provenientes del interior. Se miraron, listos para la acción.
Entraron sigilosamente, Sherlock adelante, Mycroft detrás, con su paraguas como arma improvisada. Encontraron a Enola atada a una silla, rodeada por tres hombres de aspecto amenazador. Tenía un corte profundo en el abdomen y su rostro estaba pálido y cubierto de sudor.
"¡Suéltenla!" gritó Sherlock, lanzándose al ataque. Mycroft, sorprendentemente ágil, golpeó a otro con su paraguas, dejándolo inconsciente. Sherlock, con su destreza en el combate, rápidamente desarmó a los dos restantes.
Corrieron hacia Enola. Estaba muy débil. Sherlock la desató y la tomó en sus brazos. "Enola, ¿puedes oírme?" preguntó con voz preocupada.
Enola abrió los ojos lentamente. "Sher...lock..." murmuró con dificultad. Su respiración era superficial. Sherlock le dio unas palmaditas suaves en las mejillas. Enola tosió y luego, para sorpresa de Sherlock, se aferró a él con fuerza, llorando silenciosamente. Sherlock, rígido al principio, suavizó su agarre y la abrazó de vuelta. Mycroft observaba la escena con una rara expresión de ternura en su rostro.
La llevaron rápidamente a Baker Street. Sherlock, con sus conocimientos de medicina forense, limpió y vendó la herida de Enola. Era profunda, pero afortunadamente no fatal.
Enola, exhausta y adolorida, se durmió casi instantáneamente. Sherlock y Mycroft se quedaron en silencio a su lado, observándola.
El silencio pronto se rompió. "Esto es tu culpa, Sherlock," dijo Mycroft con severidad. "Si la hubiéramos mantenido vigilada..."
"¡Basta, Mycroft!" respondió Sherlock, exasperado. "No es momento para reproches. Lo importante es que Enola está a salvo ahora."
"¡A salvo! Está herida, ¡y por tu culpa!" Mycroft insistió, elevando la voz.
"¡Mi culpa! Ella es quien decide dónde ir y qué hacer. ¡No puedo encerrarla en una jaula dorada!" La discusión se intensificó, sus voces resonando en el apartamento.
De repente, un grito agudo los detuvo. "¡BASTA!" Enola estaba sentada en la cama, con los ojos brillantes de lágrimas. "¡Estoy tratando de disfrutar del espectáculo, pero esto es RIDÍCULO! ¡Si no paran, los golpearé a ambos!"
Enola intentó decir algo más, pero se dobló por la mitad, apretándose el estómago con fuerza. Un gemido de dolor escapó de sus labios. Sus hermanos corrieron a su lado, preocupados.
"¡Enola! ¿Qué ocurre?" preguntó Sherlock, con el rostro lleno de angustia.
Enola temblaba incontrolablemente. El dolor era insoportable. Mycroft miró a Sherlock con desesperación. "¡Haz algo!" le suplicó.
Sherlock trató de revisar la venda, pero al más mínimo contacto, Enola chilló de dolor. No podía dejar de temblar y se apretaba el estómago con una fuerza inhumana. El sentimiento de culpa inundó a Sherlock. Se sentía impotente, incapaz de aliviar el sufrimiento de su hermana.
Después de lo que pareció una eternidad, Enola finalmente se calmó y volvió a quedarse dormida. Sherlock la arropó cuidadosamente con una manta, observándola con una mezcla de alivio y preocupación. Prometió, en silencio, que haría todo lo posible para protegerla, siempre.
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