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Gratis · elegí una vozFelipe era un niño curioso y aventurero al que le encantaba dibujar dinosaurios. Jaime, en cambio, era un bebé gordito y sonriente que amaba las canciones de cuna y los abrazos apretados. Antes, Felipe era el rey de la casa, el centro de atención. Pero ahora, con la llegada de Jaime, las cosas habían cambiado un poquito.
"¡Mamá, Jaime está tocando mis colores!" gritaba Felipe, frunciendo el ceño. Mamá suspiraba, "Felipe, recuerda que Jaime es pequeño. Todavía no sabe que los colores son tuyos. ¿Por qué no le prestas uno? Puedes elegir el azul, ¡es su favorito!"
Felipe, a regañadientes, le ofreció un crayón azul a Jaime. Jaime lo agarró con su manita regordeta y se lo llevó a la boca. ¡Felipe puso los ojos en blanco! "¡No, Jaime, no se come!" Le quitó el crayón rápidamente.
Esa tarde, papá intentó leerle un cuento a Felipe, pero Jaime comenzó a llorar. "¡Jaime quiere que lo cargues!" dijo papá. Felipe gruñó. Ya no podía tener la atención de sus padres cuando él quería. ¡Era frustrante!
Un día, Mamá los llevó al parque. Felipe corrió hacia el tobogán, emocionado por deslizarse. Pero cuando llegó arriba, vio a un niño más grande empujando a otros niños. El niño grande le gritó: "¡Quítate de mi camino, niño pequeño!"
Felipe se sintió intimidado y asustado. De repente, escuchó un grito agudo. ¡Era Jaime, que se había caído de la manta! Mamá corrió hacia él y lo levantó, consolándolo.
Felipe, al ver a su hermanito llorando, sintió algo extraño en su corazón. No era enojo, sino algo parecido a la preocupación. Se acercó a Jaime y le ofreció su dinosaurio de peluche favorito. "Ten, Jaime," dijo tímidamente.
Jaime dejó de llorar y miró a Felipe con sus grandes ojos azules. Extendió su manita y agarró el dinosaurio. ¡Sonrió! Una sonrisa grande y babosa que derritió un poquito el corazón de Felipe.
Esa tarde, de regreso a casa, Felipe tuvo una idea. "Mamá, ¿puedo enseñarle a Jaime mi libro de dinosaurios?" Mamá sonrió. "¡Claro que sí, Felipe! Estoy segura de que a Jaime le encantará."
Felipe se sentó en el suelo con Jaime en su regazo. Le mostró las imágenes de los dinosaurios, imitando sus rugidos. Jaime se reía a carcajadas, moviendo sus bracitos y patitas. Por primera vez, Felipe sintió alegría al compartir algo con Jaime.
Descubrió que era divertido ver la reacción de Jaime a sus rugidos. Incluso inventó un nuevo rugido, uno suave y amigable, para el Triceratops. Jaime lo imitó con un balbuceo adorable.
Al día siguiente, Felipe construyó una torre de bloques para Jaime. Al principio, Jaime solo los tiraba, pero Felipe pacientemente los volvía a colocar. Poco a poco, Jaime empezó a entender la idea y comenzó a colocar los bloques uno encima de otro, aunque de forma torcida.
"¡Mira, Jaime! ¡Una torre!" exclamó Felipe, orgulloso. Jaime aplaudió con entusiasmo. Felipe se dio cuenta de que ayudar a Jaime a aprender era gratificante.
Claro, todavía había momentos de frustración. Jaime seguía tocando sus cosas, y a veces lloraba en el momento menos oportuno. Pero Felipe aprendió a ser más paciente y comprensivo. Entendió que Jaime era pequeño y que necesitaba su ayuda.
Una tarde, un niño le quitó el dinosaurio de peluche a Jaime en el parque. Jaime comenzó a llorar desconsoladamente. Sin pensarlo dos veces, Felipe se acercó al niño y le dijo con firmeza: "¡Devuélvele el dinosaurio a mi hermano! Es suyo." El niño, sorprendido por la valentía de Felipe, le devolvió el dinosaurio.
Felipe le devolvió el dinosaurio a Jaime, quien lo abrazó con fuerza, mirándolo con adoración. En ese momento, Felipe sintió algo nuevo: orgullo. Orgullo de ser el hermano mayor de Jaime.
Desde entonces, Felipe y Jaime se convirtieron en un equipo. Felipe protegía a Jaime y le enseñaba cosas nuevas, y Jaime le regalaba a Felipe sonrisas y risas incondicionales. Aprendieron que ser hermanos era una aventura, a veces difícil, pero siempre llena de amor y alegría. Y aunque al principio no lo pareciera, Felipe descubrió que tener un hermanito no era tan malo después de todo. ¡De hecho, era bastante genial! Aprendieron a compartir, a ser pacientes, y sobre todo, a quererse. Y así, Felipe y Jaime aprendieron a ser hermanos, ¡y a ser los mejores amigos!
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