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Gratis · elegí una vozFrancisca la remolacha era una remolacha muy feliz. Vivía en una huerta preciosa, rodeada de lechugas crujientes, tomates jugosos y zanahorias anaranjadas. Le encantaba sentir el sol calentando sus hojas verdes y la tierra fresca acariciando su cuerpo morado. Pero Francisca tenía un pequeño problema: un gato malvado llamado Benito.
Benito era un gato negro, flaco y con unos ojos amarillos que parecían dos brasas. Le encantaba pasearse por la huerta buscando problemas. A Benito no le gustaban las verduras, pero le encantaba molestar a los que sí las disfrutaban. Y Francisca, con su color llamativo y sus hojas exuberantes, era su objetivo favorito.
Un día, mientras Francisca tomaba el sol, sintió unas garras afiladas arañando la tierra a su alrededor. ¡Era Benito! El gato gruñón estaba intentando arrancarla de la raíz. Francisca tembló de miedo. Si Benito la sacaba de la tierra, se secaría y se moriría.
"¡Déjame en paz, Benito!", gritó Francisca con todas sus fuerzas. Pero Benito solo resopló y siguió arañando con más fuerza.
"Voy a hacerte un puré, remolacha tonta", siseó Benito, mostrando sus dientes afilados.
Francisca estaba desesperada. No sabía qué hacer. De repente, escuchó un suave ulular. Era su amigo, el lechuzo Lorenzo. Lorenzo era un lechuzo sabio y amable que vivía en un viejo árbol al borde de la huerta. Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus amigos.
"¡Lorenzo, ayúdame!", gritó Francisca.
Lorenzo, al oír el grito de Francisca, voló rápidamente hacia donde estaban. Vio a Benito intentando arrancar a Francisca de la tierra y supo que tenía que hacer algo.
"¡Benito, déjala en paz!", ululó Lorenzo con su voz más grave.
Benito, sorprendido por la repentina aparición del lechuzo, se detuvo por un momento. "¿Y tú quién te crees que eres, pajarraco?", gruñó Benito.
"Soy Lorenzo, el guardián de esta huerta, y no voy a permitir que lastimes a Francisca", respondió Lorenzo con valentía.
Benito se burló. "¿Tú? ¿Un simple lechuzo va a detenerme? ¡Ja!"
Lorenzo sabía que no podía enfrentarse a Benito con fuerza física. Tenía que usar su inteligencia. Entonces, tuvo una idea brillante.
"Benito", dijo Lorenzo con voz tranquila, "sabes que el granjero va a venir a la huerta en cualquier momento, ¿verdad?"
Benito asintió con desgana. Sabía que el granjero no le tenía mucho cariño. Siempre le regañaba por cazar a los ratones que vivían en la huerta (aunque Benito pensaba que era su trabajo).
"Pues bien", continuó Lorenzo, "si te ve intentando arrancar las remolachas, se enfadará mucho contigo. Y no solo te regañará, ¡sino que te echará de la huerta para siempre!"
Benito se puso pálido (si es que un gato negro puede ponerse pálido). Sabía que Lorenzo tenía razón. El granjero era muy estricto y no toleraba el mal comportamiento.
"Además", añadió Lorenzo con una sonrisa maliciosa, "ayer vi al granjero preparando una trampa para gatos cerca del gallinero. Creo que era para ti..."
Eso fue la gota que colmó el vaso. Benito no quería ni pensar en la trampa para gatos. Se imaginó atrapado en una jaula, sin poder moverse, con el granjero mirándolo con cara de pocos amigos. ¡Qué horror!
Sin decir una palabra, Benito soltó a Francisca y salió corriendo de la huerta a toda velocidad. No paró hasta llegar a su escondite secreto, debajo de un viejo cobertizo.
Francisca, al ver que Benito se alejaba, suspiró aliviada. Estaba muy agradecida a Lorenzo por haberla salvado.
"¡Gracias, Lorenzo!", gritó Francisca. "Eres el mejor amigo que una remolacha puede tener."
Lorenzo sonrió. "De nada, Francisca. Siempre estaré aquí para ayudarte. Pero ten cuidado con Benito. Seguro que intentará algo más."
Desde ese día, Francisca fue mucho más cautelosa. Siempre estaba atenta a cualquier señal de la presencia de Benito. Y Lorenzo, por su parte, vigilaba la huerta desde su árbol, listo para intervenir si Benito volvía a las andadas.
Un día, Francisca tuvo una idea. Decidió plantar flores alrededor de su base. Pensó que tal vez, si la huerta se veía más bonita y colorida, Benito dejaría de molestarla.
Y así fue. Benito, al ver las flores, quedó sorprendido. Nunca había visto algo tan hermoso en la huerta. Se acercó con curiosidad y olió las flores con delicadeza. Por primera vez, no sintió ganas de molestar a Francisca.
De hecho, hasta sintió un poco de pena por haberla tratado tan mal. Después de todo, Francisca era una remolacha muy amable, y no se merecía sus malos tratos.
Desde ese día, Benito dejó de molestar a Francisca y a las demás verduras de la huerta. Incluso, a veces, se sentaba cerca de Francisca a observar las flores. Tal vez, en el fondo, Benito no era tan malvado como parecía. Tal vez, solo necesitaba un poco de belleza en su vida.
Francisca, por su parte, estaba muy contenta de que Benito hubiera cambiado. Sabía que no todos los gatos eran malos, y que incluso los más gruñones podían aprender a ser amables. Y así, Francisca la remolacha, Lorenzo el lechuzo y Benito el gato vivieron juntos en la huerta, en paz y armonía.
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