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Había una vez en un país en donde los animales hablaban, una tortuga llamada Francis. Tenía apenas 28 años de edad, era muy joven teniendo en cuenta que toda su familia vivió más de 150 años. Su tamaño era pequeño, sus patas cortas y fuertes, le permitían moverse con seguridad, cavar y trepar suavemente sobre las rocas. Siempre se mantenía cerca del piso para comer algunas hojitas cuando tuviese hambre. Su caparazón redondo y rugoso era el lugar ideal para descansar y sentirse seguro.
Un día de primavera, luego de haber estado durmiendo muchos meses, comenzó a caminar por el bosque. Mientras lo hacía disfrutaba del sol, la brisa y el olor a pasto mojado. Fue entonces cuando se le ocurrió una idea. “¡Qué hermoso sería conocer el mar!”. ¿Y si en lugar de regresar a su casa, cruzara el bosque y por fin pudiera ver con sus propios ojos la gran mancha azul de la que tanto le había hablado su amiga Gaviota? No quería volver, aun no estaba cansada. Aunque era tranquila por naturaleza, dentro de ella ardía una chispa aventurera. Algunos la consideraban demasiado soñadora, pero Francis sabía que incluso los pasos más lentos podían llegar muy lejos. Y mientras avanzaba, con paso pausado pero constante, planificaba su recorrido. Tardaría 5 años en recorrer 50 kilómetros. “Más vale que me dé prisa”- pensó.
El primer año de viaje, fue tranquilo. Se detenía muy poco y el paisaje no había cambiado mucho. No fue hasta unos pocos días después que se cruzó con un lobo corriendo a toda velocidad. Tuvo que esconder rápidamente su cabeza para no ser golpeada. “¿Cuál es el apuro?”- pregunto Francis. El lobo giro su cabeza buscando a la voz que le hablaba pero no veía a nadie. “Aquí abajo. ¿Por qué corrés?”- insistió. Al bajar la vista, entre un par de rocas y hierba crecida vio a Francis. “Vengo escapando del cazador. Hubo un mal entendido con Caperucita Roja y su abuelita. Entré a su casa buscando algo de comida. Pero en ese momento llegó caperucita. Me hacía preguntas extrañas sobre mis ojos y mis dientes. De pronto comenzó a gritar y entró el cazador. Por eso ahora estoy escapando de él. Pero sigo con mucha hambre”- dijo el lobo. “Si tienes hambre podemos buscar algo de comida juntos. Hace un rato vi pasar a una anciana con una cesta llena de manzanas grandes y rojas, la escuche decir que eran especiales y que sólo Blancanieves podía comerlas, pero de seguro nos dará una si se la pedimos”. Francis no quería desviarse de su camino, pero un poco de comida le vendría bien para reponer fuerzas y continuar su travesía hacia el mar. El lobo agonizaba de hambre así que aceptó y juntos comenzaron a buscar a la anciana.
Después de caminar por dos días y una noche, Francis tropezó con un caramelo de color rosa y aroma a chicle. No podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo era posible que llegara eso ahí? ¿Sería real o solo el producto de su imaginación por estar pasando hambre? “Yo también lo veo” – dijo el lobo. Al levantar la cabeza, justo detrás de un gran árbol, se encontraron con una casa de ensueño, las paredes estaban hechas de bizcochuelo y recubierta de chocolate. Los caramelos eran parte del techo que habían volado hasta el camino. Las ventanas eran finas hojas de miel y el piso de galletas. Se acercaron a la casa, y el aroma de pasteles recién horneados los invitaba a entrar. En el interior se encontraba una anciana, pero no era la misma que llevaba las manzanas. Al ver al lobo tan hambriento la anciana le dijo que podía comer todo lo que quisiera del lugar ¡Sólo con una condición! Debía mantener vigilado a los niños que se encontraban en la jaula y asegurarse de que comieran toda su comida. Era un trabajo perfecto para el lobo y decidió quedarse en la casa con la anciana en donde no pasaría nunca más hambre. Francis aunque se sintió tentado con una casa llena de dulce, decidió tomar unas rebanadas de pan y seguir su camino. Se despidieron esperando rencontrarse al regreso de su viaje.
Pasaron 2 años y el sueño de conocer el mar estaba cada vez más cerca. Su expedición estaba resultando muy interesante. Hacia unos días había encontrado a tres chanchitos que eran hermanos, cada uno lo intento convencer de que su casa era la mejor. Uno la había construido de paja, otro de madera y el último de ladrillos. Francis los escucho debatir días enteros, hasta que su camino comenzó a alejarlos. “Menos mal que no tengo esos problemas”- pensó. Mi caparazón es mi casa, no necesito construir una. Es ligera y resistente. Me da calor en invierno y es fresca en verano. Los chanchitos debería hacer sus casas de caparazón concluyó. Pero ya se encontraba muy lejos como para contarles su decisión.
Unos meses antes de llegar a su destino se encontró con una marioneta. Era muñeco de madera que caminaba, hablaba y llevaba ropa. Conversaba con un pequeño grillo verde en su hombro. “No eres de por aquí. ¿Verdad?”- le pregunto el grillo a Francis. “No. Sólo me encuentro de paso. En pocos días llegaré al mar. Vengo de recorrer un muy largo camino para verlo con mis propios ojos.” – respondió Francis. “El mar es hermoso” - dijo la marioneta, y comenzó a crecer rápidamente su nariz. “De verdad el agua es muy cálida” y otra vez volvía a crecer. “No le creas”- dijo el grillo, pasa eso con su nariz cada vez que miente. Él es Pinocho y no le gusta el mar. La madera y el agua no se llevan muy bien. “Pero eso pronto cambiará” –se apresuró a interrumpir Pinocho. “Pronto el hada me convertirá en un niño de verdad y voy poder disfrutar del agua, al igual que la tortuga.” Pinocho le dio las últimas indicaciones para llegar al mar por el camino más corto.
Unos días después, al amanecer, Francis sintió algo distinto bajo sus patas. El suelo, que hasta entonces había sido blando y cubierto de hojas, empezó a cambiar. El pasto se mezclaba con la arena, fina y cálida. Poco a poco la claridad dejaba ver un enorme reflejo en frente. La brisa de este lugar tenía algo distinto, el aroma era diferente, fresco, y salado. La arena comenzó a ser cada vez más fina, y con cada paso crecía el sonido de las olas. Fue entonces cuando Francis lo supo. Lo había logrado. Sus ojos se abrían grandes ante el espectáculo que siempre había soñado. Allí estaba. El mar. Cerró los ojos, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro tranquilo. Había llegado. No importaba cuantos años le había llevado su viaje. Por primera vez iba a tocar esa enorme mancha azul. Era incluso más hermoso de lo que su amiga Gaviota alguna vez le había contado.
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