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Gratis · elegí una vozFran era un tío guapo. No tenía problemas. Ni defectos. Aparentemente tenía características para ser envidiado. Pero sucedía lo contrario. Él envidiaba a todos los demás.
(Fran bien vestido mirando a los demás)
Probó todo. A vestirse con los mejores pantalones, los más modernos. Los más caros si podía ser. Probó a pintarse el pelo de azul. Todo lo que le dejaron en casa.
(Fran con unos pantalones molones y el pelo azúl)
Probó a comprarse el balón de la liga, el más caro. Y también uno de noche que brillara en la oscuridad.
(Fran jugando al fútbol de noche con una equipación guay y el balón brillante)
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Y después de tanto probar, pensó que sería envidiado si era el mejor en fútbol. Se compró la mejor equipación, las zapatillas más pitantes y sorprendentes. Y se contrató a un entrenador personal que le enseñara las técnicas de los futbolistas más famosos.
(Fran haciendo piruetas en el colegio y todos mirando)
Durante unos meses, sintió que casi le envidiaba todo el colegio, pero no se sentía del todo envidiado… Y probó a ser el más listo. Sí, eso hizo.
(Fran estudiando en casa)
Dejó de lado el fútbol y todas las tardes estudiaba como si fuera el último día. Mejoró sus notas, pero no se sintió tan envidiado porque ya no era tan bueno al fútbol y su pelo azul y sus pantalones molones no causaban sensación.
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Y probó a pensar qué probar.
(Fran pensando sentado en el patio del colegio y un niño mirando)
Y Fran pensó: en cosas nuevas.
-¿Qué puede ser? –se preguntaba- ¿Tener muchos amigos?, ¿ser bueno en mates?, ¿jugar al fútbol como los grandes?.
Y Fran también llegó a pensar:
-¿Y si junto todo lo que tengo para dar envidia y ser más enviado del colegio? Puedo llevar pantalones molones, pelo azul, el mejor balón, hacer buenos regates y ser el primero de la clase.
Estos pensamientos Fran los estaba diciendo en alto y no se dio cuenta de que un niño de cuarto, Dilan, los estaba escuchando.
Fran sabía su nombre porque Dilan era un niño enfermo, nada envidiado, pensaba Fran. Con él nunca había hablado porque se alejaba mucho de ser popular como él.
Dilan se le acercó y preguntó a Fran.
-¿Por qué te preocupa tanto dar envidia?
-¿Por qué escuchas?, dijo Fran.
-Pasaba por aquí, contestó Dilan.
-Pues vete a jugar, le plantó Fran con desdén.
-No puedo jugar. Me duele al respirar. Me canso y me pongo malito, rebatió Dilan.
-No me interesa tu vida, insistió Fran.
En ese momento, Fran pensó que Dilan se marcharía y él podría seguir pensando en la retahíla de cosas que se pueden hacer para dar envidia.
Pero Dilan se quedó y permaneció en silencio a su lado hasta que tocaron el timbre.
(Dibujo de los dos)
Página 4
Al día siguiente en el recreo, seguía Fran con sus pensamientos porque Dilan no le había dejado pensar bien. Y comenzó su run run:
-¿Y si invito a mis amigos a mi casa y les enseño todos mis juguetes, mi jardín con piscina, mi habitación…?
Y esto, también lo dijo en alto.
Esta vez Dilan se le acercó y sin decir palabra, le echó la mano al hombro.
Era tanta la pesadumbre de Fran que no le quitó el brazo. Los dos se quedaron mirando al frente con sus pensamientos puestos en el horizonte.
Sonó el timbre y se fueron.
Fin de semana. Fran en su casa pensando, como siempre, en cómo dar envidia. Pero se le cruzaba otra imagen: Dilan.
(Fran en su casa pensando en su cama)
El lunes volvieron y Fran buscó su rincón de pensar. Ahí estaba Dilan. Había llegado antes que él.
Dilan tenía mal aspecto. Parecía cansado y no respiraba bien. A pesar de todo, le habló.
-A mí me das envidia, dijo Dilan. Cuando juegas al fútbol, cuando te puedes pintar el pelo de azul, cuando levantas la mano en clase. Me gustan tus pantalones y sé que tienes una casa bonita. Pero lo que más envidia me da es que respiras bien todos los días, que puedes elegir jugar o sentarte a pensar.
-Es normal que a ti te dé envidia, dijo Fran.
-Solo esa envidia me das. Porque cuando me encuentro mal, mi madre me abraza y me carga. Cuando llego a mi casa llena de gente, a veces me agobia porque vivimos todos juntos, pero tengo a mis abuelos para cuidarme y decirme esa palabra sabia que solo saben decir los abuelos. Y también mis tíos riendo y repartiendo las últimas tortitas porque no llegan para todos. Y me hacen sonreír, Fran, porque no se puede vivir pensando ni buscando. Porque la envidia está en las cosas de siempre: en la familia y el amor.
Fran no pudo decir nada y se fue enfurecido. Esa noche durmió poco. Y al día siguiente, evitó a Dilan, pero le siguió al salir del cole.
(Su madre cogiendo a Dilan)
Su madre tuvo que cargar con él porque se ahogaba y no podía caminar. Llegaron a casa y abrieron la puerta unos señores mayores que lo cogieron en volandas diciéndole: -llegó la luz, apagadlo todo que ya no hace falta. Y bullicio. Mucho bullicio se oía de fuera. Alegría y amor como decía Dilan.
(Los abuelos panchitos recibiéndoles)
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Y por primera vez, a Fran se le olvidó buscar dar envidia y por primera, por primera vez, sintió algo que no había sentido nunca: envidia.
Su casa le pareció enormemente fría. Su cena de tres tenedores insulsa y su entorno vacío.
Página 6 y última
Le daba envidia Dilan. Un niño enfermo y sin recursos. Y ya le sobraba todo: su pelo azul, sus pantalones molones, sus zapatillas pitantes y hasta el balón que brillaba en la oscuridad. Todo ello lo metió en un bolsa y al día siguiente en el recreo, fue a su rincón de pensar donde llegó Dilan y se lo dio.
(Dilan echándole el brazo por el hombro a Fran. De espaldas. Con el patio del cole al fondo y el horizonte de lejos).
-No me hace falta Fran. Lo tengo todo ya. Prefiero una cosa, dijo Dilan.
-Dime y te lo traigo, contestó Fran.
Dilan cogió el brazo de Fran, lo puso sobre su hombro y los dos se quedaron mirando al frente con sus pensamientos puestos en el horizonte.
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