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Facundo era un niño valiente, de eso no había duda. Le encantaba trepar a los árboles más altos del parque, montar en bicicleta sin manos (¡aunque a veces terminara en el césped!), y hasta se atrevía a probar verduras nuevas (bueno, casi todas). Pero había algo que le hacía temblar las rodillas y erizar la piel: la oscuridad.
Cada noche, cuando su mamá le decía: "¡Buenas noches, mi campeón, apago la luz!", el corazón de Facundo latía como un tambor. La oscuridad se convertía, en su imaginación, en un monstruo gigante con garras afiladas y dientes enormes. En realidad, Facundo no veía nada, pero sentía presencias, escuchaba susurros y hasta creía ver sombras moviéndose en las paredes. Por supuesto, todo era producto de su imaginación, pero para él, era muy real.
Así que Facundo dormía siempre con la luz de su lámpara de noche encendida. Una pequeña luz amarilla que luchaba valientemente contra el monstruo de la sombra. Pero una noche, ¡oh, no!, la lámpara parpadeó y, con un último suspiro, se apagó. ¡La oscuridad total! Facundo se tapó hasta la cabeza con la cobija, temblando como una hoja. Sintió que el monstruo de la sombra se acercaba, sigiloso y amenazante.
De repente, escuchó un pequeño "miau". Era Michi, su gata, que dormía a los pies de su cama. Michi saltó a la cama y se acurrucó junto a Facundo, ronroneando suavemente. Facundo sintió un poco de alivio. Michi era valiente y fuerte, seguro que podía protegerlo del monstruo.
Pero Michi no era suficiente. Facundo seguía sintiendo el miedo recorrer su cuerpo. Entonces, recordó algo que su abuela siempre le decía: "La oscuridad no es mala, Facundo. Solo es la ausencia de luz. Y en la oscuridad, puedes ver las estrellas".
Facundo, con mucho esfuerzo, se destapó un poco y miró hacia la ventana. Al principio, solo vio oscuridad, pero poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando. Y entonces… ¡las vio! Miles y miles de pequeñas luces brillantes, titilando en el cielo nocturno. Eran las estrellas. Nunca las había visto así, con tanta claridad. Siempre había estado la luz de su lámpara impidiéndole verlas.
Facundo se quedó maravillado observando las estrellas. Eran como pequeños diamantes esparcidos en un terciopelo negro. Empezó a imaginarse que cada estrella era un pequeño amigo que lo observaba y lo protegía. Sintió que el miedo comenzaba a desvanecerse.
De pronto, escuchó otro sonido. Un suave "uuuuh" que venía de afuera. Facundo se asustó de nuevo. ¿Sería el monstruo de la sombra emitiendo un lúgubre gemido? Pero entonces, Michi se levantó y se estiró, bostezando. Después, saltó de la cama y se acercó a la ventana, observando algo en el jardín.
Facundo se armó de valor y se levantó también. Miró por la ventana y vio… ¡un búho! Un búho grande y majestuoso, posado en la rama de un árbol. El búho lo miró con sus grandes ojos redondos y volvió a emitir su suave "uuuuh". Facundo se dio cuenta de que el búho no era un monstruo, sino un animal nocturno que disfrutaba de la oscuridad.
Facundo volvió a la cama, ya no con miedo, sino con curiosidad. Se acurrucó junto a Michi y cerró los ojos. Esta vez, la oscuridad no era un monstruo, sino un manto suave y silencioso que lo envolvía y lo invitaba a soñar.
Empezó a imaginar aventuras en el espacio, volando entre las estrellas y conociendo a seres extraños y maravillosos. Soñó que era un astronauta valiente que exploraba nuevos planetas y que Michi era su fiel compañera de viaje.
Cuando se despertó por la mañana, el sol brillaba con fuerza. Facundo se sintió renovado y lleno de energía. Se dio cuenta de que la oscuridad no era tan terrible como pensaba. De hecho, ¡hasta podía ser divertida!
Desde esa noche, Facundo aprendió a dormir con la luz apagada. Descubrió que la oscuridad no era un monstruo, sino un lugar lleno de misterio y magia, donde podía soñar y dejar volar su imaginación. Y aunque a veces todavía sentía un poco de miedo, sabía que Michi y las estrellas siempre estarían allí para protegerlo del monstruo de la sombra. Y si el monstruo de la sombra aparecía, ¡Facundo ya sabía cómo enfrentarlo: con valentía, imaginación y un poco de ayuda de sus amigos felinos y celestiales!
Ahora, Facundo incluso espera con ansias la noche. Porque sabe que, cuando se apaga la luz, comienza la verdadera aventura.
Al día siguiente, Facundo le contó toda su aventura a su abuela. Ella sonrió y le dijo: "Ves, Facundo, la oscuridad no es algo de lo que hay que tener miedo. Es parte de la vida, como el día y la noche. Y si aprendes a abrazarla, descubrirás que está llena de cosas maravillosas". Facundo asintió, entendiendo por fin el sabio consejo de su abuela. Y esa noche, durmió profundamente, sin la necesidad de una luz, soñando con las estrellas y los búhos, feliz y valiente en la oscuridad.
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